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Un día después de que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ordenara el cierre del paso fronterizo con Colombia en Norte de Santander, fui enviado a Cúcuta con el fotógrafo Óscar Pérez para cubrir los hechos. La ciudad empezaba a recibir a miles de colombianos que eran deportados oficialmente o que “retornaban voluntariamente” desde Venezuela. La misma noche que llegamos, el 20 de agosto, fuimos a uno de los albergues adaptados para recibir a los connacionales. Detrás de nosotros venía un bus repleto de deportados. La mayoría portaba la ropa que traía puesta y habiendo dejado parte de sus familias en territorio venezolano. Luego de escuchar algunas historias, salimos convencidos de que íbamos a cubrir una gran tragedia humanitaria.
Al día siguiente optamos por seguir recorriendo albergues, para registrar que entre los deportados había muchos y distintos perfiles, entre estos hasta algunos venezolanos y solicitantes de refugio que habían huido de la violencia en Colombia para buscar una nueva vida en territorio venezolano. Esto se debió a que, como las deportaciones eran masivas, las autoridades echaban a la gente en buses como mercancía, sin revisar los casos uno por uno. Una flagrante violación a las normas migratorias internacionales.
En medio del caos que no dejaba de crecer, en un albergue nos topamos con una trabajadora incansable que corría de un lado para el otro y estaba encargada de coordinar el registro de las personas, el cuidado de los menores, el personal de las instituciones del Estado, la comida, la repartición de donaciones (estas llegaban en grandes cantidades), todo lo necesario para recibir a los colombianos de una manera medianamente digna. Nunca me dijo su nombre, ni su cargo, no me dejó hablar, no tenía tiempo para eso. “Si quieren vivir el drama de la frontera, váyanse para el río, desde allá viene esta gente cargando sus cosas”, fue lo único que dijo. Así que caminamos hacia el río Táchira, que divide a Colombia y a Venezuela, un poco atemorizados e inseguros, sin imaginar lo que encontraríamos.
Antes de llegar al río, en las calles donde comienza la ciudad y en las trochas que están al lado del afluente, parecía que todo un pueblo estaba en plena mudanza. Había un trasteo gigante puesto ahí, sobre el polvo: camas, neveras, muebles, colchones, gallinas, cerdos, niños, motos… los que cruzaban por el río traían todo lo que podían, y cuando terminaban con su trasteo volvían al lado venezolano para ayudar con el trasteo de los otros. Venían desesperados. Sólo ver sus expresiones bastaba para pensar que el trato que recibían al otro lado de la frontera era cruel. Y esos eran los supuestos colombianos que optaban por el “retorno voluntario”, como señalaban algunos medios y las autoridades venezolanas.
Para cualquiera que haya estado en el río, o para los miles de colombianos que vieron las escenas por televisión, el “retorno voluntario” no es más que un grosero eufemismo para ocultar los abusos que esos connacionales sufrieron. Los que cruzaron por el río retornaron de manera forzada, venían huyendo ante las intimidaciones de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Entre estos venían familias enteras con ancianos, menores, discapacitados. Muchos de éstos, por no haber sido deportados oficialmente, al principio no encontraron albergue, porque los albergues en un primer momento recibían a los deportados que habían sido entregados a las autoridades migratorias en el paso oficial de la frontera. Así que familias enteras que retornaron de manera forzada durmieron durante varios días en improvisados cambuches al lado de su trasteo, entre el calor, el polvo y los mosquitos.
Yo había escrito sobre problemas fronterizos, deportaciones y desplazamientos, pero nunca había visto un desplazamiento masivo en tiempo real, en el terreno. Es una escena humillante. Hasta el río llegaron muchos otros periodistas y así el país también fue testigo de un desplazamiento masivo en vivo y en directo. Esto generó un estado de indignación generalizado, capitalizado por muchas figuras políticas que aprovecharon para ir a la frontera a tomarse la foto. Los propios trabajadores humanitarios, que fueron los que realmente pusieron todo su empeño en atender una emergencia para la que nadie estaba preparado, decían que la visita de tanto político no hacía sino entorpecer todas sus operaciones y desviar la atención sobre los problemas graves y las necesidades más urgentes.