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De regreso a Libia. A Bengasi, el corazón de la revolución. Escribo a pocos metros del lugar en donde hace un año miles de manifestantes iniciaron unas revueltas populares que captaron la atención del mundo entero y terminaron con el régimen de 42 años de Muamar Gadafi. Las mismas que convocaron a medios internacionales a cruzar las fronteras para presenciar la génesis del levantamiento de un pueblo, inicialmente desarmado y desorganizado, que se jugaba la vida para cambiar la historia del país.
Hoy, en Bengasi, las comunicaciones funcionan. Varios periodistas y amigos me preguntan por Twitter si Libia mejoró, empeoró o siguió igual. La respuesta es “todo depende”. En esta oportunidad llegar a Bengasi no significó 22 horas por carretera desde El Cairo. Tampoco tuve que pasar por peligrosos retenes de milicias armadas, que no entendían mi idioma y a quienes tenía que mostrarles los pasaportes y obedecer para poder continuar.
En sólo dos horas de vuelo llegué al aeropuerto local, donde hombres desarmados revisaban los pasaportes, sin abrir el equipaje. Sin visa formal, sólo una carta de invitación, aceptaron nuestra entrada. “Welcome”, dijeron.
La primera preocupación era encontrar algún sentimiento hostil hacia Occidente. Luego de que se hicieran públicos los compromisos que el nuevo gobierno, el Consejo Nacional de Transición (CNT), adelanta con Francia y Gran Bretaña, en los que agradecen el apoyo a la sublevación con el petróleo del pueblo, en mi opinión, el sentimiento antioccidental sería comprensible.
Los recientes titulares de los principales medios: “Se activa la violencia en Libia”, también nos inquietaban. Pensamos en una ciudad invadida por facciones armadas, sin mando ni control en la zona urbana. Y temimos que los sueños incumplidos y las promesas rotas, propias de toda revolución, nos llevaran a concluir que las vidas sacrificadas y las batallas libradas, que seguimos durante un año, hubieran sido en vano. El levantamiento civil no generó milagros y, quizás, terminara como “uno de muchos otros movimientos por venir”.
Bengasi, el bastión revolucionario de Libia, sigue siendo un incontestable escenario de fiesta reivindicativa, de debates y expresiones políticas que se traducen en manifestaciones y protestas ciudadanas. “Todos los días viene un grupo distinto a pedir ayuda y reclamar sus derechos”, nos dice Tamin, un elegante libio que conocimos meses atrás y quien, al saber de nuestra llegada, se ofreció a esperarnos en el aeropuerto. Explica que pocos entienden que “el país inició de cero” y que muchos olvidan que “esto era imposible en la Libia de Gadafi”.
Al llegar al hotel Tibesty, una manifestación de libios de color, pertenecientes a la tribu de los tuareg, le reclamaba al CNT su presencia en las regiones que habitan, pues las represalias tomadas por facciones libias blancas seguían generando graves ataques en su contra. “Nos acusan de haber escondido a personas de Chad que lucharon por Gadafi y ahora se vengan con nosotros”, dice Esam, líder civil de la zona que pide con urgencia y desesperación la presencia de las nuevas autoridades y de organizaciones internacionales para que “eviten nuevas masacres”.
Otra joven de origen negro africano pide que “envíen médicos y ambulancias, porque más de cien personas se debaten entre la vida y la muerte y no hay acceso ni a hospitales ni a medicina”. Este escenario confirma que, en las zonas rurales, Libia enfrenta aún situaciones precarias, peleas tribales y explosiones de violencia. Para ellos, la revolución tuvo un costo demasiado alto, pero con una ternura casi infantil Salma me asegura “que aún esperan la pronta llegada de los beneficios”.
Al caer la noche, fui a la Plaza de los Mártires para ver qué quedaba de esos días de intensas protestas, cuando llegaban uno tras otro ataúdes con cuerpos de jóvenes combatientes y las celebraciones populares eran interrumpidas por las ráfagas de metralletas que anunciaban la liberación de nuevas ciudades. Esta vez, unos cuantos hombres armados, perfectamente identificados con una credencial, con uniformes evidentemente nuevos que portan con orgullo, mantenían un cordón de seguridad “que hemos reforzado para la celebración del 17 de febrero”.
Un día antes del aniversario, en la plaza había una explosión de juegos pirotécnicos. Me explica el conductor que Bengasi lleva celebrando una semana. “Después de tantos años de represión, aquí cualquier cosa es pretexto para hacer una fiesta. ¿Se imagina cómo será el 17 de febrero? Tenemos décadas de celebraciones reprimidas”, dice. La alegría se manifiesta en caballos decorados suntuosamente y sus jinetes que divierten a niños y niñas y se toman fotos con ellos. Las mujeres, que hace un año llevaban las fotos de sus hijos fusilados y desaparecidos bajo el régimen, interrumpieron sus arengas y canciones de alegría para venir a darnos un abrazo.
