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Andrea Quintero, transexual colombiana que llegó en 2009 a Roma, era bien conocida cerca a la estación en donde la encontraron muerta. Durante los cuatro años que vivió en la capital italiana, Andrea mendigó por las calles alrededor del principal terminal de tren, Termini, en donde pedía dinero para comprar drogas. Se hacía llamar la “Trans de Termini”. Y fue justo allí donde la mataron. Una investigación determinó que Andrea murió el 29 de julio como consecuencia de las graves lesiones de una cruel paliza.
No era la primera vez que la golpeaban. En un video grabado semanas antes de su muerte, la colombiana contó que era blanco frecuente de agresiones en Roma. Una cojera y un brazo paralizado eran consecuencia de los golpes frecuentes que recibía por deambular en la estación de trenes. “Pero espero lo mejor, quiero conocer a un chico rico y guapo que me saque de esta vida fea”, aseguró a un diario italiano.
Quintero, de 31 años, fue encontrada sin vida en la estación. Las autoridades llevaron su cuerpo a la morgue de Roma, en donde permaneció cinco meses a la espera de que sus familiares en Colombia lo reclamaran. Pero jamás llegaron, ni se comunicaron con las autoridades italianas o colombianas en Roma.
Los que sí aparecieron fueron los miembros del Centro Astalli, un grupo jesuita que da ayuda y refugio a indigentes. Ellos organizaron un funeral conmemorativo, para el cual también reclutaron a oficiales gubernamentales y a la fundación Cáritas. ¿El objetivo? Según explicaron, “llamar a la compasión, comprensión y humanidad de toda la ciudad y combatir así la discriminación, el odio y la intolerancia”.
Miembros de la organización relataron a la prensa italiana que fueron las palabras del papa —pronunciadas el mismo día de la muerte de Andrea Quintero— las que los conmovieron. Ese día, rumbo a Brasil, Francisco aseguró: “¿Quién soy yo para juzgar?”, en respuesta a una pregunta sobre el homosexualismo y su relación con la Iglesia. El pontífice dijo que aunque la homosexualidad sigue siendo un pecado, no se debe marginar a las personas gay.
El pasado 27 de diciembre, Andrea Quintero finalmente tuvo un concurrido funeral oficiado por un sacerdote de la Chiesa del Gesu, una de las iglesias jesuitas más prominentes de Roma. “Con el papa Francisco tenemos valor, tenemos entusiasmo”, dijo el padre Giovanni La Manna, quien ayudó a organizar el funeral en la iglesia de San Francisco. “No tenemos excusa. Fuimos llamados a abrir nuestro corazón”.
A la misa en memoria de Andrea Quintero asistieron los trabajadores de las organizaciones benéficas, funcionarios del Gobierno e incluso el alcalde de la ciudad, Ignazio Marino. Entre otros dignatarios presentes estuvo Cécile Kyenge, italiana nacida en Congo que se desempeña como ministra de Integración, la primera persona de color en servir en el gabinete italiano.
El padre La Manna, director del Centro Astalli, le explicó a la prensa que el funeral no pretendía sólo llorar a una persona desvalida y desprotegida que murió en terribles condiciones de abandono en Italia, sino que fue una “señal para toda la comunidad romana que está distraída ante tantas personas que se enfrentan a la discriminación y que viven sus dificultades ante la indiferencia de nuestra ciudad”.
El funeral de Andrea fue celebrado por monseñor Enrico Fierce, director de Cáritas de Roma, junto con el padre La Manna. En la homilía, monseñor Fierce dijo: “Pedimos al Señor que esta ciudad se vuelva más y más amigable con los pobres y para los que están en problemas”.
La misa fue muy significativa para la comunidad transgénero. Uno de los asistentes al oficio religioso aseguró a la cadena de noticias CNN que durante la ceremonia experimentó gran asombro cuando escuchó al sacerdote reconocer a Andrea como “ella”. “Hasta este momento la Iglesia católica no nos había reconocido”, dijo Vladimir Luxuria, activista transgénero que asistió al funeral. “Es como si la Iglesia católica dijera: ‘Los vemos de la misma forma en que ustedes se sienten’”.
Un vocero del Vaticano envió un tuit notificando que el funeral de Quintero se haría en la iglesia del mismísimo pontífice Francisco, haciendo referencia a la iglesia de la orden jesuita. “El mensaje, si seguimos la línea que el papa suele transmitir, también implicó un gesto de piedad hacia alguien que vivió y murió en los márgenes de la sociedad; un llamado a cuidar, ayudar y comprender a quien elige una vida diferente”.