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El 2 de diciembre de 2019, Karina Chincilla, una hondureña radicada en España, esperaba con ansias la llamada de su padre, que se había quedado con su hijo Enoc durante las vacaciones de fin de año. El niño de once años vivía con su madre en Badalona y había viajado muy pequeño a Europa, por lo que tenía pocos recuerdos de su abuelo y su país. Su madre ahorró lo suficiente para mandarlo a Tela, al norte de Honduras, para que conociera sus raíces. Fue la última vez que supo de él.
Lo que ocurrió en la mañana de ese día es un misterio sin resolver, lleno de cabos sueltos, y que muestra el drama del crimen y la violencia que se vive en Honduras. Según el jefe de la policía, la noche del 1° de diciembre “algo se complicó” y lo que iba a ser el secuestro del niño terminó en una sangrienta masacre en la que el abuelo fue asesinado, junto con otras dos personas.
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Según las autoridades de Tela, el plan era secuestrar a Enoc. Los secuestradores sabían que el niño venía de España y pensaron que podían sacarle dinero a la familia. En la noche, dos hombres llegaron muy temprano a casa del abuelo del niño, tocaron a la puerta y cuando el hombre abrió la puerta de la casa dispararon contra él. En el interior de la casa lo terminaron de asfixiar con un cordón de zapato. Un rato más tarde, con los asesinos dentro de la casa, llegó el tío, a quien también mataron de un golpe en la cabeza.
Más tarde llegó Cindy Castro, que de vez en cuando cuidaba del niño y apareció muerta algunos días después. Según la policía, la mujer trabajaba con los secuestradores, pero habría intentado delatarlos y dos días después apareció muerta y mal enterrada cerca de su casa. Los cuerpos del abuelo y el tío estaban semienterrados al pie de unos plataneros y del niño no se ha vuelto a saber nada.
El caso del pequeño Enoc retrata una realidad que se vive en Honduras desde hace tiempo, y por la cual, unos 250 hondureños huyen cada día del país en silencio, como Karina, o en masivas caravanas con las que pretenden llegar a Estados Unidos.
Honduras, como sus vecinos del triángulo del norte en Centroamérica, tiene un contexto complejo. Se calcula que el 65 % de sus nueve millones de habitantes vive en la pobreza. El 70 % de los niños y adolescentes, que constituyen el 40,6 % de la población hondureña, vive en condición de pobreza, de acuerdo con un informe titulado “Mapeo del Sistema de Protección de la Niñez en Honduras”, publicado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).
La vulnerabilidad de los menores de edad en Honduras los ha hecho presa fácil del crimen organizado. Y pueden ser reclutados por las pandillas o las bandas de narcotraficantes mexicanos o ser secuestrados para cobrar una extorsión. De hecho, en ese país son comunes casos como el del pequeño Enoc.
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Entre 2016 y 2019, han desaparecido más de mil menores de edad en Honduras. El dato se extrae de la única fuente posible para dimensionar este problema en el país centroamericano: la Interpol (Organización Internacional de Policía Criminal).
Y es que uno de los principales agravantes de este problema en Honduras es que las desapariciones no son un delito, o al menos no están tipificadas como tal en el Código Penal. Ni siquiera está considerada en su modalidad de forzada, que es en la que participan cuerpos de seguridad del Estado, ni en la que está relacionada con la violencia actual.
De esta forma, cuando al Ministerio Público se le pide que enumere las denuncias por desaparición investigadas desde el 1° de enero de 2016 hasta el 31 de diciembre de 2018, la respuesta es corta: son cuatro. Y ninguna de ellas corresponde a los más de mil menores que están en la base de datos de Interpol.
“La desaparición es un ejemplo de cuándo importa que aparezca el cuerpo y cuándo no importa. Si la desaparición no es delito, entonces es muy ‘útil’, entre comillas, para los actores violentos; la hace funcional”, explica Jenny Pearce, investigadora y catedrática del Centro de Latinoamérica y el Caribe, del London School of Economics en Inglaterra, en una entrevista publicada en el medio digital guatemalteco Plaza Pública.
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En términos generales, en Honduras desaparecen más niños que niñas. Las razones son variadas, pero la principal es el reclutamiento para bandas delincuenciales o la trata de personas. El hecho de que el delito no esté tipificado tampoco ayuda, pues para las pandillas y los carteles es un buen sistema para desaparecer personas sin dejar rastro.
Y volviendo al caso de Enoc, la policía cree que el niño está vivo, por la forma en que los cadáveres de su tío y de su abuelo fueron enterrados. También creen que el niño pudo haber caído en una red delincuencial, que recluta menores para las pandillas. Y por su parte, Karina espera paciente noticias y confía en que le entreguen a su hijo, aunque los antecedentes de las investigaciones de desapariciones de menores en su país no den mucha esperanza.