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En la prisión de Muara Sijunjung, en la provincia de Sumatra Occidental, Indonesia, Alexander Aan espera ser sentenciado por negar la existencia de Dios en Facebook. Es el primer ateo que será condenado en un país reconocido por su pluralismo y “unidad en la diversidad”. Aunque ha sido obligado a pedir perdón y regresar al islam, no acepta que en su país no exista el derecho a no creer.
Aan nació en Jakarta, pero creció en Padang, la capital de Sumatra Occidental. Las dudas sobre el islam lo asaltaron durante el bachillerato e incrementaron mientras estudiaba estadística en la isla de Java. “Trataba de encontrar un sentido y un propósito en la religión, pero encontró sólo conflicto, tiranía e injusticia”, dice a El Espectador Rafiq Mahmood, un exfuncionario del gobierno indonesio que ha visitado a Aan en prisión.
Aan empezó a trabajar como servidor civil en la Oficina de Planeación y Desarrollo regional de Dharmasraya. En 2009 abrió su cuenta en Facebook. “Allí encontró gente que pensaba como él, incluyendo algunos de Sumatra Occidental, un área conocida por su pensamiento conservador”, añade Mahmood.
Pronto Aan ingresó a un grupo de Facebook llamado Ateis Minang (Ateos de Minang). El problema empezó cuando alguien lo etiquetó en una caricatura sobre Mahoma, en la que el último profeta del islam se sentía atraído sexualmente por su hija adoptiva. Aan copió el vínculo en su muro de Facebook y agregó un texto que cuestiona la existencia de Dios, ignorando la indignación que despertaría con esto entre los islamistas más radicales de su vecindario.
El 18 de enero doce musulmanes entraron a su oficina y le preguntaron por su religión. “Ateísmo”, respondió. Entonces lo golpearon hasta que llegó la policía. El ataque no fue noticia en la provincia. Andreas Harsono, oficial de Human Rights Watch en Indonesia, en contacto con este diario, dice que estas agresiones son más frecuentes desde que Susilo Bambang Yudhoyono llegó al poder en 2004. “Las autoridades no actúan frente a estas turbas dirigidas por islamistas en Java y Sumatra, que incluyen ataques contra los ahmadiya (una rama reformista del islam), bahai, cristianos, chiitas y pequeñas agrupaciones espirituales”.
Karl Karnadi, miembro de la Atheist Alliance International (AAI), la entidad que apoya a Aan en el exterior, explica que Indonesia es reconocido como un país tolerante y diverso desde sus orígenes, pero eso ha cambiado. “Muchos viajaron a Arabia Saudita y otros países árabes y volvieron con una corriente más estricta del islam que se expandió en la última década. Ahora no sólo tenemos partidos islámicos, sino leyes inspiradas por la sharia a nivel local (prohibición del alcohol y vestimenta moderada) y nacional (la ley antipornografía). Además de las organizaciones de matones, muchas de ellas islámicas”. En muchos casos, durante agresiones por parte de fanáticos la policía llega a “calmar la situación, pero lo hacen desbandándose de la controversia o, peor aún, arrestando a la víctima”.
Alex pensó que las autoridades llegaban para rescatarlo y detener a los agresores. Sin embargo, fue llevado a la estación de Pulau Punjung, y cuando quiso salir no pudo. Estaba arrestado. Y sus agresores libres. Oficiales del Ministerio de Asuntos Religiosos de Indonesia lo interrogaron sobre sus creencias. “Ateísmo”, repitió. Le sugirieron que volviera al islam para evitarse problemas, pero Aan no cree en Dios y rechazó la oferta. Así que lo llevaron a la estación de policía de Dharmasraya, donde fue acusado el 20 de enero bajo las leyes de la blasfemia y una ley de internet contra la distribución de información que genera inconformismo social. La máxima pena por blasfemia son cinco años. La máxima pena por distribución de contenido indebido en internet son seis años.
La discriminación hacia las minorías religiosas es perpetrada por facciones radicales de la población musulmana —que representa el 88% de los 240 millones de habitantes del país—, pero también es justificada por la legislación. Harsono explica que en una nación con más de mil lenguas y 350 religiones, la ley sólo protege a seis religiones: islamismo, cristianismo, protestantismo, budismo, hinduismo y confucianismo. Las leyes contra la blasfemia incluidas en el código penal permiten a la autoridad reprimir a cualquiera que controvierta o niegue esos cultos. Mahmood añade que “los ciudadanos deben portar un documento de identidad en donde se especifica su religión. Quienes no tienen una religión no pueden disfrutar los beneficios de la ciudadanía, incluyendo el derecho a casarse”.
El derecho a no creer no es una opción contemplada por las leyes de un país que apoya la libertad de conciencia. Tanya Smith, presidenta de AAI, explica a El Espectador que “las leyes de blasfemia son contrarias a los derechos humanos fundamentales, los cuales Indonesia afirmó al ratificar el Convenio Internacional para los Derechos Civiles y Políticos en 2006”. Reitera que los derechos básicos que se están violando en el caso de Aan son la libertad de consciencia y la de expresión.
A inicios de marzo, los padres de Aan visitaron a Ibrahim Khalil, uno de los abogados que acusan a su hijo. “Me pidieron perdón por lo que había hecho Aan. Les dije que es mejor si se arrepiente en nombre del islam o se convierte a otra religión, pero depende de él. Eso podría rebajar su sentencia”, dice Khalil. Su familia le pidió a Alex que se arrepintiera. Aceptó hacerlo bajo la guía del director del Concejo de Ulemas, Aminulla Salam. A sus 31 años, en la prisión de Dharmasraya, Aan se arrepintió de su falta de fe en Alá para poder bajar su sentencia, recitó un verso sobre el único dios frente a autoridades del Ministerio de Asuntos Religiosos, sus padres, la policía, los abogados. Todos saben que Aan en verdad es ateo.
Pese al “arrepentimiento”, la defensa de Aan no es optimista en cuanto a la reducción de las penas. Roni Saputra, abogado de LBH (la ONG que defiende al ateo), afirma que el marco legal del caso es muy débil, porque además de que Aan no hizo las imágenes de Mahoma, tampoco se puede argumentar su intención de blasfemar contra el islam en público: “Facebook no es un dominio público”. Mientras la controversia le da la vuelta al mundo, Aan sigue en prisión, esperando el momento en que él y sus creencias sean libres.