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A Mohamed Bouazizi, el vendedor de naranjas que se inmoló hace seis meses en Túnez y cuyo sacrificio desencadenó la ola de protestas más grande jamás vista en varios países del norte de África ya no lo recuerda nadie. El cambio que Bouazizi pedía con su sacrificio en la región y que abrió las puertas de la esperanza para el fin de los regímenes que se eternizaron en el poder en los países árabes quedó inconcluso. O como lo describió el profesor Paul Rogers en Open Democracy, “la primavera árabe acabó convirtiéndose en invierno, justo en vísperas de la primavera real”.
Hoy en día son muy pocos los ciudadanos árabes que mantienen la esperanza de una transición, pues los países que lograron derrocar a sus gobiernos cayeron en el olvido y quienes no lo han conseguido están siendo aplastados por los ejércitos de los dictadores.
Si bien la “primavera árabe” logró hacer estallar las revueltas populares que derrocaron las dictaduras de Zine el Abidine Ben Alí y Hosni Mubarak, graves amenazas se ciernen sobre el movimiento. En Túnez, por ejemplo, ya se fijó la fecha de las primeras elecciones (23 de octubre), pero la crisis social está complicando la transición.
Zouhir Louassini, periodista marroquí, explicó en un artículo publicado por el diario ‘El País’, “la primavera árabe se presenta como una revolución inconclusa precisamente porque no ha afectado al papel de la religión mayoritaria y porque no ha aportado el respeto debido a las minorías. Y una democracia no puede considerarse válida sin estos ingredientes, al que cabe añadir el respeto para cada individuo singular”.
Antoine Basbous, del Observatorio de los Países Arabes (OPA) en París, le explicó a AFP que a pesar de que la esperanza es compartida y las razones de las manifestaciones en cada país son parecidas, “no hay dos movimientos que se parezcan”, señala.
En Egipto, donde muchos temen que los islamistas salgan fortalecidos tras la partida de Hosni Mubarak, el ejército en el poder parece querer únicamente “un cambio de fachada”. En estos dos países, las graves dificultades económicas que acompañaron los cambios de régimen llevaron a la comunidad internacional a movilizar miles de millones de dólares en ayudas.
Yemen, cuyo presidente, Alí Abdalá Saleh, está hospitalizado en Riad luego de resultar herido en un ataque, corre el riesgo de sumergirse en una situación similar a la de Somalia, en donde reina el caos y el Estado se desintegra, agrega Basbous. Bahréin, por su parte, ya vivió su “contrarrevolución” luego de la represión de las protestas de febrero y marzo.
En Libia, Muamar Gadafi, que se aferra al poder pese a una insurrección interna y a los bombardeos de la OTAN, podría caer en cualquier momento. El problema, como lo dijo el secretario general del organismo, Anders Fogh Rasmussen, “es que no se sabe cuándo”.
Los riesgos de contagio a otros países son reales, pero inciertos. “Los efectos sobre el resto de la región van a depender del resultado obtenido en estos países. Pero no hay efecto mecánico, ello depende mucho de la situación interna”, observa Rabab al Mahdi, profesora de ciencias políticas de la Universidad Americana de El Cairo (AUC). Argelia puede calmar los anhelos de su población recurriendo a los importantes ingresos que generan sus recursos en hidrocarburos. Marruecos apuesta por una política de reformas. Pero en Jordania, señala Antoine Basbous, “las dificultades de la monarquía son más importantes, y se trata de un país rodeado de vecinos en crisis”.
Una de las situaciones más complicadas la vive Siria, en donde los muertos por la represión de las protestas exceden los 1.100 y los detenidos son más de 10.000, y entre ellos hay mujeres y niños, según denuncias de la Alta Comisaría de la ONU para los Derechos Humanos.
A pesar de estas incertidumbres, algunos siguen siendo optimistas sobre los logros de la “primavera árabe”, que ha colocado la democratización entre los asuntos claves de una región que parecía condenada a seguir siendo un santuario de regímenes autocráticos intocables.
Para Isandr al Amrani, establecido en El Cairo y responsable del blog ‘The Arabist’, las revueltas trajeron un verdadero apego de la población árabe a los valores relacionados con los derechos humanos, un verdadero entusiasmo por valores universales. “No era el caso hace sólo diez años”, subraya.