Tarek, un libio que desde hace un año se vistió de pies a cabeza con la bandera de la revolución, se lanzó sobre nuestro micrófono para enviarles un mensaje de esperanza a sus hermanos del pueblo sirio: “Sigan resistiendo, pidiendo sus derechos, batallando por la libertad, eso los hace cada día más dignos y pronto estarán celebrando como nosotros”.
Al Sinoussi, opositor de Gadafi y el prisionero político del mundo que más ha sobrevivido en una prisión, habló de la Libia sin el régimen. Y aunque hoy está bajo inminente peligro de ataques por parte de facciones gadafistas presentes en Bengasi, se resiste a salir de la ciudad. Prefiere cambiar con frecuencia de residencia. Sinoussi, ganador del premio de paz Sakarov 2011, concedido por el Parlamento Europeo, nos recibió mostrándonos su diploma y fotos de su padre con el rey Idris (que Gadafi tumbó con un golpe de Estado hace 42 años). Antes de irnos nos muestra fotos de su primer día en libertad, después de 32 años de penuria.
Llamamos a los jóvenes que fueron nuestros traductores y guías voluntarios y quienes juraron que sus vidas las iban a consagrar a hacer que las muertes de sus amigos en la era Gadafi tuvieran sentido. Mohamed, dentista de 26 años, se ha convertido en un líder político del partido juvenil del Frente de Salvación, organización que ha criticado duramente al CNT y que pretende, entre otras cosas, que la nueva Libia no sea manejada ni por extremistas religiosos ni por los antiguos cercanos al régimen. El tiempo con Mohamed es corto, se convirtió en un símbolo de la juventud y los medios locales lo invitan constantemente a sus estudios. Está preparando todo para las primeras elecciones libres de Libia, programadas para el próximo mes de junio.
Osama, que hasta hace un año no había salido del país, promete compartirnos toda la historias vividas en Túnez, a donde se fue a recibir los heridos y mutilados de esta guerra para trasladarlos a Alemania, Holanda y demás países europeos que están apoyando su cuidado. Hoy, con una agenda de ministro, sacó dos días para este encuentro con nosotros en Bengasi, antes de ir a importantes reuniones en Berlín.
Abdu Salam, piloto que desobedeció a Gadafi al resistirse a bombardear a la población civil y al estrellar valientemente su avión en el desierto, también accedió a regresar hoy a su tierra. Está en un país vecino donde lo someten a intervenciones quirúrgicas necesarias para la recuperación después de su hazaña.
En todos parece existir sentimientos encontrados. Críticas al Consejo de Transición, inquietudes sobre el camino a recorrer y real capacidad de cambio. Pero si bien hay preocupación por temas como el desarme, las fracturas tribales, los constantes episodios de violencia o represalias y la lenta reactivación de la economía, en Bengasi sobrevive la esperanza y la convicción de que el aislamiento del espacio aéreo votado por Naciones Unidas salvó numerosas vidas.
Para una gran mayoría, la ayuda de la OTAN debe agradecerse “porque era un mal necesario”. Como nos aseguró Hassan, uno de los médicos palestinos que fue voluntario en muchos hospitales: “Sabemos que el apoyo de la OTAN generó polémica en Occidente, y toda injerencia internacional tiene consecuencias. Pero es fácil criticar esa intervención cuando no son tus hermanos, tus hijos, amigos o padres los que están cayendo mutilados o muertos bajo los misiles de Gadafi”.
A pesar de ser el séptimo desplazamiento a Libia, siento que estos dos últimos días en Bengasi sólo es posible captar la espuma de una realidad muy compleja. Busco respuestas a cosas fundamentales, como la independencia que habrá entre la religión y la política, la participación y los derechos de la mujer en una posible Libia democrática, el respeto a los derechos humanos para los detenidos de guerra, el proceso de justicia, perdón y reconciliación entre grupos y tribus, el desarme, el poder adquirido por grupos islamistas que tratan de recuperar la revolución, la posición frente a Israel y la independencia que tendrán los grupos de poder frente a los intereses de los países de Occidente.
Antes de ir a dormir, y llegando al hotel, encontré una imagen que me llenó esperanza: dos jóvenes pegaban en el muro un cartel que decía “Una revolución no termina cuando cae el régimen. Concluye cuando los objetivos que la animan son alcanzados. Por eso nuestra revolución apenas comienza”. Me regalan un ejemplar y, con una sonrisa, en inglés improvisado me dicen “Good night”.