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Dos días de suspenso le propició John McCain a Barack Obama (y al mundo, de paso), antes de darle el sí y asistir al primer y esperado encuentro entre ambos candidatos, el viernes en la noche.
“El senador viajará al debate”. Así de lacónico fue el mensaje de su campaña, al comunicar que a medio día el viernes, el senador republicano, acompañado del ex alcalde Rudy Giuliani, viajaría en su famoso avión de campaña para trasladarse a Oxford, Mississippi, donde se jugaría esa noche sus cartas. Simultáneamente, Barack Obama despegaba también de Washington a cumplir la cita. Eran dos horas de vuelo. Ambos en aire, repasaban el parlamento de un guión incompleto.
Nueve horas después, frente al inexpresivo presentador del canal PBS, Jim Lehrer, los dos senadores se dieron la mano. Durante hora y media, los candidatos se enfrascaron en una discusión que partió de la crisis financiera y culminó con el programa nuclear iraní. Hora y media en la que los candidatos parecían cambiar de personalidad, en la medida en que los temas iban avanzando. Obama fue superior a la hora de defender el plan de rescate financiero y su programa económico. Fue claro, rápido, y mucho más seguro que el veterano republicano. Otra, sin embargo, fue la faena frente a la discusión sobre política exterior, donde McCain emergió sarcástico y confiado, utilizando cada frase de su contendor para ponerla en su contra.
Cada cual sabía a profundidad su fuerte y debió jugarlo. Obama sabía que a gran parte de los norteamericanos preocupados por la crisis financiera no les interesa un gobierno que continúe con las políticas económicas que condujeron al país al borde de una recesión. El demócrata, además, venía fortalecido luego de demostrar esta semana que no era necesario dejar de hacer campaña para impulsar un acuerdo de rescate financiero en el Congreso.
Fue fácil para Obama llegar al debate, tomarse con sutil violencia el pacto de salvamento financiero y hacerlo suyo. Al final, nadie supo qué haría McCain para lograr un acuerdo que beneficiara a los más grandes ejecutivos sin afectar a los ciudadanos de a pie.
El candidato republicano debió considerar eternos los más de 15 minutos en que Lehrer insistió en hablar de economía. Porque al dejar atrás la crisis financiera e internarse en los terrenos de la política exterior, su mirada, su rostro y sus gestos cambiaron. McCain se adueñó del escenario porque sabía que la próxima hora sería la oportunidad de brillar como no lo había hecho en las últimas semanas. Sacó a relucir su experiencia en el Senado desde 1982, su trabajo con cuatro presidentes, sus múltiples viajes y votaciones en el Congreso, y logró dejar en más de una ocasión a Obama con la boca abierta, mirando a Lehrer como si quisiera darle quejas de su oponente.
La jornada fue por fin una escenificación de los símbolos de los candidatos. McCain hizo suya la bandera de la experiencia (sobre todo en materia internacional); Obama, la del cambio (principalmente en lo económico).
En un momento cuando las encuestas reflejan que cada vez más votantes están preocupados por la economía antes que por la guerra en Irak, habrá que ver esta semana cuál candidato sube en las encuestas.