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Un colosal río de gente rodeó el mausoleo de Hazraté Masume, en la ciudad de Qom, mientras que el cadáver de Hosein Ali Montazeri, el ayatolá iraní de 87 años, quien falleció el sábado pasado luego de que su corazón fallara sin remedio, permanecía recostado muy cerca de la multitud, cubierto por un velo negro que dejaba ver los ojos cerrados del líder religioso y su profética barba blanca.
Los seguidores, sumisos bajo la autoridad de Montazeri y su orientación política opositora del actual gobierno, lloraron la muerte, lo recordaron con fotografías y levantaron la voz: “Este es el mes de sangre y de decadencia del dictador”, “la radio y la televisión publicas iraníes son medios de Satán”, “Inocente Montazeri, tu camino será continuado aunque el dictador nos tire balas en la cabeza”. Para los peregrinos el difunto era la verdad y el dictador es Mahmud Ahmadineyad, el actual presidente del país.
Las manifestaciones fueron reprimidas con fuerza por la Policía y por voluntarios islámicos Basij, simpatizantes del gobierno. Montados sobre motos y portando un palo, listos para contener o evitar cualquier arremetida, los milicianos Basij no guardaban silencio y respondían a las arengas: “Debería darles vergüenza, hipócritas, dejen la ciudad de Qom”. El enorme funeral, enmarcado por la convulsionada actualidad política después de seis meses de las elecciones presidenciales, terminó con enfrentamientos y decenas de detenidos.
La disputa entre los dos grupos, los ultraconservadores, hoy en la presidencia, y los prorreformistas, se agitó con la reelección de Ahmadineyad el 12 de junio pasado. Montazeri, quien desde entonces acusaba fraude, era uno de los rostros más representativos de la oposición, tras cuestionar las decisiones del gobierno de la República Islámica (ver recuadro), establecida en 1979.
La oposición de Montezari era abierta en contra del actual líder supremo de la República, el ayatolá Ali Jamenei, quien ratificó que Ahmadineyad obtuvo la victoria en las urnas con el 69% de los votos, cuando los pronósticos auguraban una reñida disputa entre el cuestionado ganador y el candidato de los reformistas, Mir Husein Musaví.
Desde entonces, dicen los opositores, se recrudeció la represión del gobierno a la par con el monopolio de los medios de comunicación. Luego de las elecciones hubo protestas y muertos (30, según la versión oficial. 72 de acuerdo con los reformistas). Cerca de 4.000 disidentes fueron detenidos y en agosto a más de un centenar de ellos se les formularon cargos por espionaje y complot para derrocar al régimen. Todo este proceso estuvo acompañado de denuncias que sostenían que dentro de las cárceles los prisioneros eran víctimas de violaciones.
El lunes, la página web Jonbeshe Rah-e Sabz, cuyos intereses están del lado de los opositores, informó que varios simpatizantes de Montezari fueron detenidos cuando se dirigían desde Teherán a Qom para asistir al funeral. En esa misma línea, el portal Kaleme publicó que el sábado, el día de la muerte, las fuerzas de seguridad rodearon el hogar del ayatolá y se enfrentaron a los visitantes, quienes al verlos llegar lanzaron piedras en señal de repudio.
La muerte del líder religioso cierra uno de los años más difíciles de Irán. Las diferencias entre las orientaciones políticas parecen cada vez más irreconciliables, un asunto al que se suma la crisis económica y la cada vez mayor presión internacional por su polémico programa de energía nuclear.
El patrón espiritual de la oposición
Hossein Ali Montazeri fue el arquitecto de la Revolución Islámica que derrocó el régimen del Sha en 1979. La Asamblea de Expertos decidió entonces nombrarlo entre los sucesores del fundador de la República Islámica de Irán, ayatolá Ruhola Jomeini, pero sus desacuerdos políticos con Jomeini hicieron que fuera destituido del cargo en 1989. Una protesta por la ejecución masiva de prisioneros en 1997 hizo que pasara cinco años bajo arresto domiciliario. En 2002, luego de cumplir la condena, Montazeri continuó criticando a los líderes actuales iraníes. Este año volvió a ser protagonista pues formó uno de los movimientos opositores más contundentes del régimen de Mahmud Ahmadineyad. Desde las polémicas elecciones del 12 de junio de este año, el gran ayatolá, uno de los personajes religiosos más respetados del país, lanzaba a diario sentencias religiosas en contra del proceso electoral y la clase política iraní.