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¿Qué importa Miss Universo?

La viralidad de la noticia sobre la corona y destronamiento de la señorita Colombia como Miss Universo en redes sociales y medios televisivos, radiales e impresos dice mucho sobre la selectividad con la que prestamos atención a lo que ocurre en el mundo.

Arlene B. Tickner
22 de diciembre de 2015 – 10:24 p. m.

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A diferencia de otros hechos fundamentales relegados a los márgenes noticiosos, tales como la expansión y violencia del Estado Islámico, la crisis migratoria y de refugiados en el norte de África y Medio Oriente, el acuerdo nuclear con Irán, los conflictos en Siria y Ucrania, o el calentamiento global, lo ocurrido en el concurso de belleza ha sido objeto de incansables conjeturas.

Que no se trató de una equivocación sino de un truco publicitario. Que los resultados fueron alterados para favorecer a Filipinas, dado el interés de los nuevos dueños de Miss Universo por consagrarse con Asia. Que el testimonio de la representante de Alemania, quien afirma que ninguna votó por la filipina, comprueba que hubo juego sucio. Que como sugiere Donald Trump, debe compartirse la corona.

Desde el polémico fallo de la Corte Internacional de la Haya en el diferendo con Nicaragua, en el país no habíamos visto tanto movimiento mediático, lo que lleva a la pregunta obvia sobre la relevancia de algo tan trivial en la psique colombiana. Podría argumentarse que como el fútbol, los concursos de belleza alimentan la identidad y los sentimientos nacionalistas. Sin embargo, el frenesí actual de indignación patriotera deja poco espacio para la distancia crítica, desde donde se observa que el prototipo de belleza de 90-60-90, 180 de estatura, pelo claro y facciones europeas dista mucho de la mujer colombiana promedio, o que las reinas deben representar a la esencia nacional sin hablar de los temas importantes del país. Ni hablar de los intereses privados detrás de los reinados o la estrecha relación que ha existido entre éstos y el narcotráfico.

Podría pensarse también que Miss Universo es un evento político a la par con los Juegos Olímpicos, la Copa Mundial de Fútbol o las cumbres internacionales, en donde las participantes proyectan determinadas imágenes de país, de belleza pero también raciales, étnicas e ideológicas; forman alianzas y bloques; realizan negociaciones; y se salen ocasionalmente de las respuestas trilladas sobre la paz mundial para hablar sobre temas significativos; las decisiones tomadas reflejan el poder y los intereses de los países dominantes (en este caso Estados Unidos); y pueden registrarse cambios sociales mundiales, como la decisión de aceptar a candidatas transgénero. Todo esto, y no las ridiculeces con las que la opinión pública y los medios se han volcado sobre la destronada de la señorita Colombia, daría para una discusión interesante.

¡Felices fiestas y hasta el 13 de enero!

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