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No le gustan los negros, el 12,1% de la población de Estados Unidos, ni alberga dudas sobre el destinatario de su voto, el patriota blanco John McCain. El piloto de la emblemática moto made in USA no pertenece al segmento de indecisos que el próximo 4 de noviembre, en la intimidad de la cabina de votaciones, puede rendirse a los prejuicios raciales. Paul lo tiene claro: un negro, nunca.
El racismo emparentado con las filas del Ku Klux Klan y la horca fue erradicado en este país hace cuatro decenios y la igualdad ante la ley obliga. Pero el racismo cultural e inconsciente aún cuenta. Y si aparece, el candidato demócrata, Barack Obama, perderá un buen número de sufragios.
Medio siglo atrás, los negros eran ciudadanos de segunda en buena parte de Estados Unidos: debían ceder su asiento en los autobuses públicos, les estaba prohibida la entrada en restaurantes, no podían sentarse en los graderíos de los Tigres de Detroit, y el guiño a una mujer blanca en los Estados sureños podía costarles una paliza. “Only Whites“ (“sólo blancos”), advertían los rótulos.
El Centro Nacional de Encuestas preguntó, en el año 1944, si los negros debían tener las mismas oportunidades que los blancos a la hora de encontrar trabajo: el 55% de los entrevistados respondió que los blancos primero, y después, si no les interesaba el trabajo, los negros. Transcurridos más de 50 años desde aquellas mediciones, numerosos blancos acusan a los negros del injusto usufructo de sus impuestos.
La raza como factor electoral es el elefante en la habitación de una de las elecciones presidenciales más inciertas y apasionantes de la historia. La campaña en curso incluye elementos antes ausentes, porque los 43 presidentes de Estados Unidos han sido blancos. El equipo de Barack Obama no desdeña el efecto Bradley, asociado al nombre de Tom Bradley, alcalde negro de Los Ángeles en el año 1982, que perdió el cargo después de haber liderado todas las encuestas previas a la emisión del voto. ¿Qué ocurrió? Pues que muchos mintieron a los encuestadores para no admitir ante ellos sus prejuicios raciales, manifestados, en cambio, en el mano a mano con la urna.
* Columnista de El País, de España.