Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La envergadura y la audacia de las protestas de la oposición iraní el pasado domingo han puesto a la defensiva al régimen islámico. El lunes, las autoridades, que se han visto obligadas a reconocer la muerte de ocho manifestantes, detuvieron a una decena de políticos reformistas e incluso se apropiaron del cadáver de una de las víctimas, el sobrino del dirigente opositor Mir-Hosein Musaví, para impedir que su entierro desatara una nueva manifestación antigubernamental. Sin embargo, se muestran incapaces de ofrecer otra solución que no sea el enfrentamiento a los anhelos de cambio de buena parte de la población.
“No podemos celebrar un funeral hasta que no encontremos el cuerpo de mi hermano”, declaró Reza Habibí Musaví, citado por la web Parlemannews. De acuerdo con su relato, el cadáver de Ali Habibi Musaví fue sacado de la morgue del hospital Ibn Sina durante la noche, sin que nadie se haya responsabilizado del hecho. La agencia oficial de noticias, Irna, aseguró que el traslado del cadáver se había realizado para “ahondar en la investigación”.
Fuentes reformistas sospechan que las autoridades trataban de impedir nuevas protestas durante las exequias, como ya hicieran con las víctimas de los disturbios del pasado verano. De hecho, el lunes por la mañana, numerosos simpatizantes se dieron cita ante el hospital para presentar sus condolencias a la familia y, según el sitio web Jaras, “la policía disparó gases lacrimógenos” para dispersarlos.
Por su parte, la televisión estatal admitió finalmente que el sobrino de Musaví era uno de los muertos, pero dijo que había sido víctima de “asaltantes desconocidos”. Sin embargo, seguía repitiendo la versión policial de que el resto murieron en distintos accidentes (al caer de un puente o atropellados) y que los agentes no dispararon, lo que no quita que pudieran haberlo hecho los irregulares conocidos como basiyíes, que les acompañaban. Un médico del hospital Najmieh citado por The New York Times aseguró que en ese centro se operó a 17 heridos de bala, tres de los cuales se encontraban en estado crítico. El Consejo Supremo de Seguridad Nacional elevó la cifra de muertos a ocho en todo el país. El Ministerio de Sanidad reconoció que hubo al menos 60 heridos en Teherán. La prensa iraní, bajo fuerte control oficial, ha presentado los disturbios como obra de “un puñado de alborotadores incitados por los medios extranjeros”.
La mayoría de los iraníes no tragan entero. La indignación se evidenciaba el lunes en el plantón que hicieron los estudiantes de la Escuela de Ingeniería Toosi en Vali Asr, o en las caras largas de los viandantes que pasaban por el escenario de las protestas. Aunque los empleados municipales se apresuraron a limpiar la zona, los restos calcinados de contenedores de basura y vehículos policiales daban testimonio de la batalla campal del día anterior. Ocho muertos son muchos incluso para quienes se declaran apolíticos. “¿Qué le ha pasado a este sistema religioso que ordena la muerte de gente inocente durante el día sagrado de Ashurá?”, se preguntaba Mehdi Karrubí, el otro candidato presidencial que junto a Musaví sigue tachando de ilegítima la elección de Mahmud Ahmadineyad el pasado junio.
A partir de entonces, Irán se ha sumido en su mayor crisis política desde la revolución de 1979.