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Navidad en el Congo

Menores de edad narran el más grave conflicto interno de este año: el Congo.  

23 de diciembre de 2008 – 06:00 a. m.

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En 1994 el mundo entero respondió tarde, arrepentido y conmovido por el genocidio de Ruanda, donde miles de tutsis murieron a manos de sus compatriotas de la etnia hutu. Este año, de nuevo el odio interétnico, la codicia por la riqueza natural y la complicidad de los gobernantes de Ruanda y la República Democrática del Congo le dieron visibilidad a una guerra que, en siete años, ha dejado tres millones de muertos.

Creado en 1994 para llevar ante la Corte Penal Internacional el caso del asesinato de  300 mil menores de edad ruandeses que murieron durante el genocidio, el Tribunal Internacional sobre la Infancia afectada por la Guerra y la Pobreza adelanta ahora una nueva causa, esta vez denunciando los episodios  de explotación y asesinato de los niños congoleses que mueren a diario en este conflicto.

Los hallazgos del Tribunal son escandalosos: entre tres mil y cinco mil menores han sido reclutados para la guerra, muchos son drogados o embriagados para que cometan actos salvajes durante los combates,  y cientos de niñas sufren violaciones y mutilaciones en las villas a donde llegan las balas. El enfrentamiento entre las milicias Mai Mai, fieles al gobierno congolés, y los rebeldes ruandeses tutsi ha acabado con la niñez en el este del Congo.

La cruenta realidad de la infancia en este país centroafricano, reflejada en los relatos, testimonios y dibujos de estos niños y niñas, recogidos de primera mano y  muchas veces invisibles, abre este especial de las historias no contadas de 2008.  

Violencia y reclutamiento

Daniel

14 años

“Al principio, cuando mis hermanos de nueve años y yo fuimos reclutados, el Ejército nos dijo que como hermanos no podíamos servir al mismo tiempo, porque no rendiríamos bien. Así que los ataron a ellos dos y a los demás nos hicieron mirar. Después, los golpearon con palos hasta que ambos murieron. Nos dijeron que eso nos daría fuerzas para luchar”.

Felicine

15 años

“Mi única manera de sobrevivir es trabajar en la mina y ser la esposa de muchos soldados que me violan muchas veces, me dejan trabajar como minera, me dan golpes y lastiman, somos muchas así y otras mueren por los golpes. No quiero casarme, no quiero tener hijos”.

Nuret

14 años

“No había nadie vigilando el camino hacia la casa y nos violaban todas las noches. Los hombres armados y jóvenes con palos venían a buscarnos por la fuerza cuando estaba oscuro y simplemente nos violaban, te encontrabas con un hombre encima de ti y ni siquiera sabías quién era. Si te pones a llorar, te golpeaban hasta matarte. Estábamos tan aterradas que no denunciamos las violaciones. Hay niñas desde los 10 años que han sido violadas en esta zona por los soldados y los otros rebeldes”.

Edouard, el niño guerrillero

La primera vez que Edouard tuvo que disparar una ametralladora, el arma era tan pesada que cayó al suelo de rodillas para accionar el aparato. Tenía siete años, y lo habían reclutado a la fuerza milicianos del Rcd-ML, grupo subversivo apostado en la región  fronteriza entre Congo y Uganda.

El niño huía del reclutamiento del grupo enemigo, cuando cayó en manos de los guerrilleros. Fue llevado a un campo de entrenamiento, donde le afeitaron la cabeza con una botella rota y fue sometido a un férreo entrenamiento, en el que rápidamente aprendió a montar y a desmontar las armas.

Frecuentemente, frente a ellos, los comandantes disparaban balas de verdad para que los pequeños se acostumbraban al terror que imprime el combate. Luego, fue enviado a misiones.

Hoy tiene doce años, ha matado a varios enemigos y ha sido herido. La herida de una bala en su brazo le impide hasta ahora que uno de sus dedos funcione correctamente. A veces, es difícil manipular el arma.

“Es un sufrimiento”, dijo hace poco, “no nos dan de comer, ni jabón, ni paga… nadie se ocupa de los heridos”.

Víctima y victimaria

Jazmine se encontraba en medio de una clase en la escuela, cuando los Mai Mai llegaron a llevársela. Les dijeron que para ellas ya no habría más colegio y las raptaron a todas, niñas y adolescentes, para que desde entonces se convirtieran en las esposas de los combatientes. Si no aceptaban, las mataban.

No había opción: “Ya tuviera la edad de tu padre o fuera joven, malo o bueno, tenías que aceptar”.

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Para Jazmine, los rituales de muerte que presenció durante esa época se asemejan a un matadero de pollos. Aquellas que se negaban las descuartizaban enfrente de todos, no enterraban los cuerpos e incluso realizaban rituales antropofágicos con parte de ellos.

Jazmine, a sus 16 años, aún no encuentra un espacio adecuado para empezar a recuperarse de lo que la guerra le hizo, mientras que Camile, una ex miliciana de su misma edad, ha decidido regresar a su pueblo a pedir perdón por los crímenes cometidos. “Me siento realmente mal por las cosas que he hecho y por haberles quitado la vida a otras personas. Cuando vuelva a casa tendré que realizar algunos ritos tradicionales por haber matado”.

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Camile dice que los ritos la ayudarán a limpiarla. Y tal vez así podrá ahuyentar las pesadillas que tiene en las medianoches, cuando el niño a quien mató en sus épocas de miliciana viene a hablarle. “Me dice que lo maté sin ninguna razón”, confiesa, “y me pongo a llorar”.

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