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Un caballero hecho a pulso

El divorcio que su esposa le pidió en un diario italiano es el último episodio del talk show de Silvio Berlusconi. Detrás de esta y  otras anécdotas sobre  su carácter se revelan las claves para comprender la Italia de hoy.

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Hay una anécdota maravillosa (como suelen serlo las de ambos) de Álvaro Mutis con Silvio Berlusconi. El poeta colombiano era entonces representante de una compañía de televisión gringa, a la que Berlusca –como le decimos sus compatriotas y admiradores– le debía miles de millones de dólares por concepto de unos enlatados policíacos que se habían transmitido con gran éxito en Italia. El jefe de Mutis, que debía de ser un hombre decente y anglosajón, un tipo normal, le dijo: “vaya usted y habla con ese hombre; quizás entre latinos se entiendan mejor, y hasta podamos recuperar algo”.

Y así fue: Mutis, con su encanto proverbial, se sentó a manteles durante horas con Il cavaliere. Bebieron, rieron, comieron, lloraron; ninguno de los dos entendió una palabra de lo que decía el otro. Pero al final, cuando el pobre poeta estaba esperando el cheque de gracia, vio cómo su contertulio se paraba sonriente (un pañuelo verde en la mano), para luego asestarle un beso entrañable en cada mejilla y esta frase demoledora: “lasciamo già quel discorso dei soldini; non ci rivedremo mai”: dejemos así lo de esa platica, y espero que no nos veamos nunca más.

Esta anécdota, de poetas y bohemios y todo lo que se quiera, revela también la naturaleza más profunda y festiva del actual jefe del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi Bossi, Il Cavaliere. Porque de él podrán decirse muchas cosas  –y todas ellas ciertas: que en su juventud cantaba para las viudas en los cruceros del Mediterráneo; que antes de levantar su imperio económico vendía de puerta en puerta enciclopedias y electrodomésticos; que es el hombre más rico de Italia; que su personalidad le imprimió un sello inconfundible a la televisión italiana, plagándola hasta hoy de rubias vaporosas que sin quererlo lograron el milagro, imposible aun para el mismísimo Dante, de unificar la lengua de la península, fragmentada desde hacía siglos en los más encantadores dialectos–, podrán decirse muchas cosas,   pero no que carece de gracia y simpatía.

Al revés: Berlusconi es como el tío imprudente y divorciado   que hay en toda familia, que llega siempre a amenizar las fiestas con el más variado repertorio. Y no se trata de una comparación gratuita. No. Berlusca, cuando se lo propone, puede llegar a ser magistral. En la reunión londinense del G20 en que se definía el destino del mundo ante la crisis económica, Silvio llenó los titulares de prensa cuando en plena foto oficial con la Reina Isabel II le gritó al Presidente de los EU, con voz de tahúr en carnaval: “!Mister Obama, Mister Obama¡”; la pobre Reina apenas se volteó horrorizada, buscando un poco de consuelo en la austeridad del Presidente de Brasil. Luego vino el terremoto en Abruzzo, y Silvio, como siempre,  logró encontrarle una cara amable a la tragedia: no sólo les pidió a los desdichados habitantes de L’Aquila que se tomaran la cosa como si fuera un fin de semana en la montaña, sino que además señaló la coincidencia feliz entre el desastre natural y la aparición muy reciente de su plan de vivienda social para millones de italianos necesitados de un techo digno.

Pero en los últimos tiempos Silvio, o el psiconano como le dicen sus detractores, ha estado particularmente nervioso. En una reunión de la OTAN, mientras la Canciller alemana Ángela Merkel lo esperaba para saludarlo con toda solemnidad en la alfombra roja, el cavaliere se bajó de su carro hablando por teléfono, y dejó a la pobre señora con la mano estirada mientras él (saludándola de lejos, con guiños y toda la cosa) resolvía, junto a un lago, el pase de algún jugador del A.C. Milan, equipo del que es propietario, como de casi todos los medios de su país, incluyendo varias cadenas de televisión, periódicos, y hasta una buena porción de la editorial Mondadori.

Este señor, dijo hace  poco el gran Javier Marías, parece un actor pornográfico en la gira promocional de su película. Y sí, o por lo menos eso denota un video apócrifo que circula por YouTube, en el que Berlusconi se le abalanza a un pobre chofer y lo asedia con los ademanes más obscenos, riendo a pierna suelta  y con las manos en la cabeza como si estuviera de veras cabalgando. “Si las violaciones ocurrieran porque las mujeres italianas son muy bellas –dijo hace poco–, entonces no nos van a alcanzar los soldados para cuidarlas”.

Pero los episodios de los últimos días han empezado a rebosar todos los límites, aun los de la sociedad italiana que tanto se parece a su líder natural. Porque en últimas el problema es ese, y Silvio Berlusconi es una encarnación prodigiosa de la “italianidad”: por eso, entre otras cosas, no se me ocurre quién pueda gobernar mejor a un país así, construido hermosamente  sobre el mito de la aventura y el encanto, la alegría y la nostalgia.

Sin embargo, Italia es también un país católico y tradicionalista, y soporta que su Jefe de Gobierno se una con un demente como Humberto Bossi –el jefe de la Liga Norte, un partido de ultraderecha que proclama que Italia empieza en Florencia, y que el norte del país debería ser austriaco o suizo o alemán–, o que funde partidos a capricho cada vez que va acceder al poder, pero no que se divorcie de su esposa, y menos por andar “frecuentando” jovencitas napolitanas a las que les sugiere los más selectos palpamientos.

Pero el Cavaliere es impasible, y ante cualquier rumor acude a sus ideas revolucionarias: para las elecciones europeas que se vienen (qué verbo apropiado), el partido de Berlusconi ha decidido candidatizar a hermosas jóvenes que a duras penas se han leído un libro en la vida, pero que representan perfectamente el espíritu de la sociedad contemporánea: una sociedad que le debe tanto a Berlusconi, por haberla vuelto lo que en últimas siempre fue: un talk show.

 * Historiador y escritor colombiano, autor de la novela El naufragio del Imperio

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