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Un fumador de puros en La Moncloa

El seguro ganador de la Presidencia en España es un hombre sagaz de 56 años que ha sabido sortear tantas celadas en la política.

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Curtido como está en esa sucesión de estados de ánimo que supone la democracia, Mariano Rajoy Brey, el jefe del Partido Popular español, cabalga sin prisa, con cálculo reposado, sobre las ruinas electorales de su histórico antagonista, el Partido Socialista. Desde la barrera, durante los últimos años, a pesar de contrariar la versión carismática del líder que seduce masas o aventura los titulares que exige el marketing político, el empedernido fumador de puros fue capitalizando los yerros económicos que desahuciaron el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

No se regodea, sin embargo, en los laureles del triunfo que le anticipan las encuestas en España. Lacónico y evasivo, Mariano Rajoy capotea con gracia, detrás de su barba ministerial, la ansiedad de colar sus apellidos, su prole y su particular visión de derecha en La Moncloa. Qué importa que Rodríguez Zapatero —un mandatario con sonrisa de caricatura que terminó por convertirse en una— le encajara dos certeras derrotas en su mandíbula de estadista en las elecciones de 2004 y 2008. En los comicios de hoy domingo el gallego de 56 años está a punto de sacudirse de una buena vez esa mortaja de eterno segundón que lo persigue.

Arropado por esos aires de victoria que vaticinan una paliza de los populares a los socialistas, Rajoy volvió del verano madrileño más rejuvencido, con menos kilos. Es un veterano que ha sabido administrar sus tiempos, como la bicicleta estática en la que reposa su adrenalina presidencial. Dúctil y ladino, dicen unos. Político sin gracia, de envoltorio prefabricado, nada sobresaliente, de discursos soporíferos, acotan otros. Pertinaz estratega, viejo socarrón y camaleónico, irritable si no duerme, coinciden todos.

Hace 30 años se embarcó en las fangosas aguas de la vida pública y ha salido indemne —o, mejor, no muy escaldado—, muy a pesar de los navajazos y las conspiraciones de los que ha sido víctima en la arena política. Su soltería prolongada hasta los 41 años, por ejemplo, hizo que sus contradictores le llegaran a endilgar fama de “mariposón”. El virulento rumor empezó a extenderse, justo en tiempos en los que su figura cobraba protagonismo, a mediados de los años 80. Un escenario que midió su carácter e intuición política.

Manuel Fraga, su jefe político de entonces en Galicia, le dijo alguna vez: “Amigo Mariano, si en el futuro quiere ser mi heredero, cásese y aprenda gallego”. Sólo hasta 1996 cerró la controversia sobre su estado civil al contraer nupcias con Elvira Fernández Balboa, 10 años menor que él. El gallego, dicen, lo chapucea malamente. El fútbol lo oxigena. Qué tal España huérfana del éxtasis del balompié. Es hincha del Real Madrid, pero no gusta mucho de Mourinho. Tiene su despacho en la conocida calle Génova.

Su barba esconde las cicatrices de un accidente automovilístico que casi le cuesta la vida en 1977, cuando perdió el control del volante y cayó a un barranco. Se sobrepuso, culminó Derecho con honores en la Universidad de Santiago de Compostela, un año después se convirtió en el registrador más joven de España, tomó forma su incursión en la política y, al tiempo que fue moldeando su figura como administrador de la burocracia, escaló pronto en las jerarquías del PP.

Con habilidad de maniobrero llegó a la vicesecretaría del partido en 1990. De aquellos años data el concubinato político que trabó con el expresidente popular José María Aznar (1996-2004). Sus alfiles, como Soraya Sáenz de Santamaría, lo definen como un político que no se abre paso a los codazos, inteligente, desordenado y rigoroso, casi obsesivo. Con paciencia de relojero, encargado por Aznar de jubilar a los fósiles del franquismo que seguían enquistados en el PP, Rajoy fue depurando la derecha, cobró protagonismo tras bambalinas y diseñó la plataforma política que en 1996 llevó a La Moncloa a Aznar.

Durante los siguientes ocho años ocupó cinco ministerios, apagó en breve cuantos incendios propagó el presidente de gobierno; en la cartera del Interior logró ilegalizar a Batasuna, brazo político de la banda terrorista Eta, pero le fue imposible, después, justificar el apoyo de España en la guerra contra Irak. En 2007 lo dijo así: “Se fue (allí) sin resolución de la ONU”. Cuatro años antes, a dedazo limpio, en las postrimerías del segundo gobierno del PP fue ungido por Aznar como su sucesor. Pero en 2004 el péndulo político había girado a la izquierda y fue vencido por Rodríguez Zapatero.

