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“No tengo miedo”, esa fue la frase que la congresista Gabrielle Giffords soltó en una rueda de prensa en marzo del año pasado luego de que su oficina en Tucson (Arizona) fuera atacada con piedras, horas después de que la Cámara de Representantes votara la revisión del sistema nacional de salud.
Y es que el ataque del que fue presa en la tarde del sábado, en su natal Tucson, por el que hasta el momento han perecido 6 personas y 14 más resultaron heridas y que la tiene postrada en una cama del Centro Médico de la Universidad de Arizona con un futuro incierto, no fue el primero que esta líder política, perteneciente al ala más moderada de los demócratas, ha sufrido desde su llegada a Washington en 2007.
Su ideología política, las iniciativas y la pasión con la que las ha defendido durante su maratónica carrera siempre han ido en contravía del distrito ultraconservador que representa.
Nacida en el desértico estado de Arizona a comienzos de la década del 70, quienes la conocen afirman que desde mucho antes de subirse a una tarima, Giffords tenía claros sus presupuestos y aseguran que en sus tiempos de estudiante en la Universidad de Cornell decía que la vida consistía en ayudar a otras personas y que, por eso, ella iba a estructurar la suya con ese fin.
Esta trabajadora incansable inició su vida política a los 30 años en la Cámara de Representantes de su estado en 2001. Cuatro años después ya era senadora estatal y en 2007 dio el salto al Capitolio Nacional cuando logró una curul en la Cámara de Representantes, donde ha integrado las comisiones de Defensa, Asuntos Exteriores y de Ciencia y Tecnología.
Sus convicciones fueron las que la llevaron en los últimos años a emprender dos batallas de índole social tanto en su Estado, como en el Legislativo estadounidense. La primera fue el apoyo a la reforma de la salud presentada por la administración Obama, la cual votó favorablemente y hasta llegó a decir que si fuera necesario “moriría por ella”.
La segunda, la abolición de la polémica Ley Antiinmigración, instaurada en su Estado por la gobernadora republicana Jan Brewer en agosto pasado, que por primera vez en la historia de los Estados Unidos permitió que la Policía detenga y castigue a un ciudadano por el simple hecho de no tener papeles.
Estas dos luchas pusieron a esta mujer de 40 años en el ojo del movimiento ultraconservador Tea Party, que desde su creación ha venido impulsando leyes contra la inmigración ilegal y fomentando así el odio hacia los latinos. Es por eso que durante las elecciones legislativas de noviembre pasado, la principal líder del Tea Party, Sarah Palin, no cesó de atacar a Giffords y hasta llegó a catalogarla como una de las principales demócratas a batir en los comicios.
Más extremo fue el rival de Giffords por el distrito 8 de Arizona, Jesse Kelly, quien enfocó su campaña en buscar cómo quitarle los votos a su contrincante, dejando a un lado su interés por atraer adeptos. Así pues, Kelly planeó una campaña publicitaria basada en el eslogan “Ayuda a quitar a Gabrielle Giffords de su puesto”. A pesar de los ataques y gracias a su espíritu trabajador y tenaz, esta líder egresada de la Universidad de Cornell venció a Kelly por un estrecho margen de 4.000 votos, logrando así ser reelegida en la Cámara de Representantes, cargo que había estrenado hace apenas cinco días.
Su forma de hacer política siempre estuvo marcada por el contacto con sus electores, con los cuales se reunía periódicamente con la intención de conocer de primera mano sus dudas y sus observaciones acerca de su gestión, creando así lo que ella llamó “Congreso en tu esquina”. Ese estilo fue el que la llevó a abordar el vuelo de American Airlines que la llevó de vuelta a su ciudad natal para reunirse con su electorado en el parqueadero de un supermercado, donde el mediodía del sábado pasado el joven Jared Lee Loughner intentó acabar con su vida.