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Desde entonces, la apuesta del presidente Bashar al Asad por reprimir cualquier atisbo de oposición y, de paso, imponer un apagón informativo que fomente la confusión, ha marcado el curso de las protestas, las cuales se han enquistado en determinadas regiones. La opción represiva del llamado clan de los Asad, en el poder desde 1970, ha pasado de la acción policial, basada en la detención y tortura de activistas y la disolución expeditiva de manifestaciones, a la militar, una vez que la deserción progresiva de soldados y oficiales del ejército regular propició la creación del Ejército Sirio Libre, cuyos efectivos, escasamente armados y apenas coordinados entre sí, llevan a cabo una guerra de guerrillas contra los servicios de seguridad, los mercenarios y las divisiones de élite del formidable aparato militar de Damasco.
Entre muertos, desaparecidos, detenidos y desplazados, hablamos de cientos de miles de personas afectadas por el impacto del levantamiento de buena parte de la población contra un poder brutal y corrupto que, como la generalidad de los regímenes árabes, está dispuesto a cualquier cosa con tal de perpetuarse. Si tomamos en consideración además las numerosas localidades (Homs, Hama, Idlib, etc.) que han sufrido o sufren el cerco militar y las ya graves carencias de suministros básicos en varias regiones, agravadas por las sanciones económicas y el desfonde de la moneda y la producción local, tenemos un guión de máxima tensión y confusión en la siempre explosiva región de Oriente Medio.
El protagonismo de Siria como estado axial y su condición de enclave estratégico primordial entre la costa mediterránea y la Península Arábiga ayuda a explicar por qué, a pesar de la gravedad de la situación, no se ha producido un consenso entre las potencias regionales e internacionales para poner fin a la sangría. Occidente, por un lado, teme por el futuro de su gran bastión en la zona, Israel, y no ve una alternativa política dúctil; para Rusia y China, por otro, se dirime en Siria el futuro de los recursos de Oriente Medio y, en esencia, la hegemonía mundial. Irán y Turquía tienen sus propios cálculos, más palpables en el caso de la primera, y Arabia Saudí y sus aliados árabes quieren debilitar a Teherán a través del hundimiento progresivo de su aliado sirio. Una contienda internacional de altos vuelos y mucho juego sucio entre bastidores cuyo precio, enorme, está pagando la población siria.
Ignacio Gutiérrez de Terán,
* Especialista en el mundo árabe e islámico de la Universidad Autónoma de Madrid.