Algunos conjeturan que el dedazo a Rajoy se explica, o bien porque Aznar quería seguir con poder de ventrílocuo a través suyo, o bien porque sabía que Rajoy no le haría sombra jamás. De cualquier manera fue su sucesor y, para bien o para mal, desde entonces, saltó a la trinchera de la oposición y de allí no salió. Mañana, ya lo padecerá, se la empezarán a hacer a él y del cómodo sillón del criticón que no gobierna habrá pasado a la pesadilla de retomar el control de un barco que está por naufragar económicamente, con 4,3 millones de desempleados, donde cuatro de cada 10 jóvenes preparados no tienen oportunidad de empleo.

Como director de orquesta del PP desde 2004, no obstante, su retrato como curtido dirigente fue desdibujándose y en las elecciones del 9 de marzo de 2008 se repitió el descalabro. La crisis económica que fue tragándose a España lo reencauchó políticamente de rebote. Aplastante fue la victoria de los populares en las elecciones autonómicas y municipales de mayo pasado —más de dos millones de votos le sacaron al PSOE—; poco a poco fue removiendo la brea que le impedía despuntar en las encuestas, logró catapultar sus tesis conservadoras y pronto está de comenzar su era en La Moncloa.

En el entretanto, desde el Olimpo de ganador seguro, ha presenciado cómo se despellejan los socialistas buscando culpables. Su rival, Alfredo Pérez Rubalcaba, un político sagaz como ninguno, jamás pudo virar las encuestas a su favor. España le endilga como segundo de Zapatero buena parte del pastel de la crisis. Rajoy ya prepara su plataforma de gobierno. Está estudiando inglés. Suele practicarlo en casa con sus hijos de 12 y 6 años, mientras rondan en su cabeza los nombres de los correligionarios que formarán parte de su gabinete. Es el hombre elegido para apretarle el cinturón a una España gastona que se creyó el cuento de ser inmune a cualquier amenaza económica.

Para colombianizar su caso se diría que es el Peñalosa ibérico: mejor gobernante que candidato.

La limitada esperanza del PSOE

A Alfredo Pérez Rubalcaba le correspondió ser al abanderado del gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE), tras el anuncio del presidente José Luis Rodríguez Zapatero —de quien fue ministro del Interior, vicepresidente y portavoz del gobierno— de no aspirar a una segunda reelección.

En esta oportunidad, la situación no es favorable para el PSOE, que a partir de 2009 comenzó a sentir los efectos de una crisis desbordante que llevó al desempleo de más de cinco millones de personas, aumentó ostensible de la deuda pública —10% del PIB— y hoy por hoy tiene el país al borde de la bancarrota.

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Por estas razones, Rubalcaba, una de las más notables figuras de la izquierda española, quien fuera atleta en su juventud, tiene seriamente comprometidas sus posibilidades de ganar. Las encuestas lo ubican con el 30% de la intención de voto, mientras que su contendor, Mariano Rajoy, del Partido Popular, cuenta con cerca del 46%.

El reto: salvar la economía y aliviar la indignación

Hasta finales de octubre, la cifra de personas sin trabajo en España era 4’978.300. Se estima que el 21,52% de la población con edad para trabajar no lo está haciendo, este porcentaje constituye el más alto en el país desde 1996 y el mayor de los países industrializados. La última Encuesta sobre Población Activa señala que 1’425.200 hogares no tienen ingresos de ningún tipo, por lo que se han incrementado los desalojos de inquilinos que no pueden pagar alquiler. En el primer semestre de este año, 31.955 personas fueron echadas a la calles. Cerca del 21,8% de los españoles, más de nueve millones de personas, reciben menos del 60% del ingreso medio anual. El desempleo, su consecuente falta de ingresos y la creciente pobreza son las tres aristas de la crisis socioeconómica en España. Ante estas realidades, los españoles levantaron un grito de protesta el pasado 15 de mayo, exigiendo que se constituya una “democracia real ya”. Este fue el preludio a la anticipada jornada electoral de mañana, cuyo ganador tendrá el histórico reto de sacar al país de la crisis y aliviar la indignación del pueblo.

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