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Un jueves de enero de hace 50 años

Fidel Castro logró grandes avances sociales, en detrimento de la riqueza material de Cuba. 

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Sonaba el bolero ‘Dos gardenias’ en la húmeda, calurosa y esperanzada jornada de La Habana. Era el primer día del año, 1959, cuando la columna de jóvenes barbudos que el mundo llamaba ya castristas, doblaba la esquina del Malecón con Prado; la ciudad era suya, el tirano Batista, un suboficial chusquero auto-elevado a presidente, había huido. El biógrafo norteamericano de Fidel Castro, Tad Szulc, ha escrito que la multitud acogía a los revolucionarios con “júbilo a borbotones” y “un aplauso atronador de la mayoría de sus compatriotas”, aunque entre ellos aún no figurara el líder máximo, que haría su entrada triunfal en la capital de Cuba el día 8. Aquel jueves entraban el Che y Camilo Cienfuegos.

Lo primero que hicieron los revolucionarios, en un gesto de expiación anticapitalista, había sido arrojar por las ventanas del hotel Nacional las mesas de ruleta y bacarrá, y las cajas repletas de mazos de cartas y fichas multicolores. Era como negar el poder del azar y la fortuna personal sobre los destinos de Cuba, el gran prostíbulo de lujo del crimen norteamericano, para sustituirlo por un socialismo científico del que aún no habían dicho palabra los hombres de Sierra Maestra. El periodista hispano-cubano de El País, Mauricio Vicent, ha escrito que aquella noche “estaba todavía fresca la tinta del contrato que Batista acababa de firmar con los jefes de la mafia de Miami para convertir toda la curva del malecón en un fastuoso escaparate de hoteles de lujo y casinos de juego (…) y bajo la nube de serpentinas los taponazos del champán se confundieron de pronto con el tableteo de las metralletas de los guerrilleros que venían a clausurar la fiesta”. Szulc, embargado por la emoción que desplegaba una revolución cortés, cordial y contagiosa, afirmaba que ésta nacía “sin ideología, aunque luego llegara a tener demasiada”. Pero la historia demostraría que no era así.

Cuba gozaba de una renta superior a la de cualquier otro país latinoamericano, a excepción de Argentina, y el doble de la española; con una población de seis millones de habitantes —hoy, más de 11— era el país de América Latina con más electrodomésticos per cápita, y tantas reses como personas, cuando en 2008 apenas hay una por cada seis cubanos, y la cosecha de la zafra no llega a la mitad de entonces. Pero a los 50 años de castrismo hay en la isla más de 800.000 graduados universitarios y 9.000 científicos titulados, contra unos miles de los primeros y casi ninguno de los segundos hace medio siglo.

El día 8, segundo jueves de enero, Fidel se bañaba, por fin, en las multitudes habaneras. Vestía su clásico conjunto verde olivo, terciado el rifle de fabricación norteamericana con mira telescópìca, y un medallón de la Virgen del Cobre colgado de una cadena al cuello, siempre bien visible a través de la camisa estratégicamente entreabierta. Castro había sido educado en los jesuitas y por mucha afición con la que se haya declarado ‘marxista’, es virtualmente imposible que lo religioso no habite en alguna parte de la carcasa aún imponente de sus 82 años, hoy en convalecencia. A su entrada en la antigua ciudad colonial, al frente de la columna número uno, repicaron las campanas de las iglesias, ulularon las sirenas de las fábricas y dejaron oír su vozarrón las de los barcos. La puesta en escena era modélica. Su primera parada fue en el puerto donde abordó el yate Granma entre las salvas de las fragatas de la Armada. Y luego se abrió paso entre la multitud, deteniéndose para saludar o abrazar a quien conocía o reconocía para intercambiar un saludo, o recitar una consigna. Al llegar a la plaza del palacio presidencial quiso saludar al presidente Manuel Urrutia y su Gobierno. Y ya al anochecer pronunció su primer discurso ante el gentío en el acuartelamiento militar de Columbia, donde, retóricamente, dejó que se le jaleara para que aceptase seguir en su puesto de comandante en jefe del Ejército, lo que le aseguraba la realidad del poder.

