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Zuma, el presidente travieso

La historia de un excéntrico presidente. Compartió cárcel con Mandela, pero no es visto como un ciudadano ejemplar.

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Una nota fue el último rastro que Kate Mantsho dejó en Sudáfrica antes de suicidarse. Entre las líneas escritas a mano sobresalían el resentimiento y la depresión, una desgracia producida por la “amarga y dolorosa” experiencia de haber sido esposa de Jacob Zuma. El mensaje, leído por algún forense en el año 2000 y después transmitido por todos los medios al país, dejaba una exigencia clara: “le prohíbo al viudo asistir a mi funeral”.

Era la segunda esposa del militante del Congreso Nacional Africano (ANC) y su relación había nacido en algún momento de 1976, en Mozambique, mientras que Zuma buscaba desde el exilio fortalecer las bases del movimiento enemigo del apartheid. Sólo habían pasado tres años desde que dejó atrás las rejas de Robben Island, donde compartió encierro con Nelson Mandela, y desde que se casara por primera vez, con su amor de juventud, Sizakele Khumalo. La poligamia de este hombre, simpático, seductor y brioso, fue aceptada por Kate Mantsho como una pequeña mancha dentro de un amor puro que le impedía alejarse.

La situación comenzó a salirse de control cuando Nkosazana Dlamini, exiliada también, aceptó convertirse en la tercera esposa, y los rumores entrelazados con las evidencias revelaron que el marido de todas tenía una nueva amante, una joven robusta de 25 años y mejillas grandes, Nompumelelo Ntuli, a quien conoció en Durban, siendo ya un político destacado del país. Mantsho prefirió exigirle a Jacob Zuma que no fuera a su funeral antes que pedirle el divorcio.

La vida sentimental de Zuma comenzó a ser casi un patrimonio público de Sudáfrica y una diana muy atractiva para sus críticos ahora que está en la presidencia y tiene cinco bodas encima, tres esposas que aún lo acompañan, una prometida, unas cuantas amantes, 19 hijos y uno que viene en camino. En febrero pasado anunció que tendrá su vigésimo heredero con la hija de su amigo Irvin Khoza, presidente del Comité Local de Organización del Mundial de Sudáfrica.

A Zuma las críticas le tienen sin cuidado: “Hay muchos políticos, con amantes e hijos, que esconden para pretender que son monógamos. Yo prefiero ser abierto. Quiero a mis mujeres y estoy orgulloso de mis hijos”. Lo atacan por ser un mal ejemplo y por promover la desigualdad de género y el argumento siempre es el mismo: se trata de un hombre descendiente de la etnia Zulu que, de acuerdo con la tradición, es libre de cortejar a varias mujeres a la vez. No es cuestión de moral sino de raíces. De hecho, con sus dos últimas esposas contrajo matrimonio por el ritual de sus ancestros, envuelto en pieles de leopardo, con una espada y un escudo en sus manos y dando tumbos de pie en pie como si se tratara de una danza que, después de la guerra, se convierte en amor.

Más y más críticas. Tras la sobriedad y la imagen casi divina de Mandela, el actual presidente recibía una lluvia de adjetivos, tales como sinvergüenza o ramplón. Por eso, un día, “para evitar especulaciones”, el gobierno emitió un comunicado en el que resaltaba que en la Constitución no existía la figura de “Primera Dama” y que, por tal razón, “el presidente podría ir acompañado por cualquiera de sus esposas, o todas a la vez si lo desea, a cualquier acto oficial o público”.

La política zulu

Jacob Zuma creció entre las montañas de Nkandla, una región alta y rural de Kwa-Zulu-Natal, el lugar histórico que la tribu Zulu ha ocupado en Sudáfrica. A diferencia de sus amigos, de niño dedicaba las mañanas a llevar a las cabras a pastar mientras los demás asistían a la escuela. La pobreza, la enemiga de muchos y de siempre, le imponía un rutina que tenía que completar con paciencia en la tarde. Caminaba descalzo por las calles polvorosas hasta la casa de otros niños o de alguna pariente lejana para recibir improvisadas clases nocturnas. Con pasos cortos fue trazando su camino autodidacta.

