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Vivir en Saint-Denis entre musulmanes

Una historiadora colombiana, que hace un doctorado en París, cuenta su versión de los atentados, desde el que las autoridades francesas consideran el corazón del terrorismo. Ella piensa otra cosa.

21 de noviembre de 2015 – 09:00 p. m.
La historiadora Ana Lucía González en el suburbio Saint-Denis. / Archivo personalLa historiadora Ana Lucía González en el suburbio Saint-Denis. / Archivo personalLa historiadora Ana Lucía González en el suburbio Saint-Denis. / Archivo personal
La historiadora Ana Lucía González en el suburbio Saint-Denis. / Archivo personalLa historiadora Ana Lucía González en el suburbio Saint-Denis. / Archivo personalLa historiadora Ana Lucía González en el suburbio Saint-Denis. / Archivo personal

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Mi nombre es Ana Lucía González, soy colombiana y estoy haciendo un doctorado en París. Vivo en el centro de Saint-Denis. Estas son las palabras que debo decir o escribir a la hora de hacer papeleos burocráticos o en el momento de presentarme a una entrevista laboral. ¿Y por qué decir dónde vivo? Pues es que el lugar de residencia es sumamente importante en Francia, si no tienes una dirección para dar, eres prácticamente nadie.

Siempre he sabido que vivir en Saint-Denis no es lo ideal si se es extranjero, los trámites son mil veces más demorados, sí, mil veces. La gente “de bien” te dice cosas como: “¿No te da miedo?, ¿no prefieres buscarte algo en París?”, trata de no llegar muy tarde a la casa, ¿una mujer sola llegando a estas horas a Saint-Denis en metro?, mejor llama un taxi”. Quienes no conocen muy bien la comuna te llaman a la salida del metro para que vayas a recogerlos.

Pero Saint-Denis no se resume en esto. Vivo en una comuna donde está ubicada una de las iglesias más hermosas que conozco, la Basilique de Saint-Denis, donde el reconocido arquitecto brasileño Oscar Niemeyer construyó la sede del periódico L’Humanité, donde sobrevive el antiguo convento de Las Ursulinas y donde es posible encontrar el mercado más extraordinario que puede haber en la Región Parisina, por la variedad de productos que ofrece debido a la diversidad de culturas que habitan la comuna, como por los precios, que son bastantes accesibles.

Además, y lo más importante, vivo en una comuna donde la gente se saluda y quiere saber de la salud de cada miembro de la familia, donde los señores de la tienda de víveres dejan más barato lo que se compra si el monedero no da, donde los comerciantes del mercado preguntan con curiosidad qué se va a preparar de almuerzo y enciman el cilantro, desean un muy buen día y me piden que la próxima vez los invite, todo esto con una enorme sonrisa. Pero vivo también en la comuna donde el miércoles 18 de noviembre una operación militar dio muerte a Abdelhamid Abaaoud, uno de los cerebros de los atentados del 13 de noviembre en París.

Ese viernes 13 me enteré del tiroteo de Le Carillon y del restaurante Le Petit Cambodge por medio de una notificación que me llegó al teléfono. Aunque no suelo salir con frecuencia, esa noche me encontraba como cualquier otro estudiante de París en un bar de una de las zonas más concurridas por los jóvenes de la capital francesa. Al leer la noticia, le pedí a una amiga que buscara más información, pues estábamos bastante cerca del lugar de los hechos. Algunos minutos después recibimos una llamada en la que nos confirmaban el tiroteo, la muerte de al menos 17 personas y la inmolación de tres kamikazes en el Estadio de Francia, ubicado en Saint-Denis.

Decidimos entonces dejar el lugar, viendo cómo sonaban los teléfonos de la gente, y dirigirnos a nuestras casas, pero vivo en Saint-Denis, a un kilómetro del estadio. Cogí el metro, que aún funcionaba, y al salir de mi estación todo fue mucho más claro, más real. Varios helicópteros sobrevolaban la zona, se oían a lo lejos las ambulancias y la gente corría de un lado para otro buscando refugio, me dirigí a mi casa de la misma manera, bastante asustada, y antes de llegar fui interpelada por un policía que me insistió en que debía buscar con rapidez un lugar seguro.

En medio de llamadas de familiares, mensajes de texto de amigos, mensajes de whatsapp, Facebook y demás redes sociales, me fui enterando del ataque al teatro Bataclan y de los sangrientos resultados de los atentados terroristas. Era algo sin precedentes, iban al menos 40 muertos y se sabía que serían más, pues en el teatro aún se encontraban algunos terroristas y cientos de personas retenidas. Durante algunas horas la comunidad estudiantil conocida estuvo contactándose para asegurarse de que todos estábamos bien, era de suma importancia dar señales de vida, pues la mayoría de las víctimas eran jóvenes estudiantes. A la una de la mañana, hora local, finalizó la operación militar del Bataclan e inmediatamente lo medios informaron que el interior del teatro era simplemente una carnicería.

El sábado en la madrugada nos fuimos enterando que amigos de amigos habían sido heridos en el concierto y en los bares, y que otros, desafortunadamente, habían fallecido. París estaba de luto: 129 muertos y más de 300 heridos. Dos de cada tres bares estaban cerrados, la gente estremecida comentaba en las calles lo sucedido y ya oíamos las reacciones del gobierno. Pensábamos también que ya todo había terminado.

Sin embargo, el miércoles 18 a las 4:30 de la mañana, una serie de explosiones y tiroteos despertaron a los vecinos del centro de Saint-Denis. Algunos minutos después se supo que la RAID estaba llevando a cabo una operación antiterrorista a tan sólo 200 metros de la casa en la que vivo. Durante casi una hora se escucharon ráfagas de metralletas y pequeñas explosiones que concluyeron con una detonación mucho más fuerte: al parecer una mujer kamikaze acababa de activar un cinturón de explosivos.

El tiroteo y las explosiones continuaron por al menos una hora más, parecía interminable. A las nueve de la mañana ya sabíamos que dos personas habían muerto, la kamikaze y un terrorista, que siete personas habían sido detenidas y que cinco policías estaban heridos. Siete horas duró la operación militar. No habíamos terminado de sobreponernos de los atentados de París cuando ya Saint-Denis se encontraba en medio de un infierno. Mi teléfono no paraba de sonar, esta vez no por mis familiares en Colombia, sino por mis amigos en Francia que sabían que vivía a unos pocos pasos del lugar. La zona fue acordonada y los habitantes debieron quedarse en sus hogares por varias horas. Hay que confesar que efectivamente reinaba el miedo. Hacia mediodía finalizó la operación, dando los resultados que ya conocemos.

Hoy Saint-Denis, tristemente, está en el meollo de las noticias nacionales e internacionales. Los sucesos del miércoles en la madrugada alimentarán su mala fama y sus habitantes serán las primeras víctimas, pues una gran parte de estos son musulmanes. Y cómo hacerle entender al resto del mundo que los musulmanes no son terroristas, que es una cifra ínfima, así como cuando los colombianos tenemos que hacer entender que no todos los colombianos somos narcotraficantes.

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