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The New York Times recuerda pasado turbio del servicio secreto de EE.UU.

Presentó este informe luego del caso de prostitución en Cartagena de hombres del servicio secreto.

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Washington. Para un organismo al que se ha conocido de tiempo atrás como “el club de los muchachos”, el escándalo de la prostitución en el que estuvieron involucrados 11 elementos del Servicio Secreto de Estados Unidos sacó a relucir una imagen del organismo que parecía haberse superado.

Mientras que el Servicio Secreto cultivaba una reputación de ser el protector del Presidente, con elementos sumamente rectos y puritanos – parecidos a Clint Eastwood, dispuestos a recibir una bala por su país _, lo perseguía un escrutinio desagradable por falta de ética profesional. Se disciplinó o procesó a agentes por tener sexo con mujeres menores de edad, por conducir en estado de ebriedad, por peleas de cantina, uso de drogas y otros problemas durante el tiempo libre que ponían en duda su aptitud profesional.

Sin embargo, en la última década, hubo menos titulares salaces sobre el organismo y un sentido de que había cambiado su cultura, en parte porque había empleado a más mujeres. Ahora, el Servicio Secreto enfrenta un escándalo vergonzoso en Cartagena, Colombia; uno que abrió la puerta para que el Congreso estadounidense aumente su vigilancia sobre él.

“Algunos de los agentes más antiguos decían todo el tiempo que cuando se registraban en un hotel, preguntaban: ‘¿Dónde está el gimnasio?’”, comentó Daniel Bongino
, un agente del Servicio Secreto de 1999 a 2011, y candidato republicano al Senado por Maryland. Agregó: “Esto es una vergüenza nacional para nuestro gobierno y para el Servicio Secreto”.

El lunes, el representante Darrell Issa, el presidente republicano del comité de vigilancia de la Cámara de Representantes federal, dijo en una entrevista en “CBS This Morning” que “miraría por encima del hombro” del servicio Secreto mientras se investiga lo que sucedió en Colombia. Reiterando declaraciones que hizo el domingo, Issa dijo que el incidente fue «parte de un patrón de mala conducta». Se revocó la habilitación de seguridad de los 11 empleados del Servicio Secreto implicados, pendiente del resultado de la investigación, dijo un portavoz del organismo.

“Sigue siendo una rigurosa investigación en curso, y ése es el punto en el que está”, dijo el vocero Max Milien. “Con eso quedan, como ya declaramos, en licencia administrativa, y no pueden ingresar en ninguna instalación del Servicio Secreto”.

En un memorando para los empleados del Servicio Secreto, el director Mark J. Sullivan, dijo que el incidente fue “vergonzoso”, pero que la dependencia “actuó en forma rápida y resuelta, inmediatamente después de que se nos informó sobre este incidente”, según una copia del memorando que The New York Times obtuvo el lunes.

“El Servicio Secreto de Estados Unidos tiene una larga y respetada historia de operar con los niveles más altos de comportamiento profesional y ético”, dijo Sullivan. “La abrumadora mayoría de los hombres y mujeres en el Servicio Secreto están a la altura de estos estándares en cada momento de cada día. Me siento extraordinariamente orgulloso de ustedes por eso y me siento honrado de servir con ustedes. Es debido a esto y a otros aspectos vitales de nuestros estatutos que una ‘mayoría abrumadora’ no es suficiente”.

Ronald Kessler, quien escribió un libro sobre el Servicio Secreto, dijo que no piensa que el tipo de comportamiento que se vio en Colombia es el prevaleciente en el organismo. Más bien, dijo que refleja una “actitud relajada” hacia la disciplina que ha permitido que los agentes eludan la normativa sin ninguna repercusión grave.

Hay una actitud de hacer la vista gorda y dar una palmadita” hacia diversas violaciones, dijo, desde los problemas en los exámenes de condición física y destreza con armas de fuego de los agentes hasta el fracaso del Servicio Secreto para detectar intrusos en la puerta durante una cena de Estado en la Casa Blanca en 2009.

Durante años, funcionarios del Servicio Secreto han calificado como incidentes aislados a los problemas que surgieron públicamente y atacado las críticas externas por considerarlas injustas y una extralimitación.

Se indignaron particularmente por un artículo de investigación publicado en 2002 en U.S. News and World Report. Describe a un organismo en el que eran rampantes las juergas, la ingesta excesiva de licor, comportamientos sexuales inapropiados y otros problemas en el tiempo libre. Se encontró que un agente tuvo una relación sexual y compartió metanfetaminas con una joven de 16 años, mientras que se dijo que otro en el destacamento del expresidente Bill Clinton tuvo un amorío con una prima del mandatario.

Como en el caso de la cena de Estado en 2009, los problemas se han desbordado hacia las cuestiones de la protección. Durante el trabajo de seguridad del organismo en los Juegos Olímpicos 2002 en Salt Lake City, un agente que compraba recuerdos en una tienda de patinetas dejó ahí por error un plan detallado para la seguridad del vicepresidente Dick Cheney y su familia, un incidente que avergonzó a la dependencia cuando se supo públicamente.

A medida que los titulares negativos fueron menos frecuentes en los últimos años, el Servicio Secreto abordó el problema de la diversidad y trabajó para reclutar a más mujeres y personas de grupos minoritarios.

La cantidad de mujeres en el Servicio Secreto “no era una cifra de la cual nos sintiéramos orgullosos y era algo en lo que teníamos que trabajar”, notó W. Ralph Basham, Jr., el director de la dependencia de 2003 a 2006.

Durante su gestión como director, Basham dijo, las mujeres representaban de 11 a 15 por ciento de los empleados. Según la Comisión de Oportunidades Iguales en el Empleo, un 25 por ciento de los empleados del Servicio Secreto en el año fiscal 2010 fue mujeres.

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Basham notó que la proporción de mujeres en el Servicio Secreto no es muy diferente a la de otros organismos encargados de la seguridad, pero es posible que la cantidad de viajes haya desalentado a algunas mujeres. “Es un empleo en el que es difícil mantener el equilibrio entre las cargas de trabajo y la vida familiar”, señaló.

Con la colaboración en la investigación de Eric Schmitt

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