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Twitter, el mito

Más allá de las grandes figuras políticas mundiales, otras menos visibles hicieron historia este año.

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En la mañana del viernes 2 de octubre, una estampida de  700 periodistas con sus computadores al hombro y su iPhones embolsillados entró puntual y en silencio al salón principal de conferencias del Hotel Hilton, en el centro de San Francisco.

El murmullo era eterno en el salón. Todos asistían a la Décima Conferencia de la Asociación de Periodistas Digitales, y estaban próximos a escuchar al orador principal del evento: Evan Williams, un joven y sencillo hombre de negocios, nativo de esa ciudad, que en los últimos 10 años había creado dos herramientas revolucionarias para el mundo virtual: la comunidad de blogs Blogger, hoy una de las más grandes plataformas de diarios personales, y la red de mensajes instantáneos Twitter, donde cualquier persona le cuenta a sus seguidores, en 140 caracteres o menos, lo que hace o piensa momento a momento.

Eso, precisamente, fue lo que 700 periodistas comenzaron a hacer luego de la ovación que sucedió a la subida de Williams al escenario. Como si fuera un profeta frente a sus feligreses con sus libros de oraciones abiertos, narró la génesis de Twitter, un proyecto secundario en su vida que buscaba que las personas les contaran a sus amigos, brevemente y de manera inmediata, en qué andaban.

Mientras la conferencia transcurría, un murmullo de clics y teclados sonaba  en el salón. La  mayoría de periodistas tenía en sus pantallas el invento de Williams. “Todos  twittean: tap tap tap, suena como si estuviese lloviendo”, escribió alguien de la multitud.

Resultaba fácil quitarle la atención al conferencista. Leer en la pantalla lo que 700 personas pensaban o resaltaban de sus palabras era tan interesante como escucharlo directamente. Se trataba de atender la conferencia a través de los ojos de sus  asistentes.

Esa mañana, Williams reconoció que su inocente invento se le había salido de las manos: “Las cosas no funcionan como uno espera que lo hagan… a la planta uno le pone agua, y luego deja que la gente determine cuál es su función”.

Y así pasó con Twitter. En abril, la periodista moldava Natalia Morari fue encarcelada brevemente por “promover el desorden masivo y la violencia”. Morari, tras el polémico triunfo del Partido Comunista en el Parlamento de Moldavia, había invitado abiertamente a través de esta y otras redes a sus compatriotas a manifestarse con velas prendidas en la plaza de Chisinau, la capital. “Esperábamos un par de cientos de personas”, recordaría después, “nos impresionó cuando unos 15 mil jóvenes aparecieron”.

Al caso moldavo lo bautizaron la Revolución Twitter, apelativo que habría sido exclusivo de no ser  por otra revolución twiteresca, ocurrida el 13 de junio, en Irán, tras los disturbios ocurridos por la derrota del candidato reformista Mir Hossein Mousavi. Con el régimen de Mahmud Ahmadineyad controlando la salida de información de los corresponsales en Teherán, los breves mensajes de 140 caracteres, enviados desde los celulares de los jóvenes manifestantes, se convirtieron en la única ventana (veraz o no) para que el mundo supiera lo que acontecía en las calles de la capital iraní. En cuestión de horas la necesidad fue irrevocable: CNN y El País de España, entre muchos otros medios de comunicación, incorporaron a sus plataformas informativas una pantalla donde los twits se actualizaban de forma inmediata.

La devoción en el poder mesiánico de esta red creció con el pasar de los días. El 15 de junio, al enterarse de que Twitter desactivaría su servicio por mantenimiento, Andrew Sullivan, corresponsal de The Atlantic, imploró en su blog que se abstuvieran de hacerlo: “Twitter —escribió— es una herramienta crítica para organizar la resistencia en Irán”. Semanas después, Clay Shirky, investigador de Nuevos Medios de la Universidad de Nueva York, declaró optimista: “La revolución iraní ha sido la primera en ser catapultada al escenario internacional por las redes sociales”.

El optimismo, sin embargo, decayó. Muchas de las informaciones   divulgadas por Twitter  resultaron  imprecisas o falsas, mientras que un estudio del Consejo Británico, encargado al investigador Charles Leadbeater, concluyó que en Irán sólo el 0,027% de los habitantes utilizaban Twitter. Los  estudios contrastaban con otras muestras de efectividad política en otras latitudes, como el proyecto de Ley para gravar Internet en México, que fue tumbado en el Congreso  luego de una campaña ciudadana en la red social.    

“Irán nos inspiró y nos mostró nuestro potencial, sobre todo en un país donde no nos habíamos establecido”, dijo esa mañana de octubre Evan Williams en el salón del Hilton, sin mencionar a sus escépticos contradictores.

Hace unas semanas, Williams logró enviar una señal sobre la rentabilidad de la red, firmando un millonario contrato con Google. Casi simultáneamente, su página era hackeada por el autodenominado “Ciber ejército iraní”. El mensaje es claro: con unos 10  millones de usuarios   y un crecimiento constante,   Twitter está a penas viviendo el primer capítulo de su historia política.

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