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Leon Panetta venía de ser director de la CIA, antes de asumir la secretaría de Defensa de Estados Unidos en julio del año pasado. Cuando completaba apenas cuatro meses en el cargo, es decir en el noviembre anterior, Panetta pidió al general retirado John Abizaid, elaborar un informe para documentar una “revisión de prácticas” de la base de la Fuerza Aérea en Dover (Delaware), a la que son enviados gran parte de los cuerpos de soldados fallecidos en combate y a donde fueron dirigidos restos de víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 para ser identificados.
La orden de Panetta vino después de que, a través del diario ‘The Washington Post’, se conociera que 274 soldados estadounidenses muertos en Afganistán e Irak, y otros 1.762 fragmentos de cadáveres sin identificar, que habían llegado a la base entre 2003 y 2008, fueron enterrados en una fosa común tras pasar por exámenes en la base. La reacción de los familiares de soldados que se encontraban desaparecidos recayó fuertemente en los responsables del Pentágono, mientras el diario de la capital estadounidense publicaba también casos escabrosos como el de un soldado fallecido al que le fueron amputados los pies en la morgue de Dover. De lo contrario, no hubiera sido suficiente el espacio en su ataúd.
La publicación fue apoyada también por informes del periódico ‘The New York Times’ que evidenciaban que la utilización de fosas comunes se había presentado en varios episodios en la base de Dover desde 1996. Muchas preguntas resultaron, pues allí donde todo esto tenía lugar, habían sido enviados los restos de un número desconocido de víctimas de los ataques del 11S, en especial, los del personal afectado por el avión que impactó contra el Pentágono y del avión desviado que se estrelló en Shanksville, Pensilvania. El Pentágono reconoció que extravió partes de cadáveres en dos ocasiones durante 2009 y manipuló indebidamente otros sin consultar a las familias.
Los resultados de la investigación adelantada por Abizaid fueron poco alentadores en esta oportunidad. El general retirado ofreció una rueda de prensa el martes en la que notificó que «numerosas partes de restos (de los soldados y funcionarios muertos) en el Pentágono y en el desplome del avión en Shanksville, Pensilvania” fueron arrojados en un vertedero no especificado después de ser cremados.
La historia parecía repetirse una vez más porque en el escándalo de noviembre de 2011 también salió a la luz que varios de los restos no identificados hasta 2008, de soldados muertos en Irak y Afganistan, se habían reducido a cenizas para posteriormente ser depositados en un vertedero de Virgina. A partir de entonces, el Ejército optó por deshacerse de los cadáveres no identificados en el mar.
El informe de John Abizaid recuerda ahora que la práctica estuvo vigente ante el pavor de los familiares de las víctimas que aún guardan esperanzas. No obstante, el mismo documento justificó la decisión puesta en marcha en la base de Dover con fuentes del Pentágono: «Los restos nunca pudieron ser identificados porque eran demasiado pequeños y no permitían un análisis de ADN”.