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El primer ministro tailandés, Abhisit Vejjajiva, puede reivindicar que ha logrado una victoria sobre los miles de camisas rojas que desde mediados de marzo habían tomado el centro de Bangkok para pedir la disolución del Parlamento, la convocatoria de elecciones anticipadas y la dimisión del gobierno. Pero lo más difícil, probablemente, esté por delante. Kokaew Pikulthong, un líder de los manifestantes, advirtió que tomar la zona de protesta “no serviría para nada”, porque, aunque lograran expulsarlos, podrían montar otra en otro lugar.
Los camisas rojas tienen millones de seguidores, algunos de los cuales habían amenazado con represalias si se producía una intervención armada. Está por ver si los líderes pueden, o quieren, controlarlos. Una muestra llegó tras la rendición. Se produjeron disturbios e incendios en barrios de Bangkok y otras provincias. La clave está en si los incidentes se intensificarán en próximos días.
El asalto radicalizará aún más el conflicto entre camisas rojas y camisas amarillas. Los rojos —mayoritariamente pobres de zonas rurales y urbanas, aunque también estudiantes e intelectuales defensores de la democracia— se consideran despreciados por la élite gobernante. Acusan al ejecutivo de aplicar un doble rasero: cuando se echan a la calle ellos y cuando lo hacen los camisas amarillas. Éstos, cuyo símbolo es el color amarillo de la monarquía, están integrados, principalmente, por las élites empresariales y militares, así como por las clases medias.
Los analistas creen que la grave crisis política pasará factura y que la segunda mayor economía del sureste asiático, tras Indonesia, tardará años en recuperarse.