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“¿Podrías taparte la boca?”

El miedo a contraer el virus provocó que tres millones de mexicanos dejaran de utilizar el metro. Los estadounidenses se niegan a salir sin las mascarillas. Cines, teatros y restaurantes están vacíos.

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Ciudades enteras de Estados Unidos, México, Canadá, Reino Unido y varios países latinoamericanos, en donde se comprobó la llegada de la gripe AH1N1 (antes gripe porcina), están sepultadas bajo millones de mascarillas. Las imágenes que le dan la vuelta al mundo son de personas aterradas que tratan de huirle al contagio.

Autoridades sanitarias con cara de angustia reportan cada hora cómo va avanzando el virus y les piden a los ciudadanos tomar todas las precauciones para evitar que la enfermedad llegue a sus hogares. La situación ha causado tal paranoia que, en el afán de hallar el origen de la enfermedad, un niño de seis años fue expuesto públicamente y “sin las pruebas suficientes”, según varios medios mexicanos, como el causante de la pandemia.

La aparición de esta enfermedad está alterando las rutinas diarias. En México, por ejemplo, la gente se niega a usar el metro. El medio de transporte masivo dejó de llevar a tres millones de mexicanos a sus lugares de trabajo. “No güey, yo prefiero caminar o hacerle a bici o no sé, pagar un taxi, pero no quiero que se me pegue la mocosa”, dice Luis Alfonso Segura, un mexicano de 37 años. La petición del presidente Calderón de que todo el mundo se quede en casa, aumentó la alarma.

En Estados Unidos la situación es similar. Más aún cuando el vicepresidente Joseph Biden dijo en una entrevista que le pediría a su familia no usar el metro. “Si tuviera que dar un consejo a un familiar, le diría que evitara los espacios cerrados. Cuando una persona estornuda, se expande el virus por todas partes”, aseguró Biden. Aunque las autoridades de Transporte de EE.UU. salieron a decir que el metro era un sistema de transporte seguro y que todo estaba en control, sus palabras fueron definitivas. El flujo de usuarios del metro de Nueva York se vio seriamente disminuido. Y nadie se atreve a salir sin una mascarilla.

Los restaurantes, bares, teatros y cines se están quedando solos. “La gente está viviendo poco, ayer esperábamos a muchas personas y no fue así”, explicó Mariela González, una empleada de una cafetería en Queens.

A Michelle Henriques, frecuente usuaria del metro en Manhattan, ahora siente temor. Pero no por el contagio, sino por la reacción de los pasajeros. Hace poco escuchó cómo varias personas le decían a otra bruscamente cuando tosió: “Oye, ¿podrías taparte la boca?”. “Es la primera vez que escucho algo así”, le contó Henriques a la agencia AP.

Para Henriques, de 29 años, la mañana que comenzó con ese áspero incidente en el tren continuó con un apresurado viaje a la farmacia a comprar para la oficina media decena de botellas de antiséptico para las manos. “Las colocamos en todas partes, cerca de la cocina, los baños, la fotocopiadora, los buzones”, dijo.

Y al parecer muchos neoyorquinos han hecho viajes similares a la farmacia en estos días: las mascarillas quirúrgicas se habían acabado en muchas de ellas. “Se acabaron. La gente está muy nerviosa con la gripe porcina”, le dijo en tono de disculpa un farmacéutico en Manhattan a un cliente que revisaba un estante vacío.

Lynn Wilson vive a unos pocos kilómetros de la Universidad de Delaware, donde las autoridades sospechan que hay 10 casos de gripe porcina entre los estudiantes. “Sí, mi vida ha cambiado”, dice. “Estoy almacenando suministros alimentarios. Acabo de comprar más medicina para la fiebre. Esta mañana hablamos de tratar de no tocarnos las caras”.

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