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Aunque las discusiones sobre colores pueden ser inflamables si se les mezcla política o fútbol, en Japón es obligatorio incurrir en debates cromáticos si uno quiere empezar a entender por qué la tercera luz de los semáforos puede ser “azul” y no verde.
Todo visitante primerizo se extraña de que en el idioma japonés se diga azul (aoi) para calificar verduras que a todas luces son verdes, como la espinaca, la lechuga o la col. Los italianos se sorprenden de que en Japón llamen azul al color que está a la izquierda del blanco y el rojo en su glorioso tricolor, y que en Roma se denomina oficialmente “verde prado”. La confusión aumenta cuando un japonés mayor se dirige a un joven que aún está en camino de perfeccionar su oficio y le suelta: “Todavía estás azul”. (Lea más columnas sobre Japón).
Al ser el verde un matiz del azul, la fusión de nombres tiene lugar en muchas culturas y los lingüistas las han registrado incluso en idiomas americanos como el guaraní y algunos de la familia maya.
Los japoneses explican que decirles “azul” a las señales de tráfico, las verduras o las etapas del ser humano (sabiendo que el color es verde), es una costumbre remanente de épocas remotas, cuando las palabras no alcanzaban para todo y muchos colores tenían que contentarse con el mismo nombre.
En ese entonces, los únicos colores catalogados en el habla japonesa eran el negro, el blanco, el rojo y el azul. Los demás residían en las inmediaciones de esas cuatro gamas, y el verde, como pariente del azul, permaneció varios siglos sin nombre.
Hoy es paradójico que gracias a su inmensa producción de bienes de consumo coloreados de forma artificial, como la ropa, los muebles, los refrescos, las golosinas, los automóviles y la electrónica, los japoneses compren a diario productos que se ofrecen en amplias gamas de azul que van desde el cobalto, al Prusia, pasando por el aguamarina, el cerúleo y el turquesa. En verdes se pueden comprar artículos en tonos que abarcan el césped, la oliva, la esmeralda y muchas tonalidades del océano Pacífico.
Para el extranjero la mezcla verbal del verde con el azul no implica ningún obstáculo en la vida diaria en Japón, como sí puede suceder con la luz de los taxis, que es roja cuando están disponibles y verde cuando transportan a un pasajero. Como nosotros asociamos el color rojo en las calles al “No” del semáforo, nos resistimos a aceptar la lógica nipona de que una señal roja es más fácil de ver en la distancia y le permite al pasajero estar listo a levantar la mano con mayor antelación.
Pero con el tiempo abdicamos, nos parece de gran sentido común y sufrimos la derrota final en el debate cromático cuando salimos a la calle y concluimos que, bien mirado, el tercer color del semáforo es turquesa.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.