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Las autoridades estadounidenses han dado a entender que están listas para ejecutar un ataque contra Siria, solo falta la orden del presidente Barack Obama, quien en sus últimas declaraciones no se mostró tan convencido y admitió los riesgos de embarcarse en ese proyecto bélico. En todo caso, según la información filtrada y los medios estadounidenses, la Casa Blanca y sus aliados podrían iniciar la operación militar en cualquier momento. El mundo está a la espera de que Obama tome decisiones.
“Tiene que haber una respuesta y la habrá”, aseguró el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney, quien también explicó que sería contraproducente para los intereses norteamericanos permitir que otros regímenes crean que pueden utilizar impunemente armas químicas, como se supone que lo hizo el gobierno de Bashar Al Assad. El secretario de Defensa estadounidense, Chuck Hagel, ha dicho que las fuerzas navales han hecho movimientos en el mar Mediterráneo y ya hay barcos de guerra armados con misiles crucero y aviones listos para el ataque, que se realizaría con las participación de los aliados de Washington –en especial Londres, París, Turquía y algunos países árabes, que también han asegurado que el ejército sirio utilizó su arsenal químico y merece ser castigado-. Algunos medios estadounidenses han anticipado, citando altos funcionarios de la Administración, que el ataque podría empezar el próximo jueves.
Sin embargo, el gobierno no ha aclarado cómo sería su operación. Funcionarios de la Casa Blanca han dicho que sería una acción “breve y limitada”, pero esto no basta para definir la magnitud de la intervención. Lanzar unos cuantos misiles no acabaría con la guerra civil en Siria, más bien dejaría la imagen de una tibia embestida por parte del ejército más poderoso del mundo y sus aliados.
Washington podría pensar en una intervención al estilo de la que empezó en Libia en 2011: EE.UU. atacó durante los primeros días y dejó después a sus aliados europeos cumpliendo la operación desde el aire, hasta provocar la muerte de Muamar Gadafi. Está vez, sin embargo, la diferencia es que Siria cuenta con una batería antimisiles capaz de combatir cualquier intervención aérea.
Turquía, la Liga Árabe, Canadá y Australia, comparten la convicción estadounidense de que Siria utilizó armas químicas la semana pasada contra los rebeldes en las afueras de Damasco. Los dirigentes de Francia y Reino Unido llevan semanas denunciando al régimen por ese y otros ataques químicos. En medio de ese convencimiento generalizado, parece perder importancia el resultado que pueda obtener la misión de expertos de Naciones Unidas que fueron al lugar de los ataques para realizar las “investigaciones definitivas”. Sin embargo, Obama podría estar a la espera de ese resultado para tomar la determinación final. El Nobel de paz tiene en sus manos la posibilidad de iniciar una nueva guerra.
Sólo Rusia, un fiel aliado del régimen de Bashar al Assad, que tiene en el puerto sirio de Tartus una base naval con al menos 600 hombres y que ha proveído un arsenal considerable a las fuerzas oficiales de Siria, ha insistido en que si Obama da la orden de intervenir, estaría cayendo en un error histórico similar al ocurrido con la invasión estadounidense a Irak, que tenía el objetivo de encontrar armas de destrucción masivas que resultaron inexistentes. Hoy, cuando el ejército estadounidense cumple su retirada, Irak es un país sumido en la vieja violencia entre las facciones sunita y chiita del islam, y la fragilidad de su Estado abre espacio para la llegada de grupos yihadistas. Las intervenciones estadounidenses en Afganistán y Libia tampoco dejan un precedente favorable a la hora de decidir sobre siria. Libia naufraga en la violencia tribal y la proliferación de grupos salafistas, mientras Afganistán está entre los estados más corruptos del planeta y ve resurgir al régimen Talibán contra el que lucharon los estadounidenses.
La encrucijada de Obama no es fácil. Se le juzgará tanto si decide intervenir, por los efectos impredecibles que pueda desencadenar esa operación, o si decide no hacerlo, porque se considerará que dejó morir al pueblo sirio bajo la brutal represión del régimen.
Además, los riesgos de la intervención son enormes. Primero, porque se enfrentaría a un ejército que está bien armado y que tiene el apoyo militar y financiero de Irán y Rusia, y el respaldo más lejano y silencioso de China. Segundo, porque puede generar una mayor inestabilidad regional y un aumento de la inseguridad en uno de los lugares más peligrosos del planeta, donde se unen Siria, Líbano e Israel. Tercero, porque detonaría el antiamericanismo en Oriente Medio.
Para no empeorar sus ya deterioradas relaciones con Rusia ni volver a un escenario similar al de la Guerra Fría, Obama debería hacer una llamada a su homólogo ruso antes de tomar cualquier decisión. A Vladimir Putin tendría que garantizarle que, pese a una eventual intervención estadounidense, conservará su influencia y sus intereses particulares en la región, porque Siria es el único punto geoestratégico para Rusia en Oriente Medio. Prácticamente, Obama tendría que comprometerse a no atacar la base de Tartus, que está localizada justo en la región de los alauitas (una vertiente del islam), la minoría a la que pertenece la élite militar y gobernante de Siria, encabezada por el propio Bashar Al Assad.
Si Obama estuviera en su primer mandato, seguiría negándose rotundamente a intervenir, porque a los estadounidenses no les gusta mucho la idea. Según una encuesta del Washington Post, solo un 9% lo apoya y un 25% lo apoyaría en el caso de que se demuestre la utilización de armas químicas. Pero Obama ya no tiene la presión electoral. Aunque en su segundo mandato se esperaba que cumpliera promesas como la de conseguir la paz entre Israel y Palestina, o cerrar la base naval de Guantánamo, parece que el presidente no tiene otra salida que meterse en otra guerra e ir en contra de lo que él ha intentado enarbolar como una política exterior no militarista ni intervencionista.
En todo caso, ya es demasiado tarde para la intervención. Han muerto más de cien mil personas y casi dos millones han huido de Siria. Al menos en el corto plazo, cualquier acción empeorará las cosas en el terreno. La historia luego juzgará si las decisiones de Obama fueron acertadas.