Tristes conclusiones, 25 años después del genocidio en Ruanda

La directora general de Médicos Sin Fronteras España conmemora los 25 años del genocidio en Ruanda evaluando la responsabilidad y los errores cometidos por parte de la comunidad internacional y de las organizaciones humanitarias durante la matanza.

06 de abril de 2019 – 09:00 p. m.
Las fotografías que aquellos de fueron asesinados en el genocidio de 1994 se encuentran en el Centro de Memoria del Genocidio en Kigali, la capital ruandesa. / EFE
Las fotografías que aquellos de fueron asesinados en el genocidio de 1994 se encuentran en el Centro de Memoria del Genocidio en Kigali, la capital ruandesa. / EFE

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Hace 25 años se desencadenó uno de los episodios más brutales y vergonzosos de la historia moderna. Más de un millón de personas, nunca sabremos en realidad cuántas, perdieron la vida en las matanzas perpetradas en Ruanda y luego en el antiguo Zaire. Lo vergonzoso no fue solo lo que pasó después de aquel 7 de abril, sino todo lo que ocurrió antes y que, aunque menos visible, permitió que se desatara aquella barbarie.

El genocidio de Ruanda representó un fracaso de la humanidad. Nadie, incluidos nosotros, puede negar su responsabilidad. Fallaron muchas cosas, empezando por la comunidad internacional, que tenía medios para prever lo que podía suceder. Más que pasividad, hubo intención de bloquear: se negó el auxilio a millones de personas.

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Aparte de las investigaciones en los parlamentos belga y francés, sin ningún reconocimiento de responsabilidad política, no hubo ninguna comisión de investigación por parte de Naciones Unidas o de Estados Unidos. Desgraciadamente, la falta de responsabilidades frente a las tragedias humanitarias sigue siendo la norma.

Ruanda fue, en varios sentidos, la primera vez: nunca habíamos presenciado directamente una masacre de esta magnitud, nunca habíamos perdido a tantos colegas de golpe (cerca de 250 personas) y nunca habíamos pedido abiertamente una intervención armada. El genocidio ruandés nos situó ante muchos de los dilemas que han marcado nuestra trayectoria como organización, y nos hizo comprender que, en circunstancias tan extremas, las organizaciones humanitarias no pueden proteger a la población ni a sí mismas. Lo dijimos entonces: “No se detiene un genocidio con médicos”. También nos reafirmó en la obligación moral, so pena de ser cómplices, de denunciar la comisión de crímenes contra la humanidad. A veces debemos sacrificar el acceso a las víctimas y denunciar, ya que podremos conseguir más con la palabra que con una acción en el terreno que es en realidad insignificante en relación a la brutalidad de lo que estamos viendo.

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Veinticinco años después, la sombra de Ruanda se sigue proyectando sobre la actividad humanitaria y, desgraciadamente, no para mejor. La evaluación realizada por los donantes tras el genocidio y la emergencia de los refugiados concluyó que la acción humanitaria debía implicarse también en las causas políticas de las crisis y no solo en las consecuencias. Desde ese momento se incrementó la presión para que las organizaciones humanitarias alineen sus proyectos con objetivos políticos más amplios, enfoque en detrimento de la necesaria independencia de la acción humanitaria, que la devalúa e incluso la impide. Eso tiene consecuencias muy concretas para las vidas de millones de personas atrapadas por la geopolítica mundial y que se pueden ver privadas de la atención médica esencial, la que salva vidas, especialmente si están en el lado “incorrecto” del conflicto. Tanto los países donantes como los receptores de ayuda se sienten legitimados para reducir el espacio que requiere la acción humanitaria para llegar a quien la necesita.

La triste conclusión es que, si se diera hoy una situación parecida a la de Ruanda, tememos que se repetirían muchos de los errores que se cometieron hace 25 años.

* Directora general de Médicos Sin Fronteras España.

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