En los meses anteriores, Fidel Castro se había entrevistado en repetidas ocasiones con emisarios del PC cubano, en particular con Fabio Grobart, uno de los fundadores del partido, y durante todo ese primer año en que el castrismo consintió el gobierno aparente de la burguesía, existía bajo su presidencia un Ejecutivo en la sombra, parapetado tras el inocuo título de

Oficina de Planes Revolucionarios y Coordinación. Para muchos el revolucionario en jefe era todavía el jovenzuelo que en 1948 había recorrido las calles de Bogotá, el 9 de abril. El historiador cubano Rafael Rojas, hoy entre Madrid y Miami, recuerda que “a los ojos de la ciudadanía, Batista era un dictador corrupto e ilegítimo respaldado por los gobiernos de Estados Unidos. Y los tres reclamos de la revolución: democracia representativa, justicia social y soberanía nacional, codificaban la voluntad mayoritaria de la población cubana”.

En 1959, los fieles aún portaban en procesión la Virgen del Cobre hasta la Plaza rebautizada de la Revolución, y durante ese primer año de ‘pre-castrismo’ los intereses norteamericanos no sufrieron daño alguno, si se exceptúa la orden a la telefónica nacional, de propiedad estadounidense, de que rebajara tarifas. En octubre de 1959, Fidel Castro había creado las milicias populares que con los años llegarían sumar más de un millón de efectivos, y que constituirían su entusiasta ejército particular. Y el jefe guerrillero sólo sustituyó a Miró Cardona como primer ministro en febrero de 1960, bajo Urrutia, en el que se deterioraba a ojos vistas hasta el aspecto decorativo de su función. Finalmente, en mayo de ese año, aunque entonces aún no fuera tan evidente, acababa todo un ciclo con el reconocimiento de la Unión Soviética.

¿Cuántos Fidel Castro ha habido? El general De Gaulle ya decía que era “la fuerza de las cosas” la que moldeaba el destino de los líderes, y él mismo fue un ejemplo de tránsito de la derecha profunda a un cierto izquierdismo nacionalista. ¿Habría arrojado Fidel a Cuba al abrazo del oso soviético si hubiera podido evitarlo? Aunque siempre se alojara en el armario del comunismo, no podía dejar de ser, por encima de todo, un nacionalista cubano. Juan Luis Cebrián, en una poli-entrevista publicada en El País en 1984, lo definió como gran animal político diciendo que poseía “todas las características del seductor y las condiciones del líder”; aquel joven de barba y puro, vestido de verde oliva, que entró en La Habana un día en enero de 1959.

* Columnista de ‘El País’.

Economía y DD.HH.: contrastes de la Revolución

Cuando Raúl Castro sucedió a su hermano Fidel, muchos presagiaron que la Revolución Cubana estaba llegando a su final.

Pero Raúl, el mismo que mandó en los años 90 a los militares a cultivar durante la crisis económica que siguió al derrumbe de la Unión Soviética, mantiene vigente el legado que su hermano construyó.

Desde que se pusiera al frente del país en 2006, Raúl levantó la prohibición sobre los celulares, autorizó la venta de DVD, computadores y otros electrodomésticos. Pero los tres huracanes que golpearon la isla en 2008 resintieron su economía, que creció apenas 4,3%, la mitad de lo estimado.

Los Derechos Humanos, por su parte, siguen siendo un gran lunar. La Comisión Cubana de DD.HH., declarada ilegal, ha documentado 210 casos de presos políticos. Un pequeño porcentaje está en manos de organizaciones internacionales.

Esta ONG asegura que el gobierno no puede garantizar los derechos civiles y políticos a los más de 11 millones de habitantes.

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