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Escuadrones de civiles armados con palos, piedras, machetes, cuchillos y armas de fuego acechan los callejones de Johannesburgo. Su objetivo: los inmigrantes de Zimbabue, Mozambique y Nigeria, principalmente, aunque cualquier residente de color que no sea sudafricano corre peligro de convertirse en una víctima.
Los primeros linchamientos fueron en Alexandra, un pequeño barrio de mayoría negra que ocupa un kilómetro cuadrado y logró mantenerse en pleno corazón blanco de la Johannesburgo del apartheid durante más de veinte años, a pesar de los frecuentes intentos del antiguo régimen por desplazar a sus habitantes hacia los extremos de la ciudad, donde la política oficial de segregación fijó el lugar para los “no-blancos”.
Al comienzo, los ataques parecían ser explosiones espontáneas de xenofobia motivadas por la frustración y el resentimiento dirigidos hacia inmigrantes que, según la percepción de algunos habitantes en los sectores deprimidos, son responsables del alto nivel de criminalidad en la ciudad y han recibido beneficios excesivos por parte del Estado. Sin embargo, ahora los ataques se convirtieron en una brutal ola que amenaza con extenderse por todo el país.
“La inseguridad en esta ciudad se ha elevado desde que comenzaron a llegar los zimbabuenses y los nigerianos. Ellos se tienen que ir”, aseguró un taxista llamado Lufuno, días antes de que comenzara la violencia xenófoba. Se calcula que al país han llegado cerca de cinco millones de inmigirantes africanos en los últimos años. La mayoría, mejor preparados que los suraficanos, tiene más opciones de conseguir trabajo, pero eso no lo perdonan los locales, que viven una difícil situación económica y social.
La xenofobia en los barrios populares de Johannesburgo no es algo nuevo. En la novela Bienvenido a nuestro Hillbrow, del joven escritor sudafricano Phaswane Mpa, publicada en 2001, el protagonista describe los comentarios intolerantes que su primo policía profería hacia mozambiqueños, zimbabuenses y nigerianos. Hay un apodo denigrante para referirse a ellos: los “makwerekwere”, una palabra que hace mofa de la pronunciación “incomprensible” de las lenguas extranjeras.
Collar de fuego
Las primeras víctimas fueron en Alexandra y se extendieron a Ekurhuleni, un suburbio pobre al extremo oriente de la ciudad. Los atacantes emplearon un método conocido como “hacer el collar” (necklacing), que consiste en envolver el cuello de la víctima con un neumático repleto de gasolina y prenderle fuego. Su aplicación fue frecuente durante la “Guerra de los Hostales” (1990-1994), aquella ola de violencia política y tribal que marcó el fin del apartheid en Sudáfrica.
A estos salvajes linchamientos y asesinatos se suman las quemas de viviendas pertenecientes a inmigrantes. Según las autoridades, hasta ahora han muerto 42 personas, se han registrado 466 actos de violencia y el número de desplazados llega a los 25.000.
Thabo Mabese, miembro del Consejo Ejecutivo para el Desarrollo Social de la provincia de Gauteng —que comprende a Johannesburgo, Pretoria y sus suburbios—, anunció en una reunión con ONG que “el sector más afectado es Ekurhuleni, donde hay 11.800 personas desplazadas, mientras que en el casco urbano de Johannesburgo la cifra es de 8.000. Necesitamos el apoyo de la sociedad civil para resolver esta crisis”, añadió.
Se refiere a que los propios sudafricanos están siendo víctimas. A los saqueos de hogares y locales comerciales pertenecientes a inmigrantes africanos se sumaron los ataques contra sudafricanos que tuvieran empleados zimbabuenses, mozambiqueños y nigerianos. La velocidad, sevicia y precisión con que se realizan estos actos han propiciado la teoría de que hay un grupo planeando estas acciones.
Una de las doscientas personas arrestadas por la policía confesó haber recibido dinero a cambio de asesinar a inmigrantes, aunque no reveló de quién provino la oferta. Por otro lado, miembros del Consejo de Obispos y de la Comisión de Derechos Humanos afirmaron que hubo amenazas telefónicas en algunas de las escuelas donde se albergan los refugiados. Quienes llamaban decían que atacarían aquellos lugares en los próximos días y que extenderían la violencia hacia Soweto, el barrio popular más densamente habitado de Johannesburgo. “Los atacantes tienen conocimiento de la distribución demográfica de la población y saben cuáles son los sectores más vulnerables”, sostuvo una fuente que pidió permanecer anónima.
“La respuesta del gobierno y de la sociedad civil ha sido lenta”, afirmó Tara Polver, investigadora del Programa de Estudios para la Migración Forzosa de la Universidad de Witwatersrand. “Aunque la sociedad sudafricana en general está sacudida e indignada por la situación, no sabemos cómo detenerla”.
Por lo pronto, la policía local envió a 150 hombres con entrenamiento en situaciones de alto riesgo para ayudar a controlar la situación, que amenaza con empeorar hoy, pues en la Universidad Tecnológica de Tshwane, norte de Pretoria, aparecieron unos misteriosos panfletos, sin firma, en el que se advierte a los extranjeros que deben salir del país “antes del 23 de mayo”. Muchos ya lo han hecho…