Su tránsito por prisión fue entre afortunado e infernal. Por una parte estaba la enjundia exacerbada de los guardias; por otra, la perseverancia de los presos educados del ANC, que daban clases a quienes conocían muy poco de libros y de verdades. Lo capturaron en el 63 al lado de un grupo de copartidarios de disidencia que buscaban las fronteras para salir de la asfixia de las leyes discriminatorias, y lo condujeron primero a un calabozo sin ventanas por noventa días, como lo estipulaban las leyes antiterroristas, antes de ir a Robben Island.

Después de una pena de diez años y el exilio, Zuma regresaría en 1990 a Johannesburgo para ser negociador en un acuerdo que impulsaba el presidente Frederik de Klerk, que buscaba dejar atrás el apartheid e iniciar una nueva etapa con una figura llamada “democracia multirracial”. Sin saberlo, o calculando todos los detalles, ese año Zuma estaba abriendo la puerta para su futura presidencia.

Los proyectos avanzaron y después la pauta la marcarían Nelson Mandela, la sucesión de Thabo Mbeki y los escándalos de Jacob Zuma. Antes de ganar las elecciones presidenciales en abril del año pasado, afrontó dos juicios por corrupción que finalmente terminaron en absolución debido a vicios de forma en la investigación. “Todo era una conspiración para desacreditarme políticamente”, dice actualmente. Las investigaciones le significaron la renuncia a su cargo tras la exigencia de Mbeki y la certeza de gozar del apoyo popular que se expresaba en las calles, casi correspondiente al de una deidad, al enfrentar sus juicios y al vitorear sus absoluciones.

No obstante, el peor escándalo vino por cuenta propia en 2006. Una mujer lo demandó formalmente por abuso sexual, asegurando que el “tío Jacob”, amigo de su familia de toda la vida, había aprovechado una noche de soledad para obligarla a tener relaciones sexuales sin protección, aún sabiendo que desde hace años ella había contraído el virus del sida. Zuma, se defendió al estilo zulu: “Tenía una vestimenta provocativa, se me insinuó y yo respondí. En mi cultura, cuando un hombre logra que una mujer se excite, tiene el deber de darle satisfacción. No usé preservativo porque sabía que el riesgo de que un hombre se contagie de sida por relaciones heterosexuales es ‘mínimo’. Sin embargo, por prevención, inmediatamente tomé una ducha”.

No era posible, era imperdonable, absurdo, que un ex presidente del Consejo Nacional Sudafricano del Sida, en un país donde se calcula que el 20% de la población está infectada con el virus, pronunciara tales palabras. Parecía como si su ausencia de lógica hubiera sido compensada con un incontenible exceso libidinoso. Los centros de asesoramiento sanitario tuvieron que recibir miles de llamadas que preguntaban si con un simple baño se podía evadir el contagio, para responder siempre negativamente. Así que Zuma tuvo que hablar una vez más para ofrecer excusas y declararse afortunadamente seronegativo a pesar del error. 

El juez, al final de proceso, lo declaró inocente, no sin antes advertirle que su proceder, más allá de su posición, había sido irresponsable, ignorante e inmoral. De nuevo salía triunfante de los tribunales para el festejo de sus simpatizantes, los mismos fieles seguidores que el año pasado le dieron la victoria electoral con el 65% de los votos.

A Zuma se le vio sobrio el viernes al salir a la cancha del Soccer City de Johannesburgo, como si los deslices del pasado jamás hubieran existido. Joseph Blater, el presidente de la Fifa, lo acompañaba y escuchaba con la satisfacción proyectada en su rostro. Invocó la unión de toda África alrededor de un balón de fútbol y se sentó en el palco de honor a ver jugar a la selección de su país en el partido inaugural. Para la historia, el controvertido nombre del presidente quedará atado a la Copa del Mundo, y la frase: “Nuestra bandera nacional ahora es más visible que antes”.  Posiblemente, en el futuro, sea citada por la gente como el cumplimiento de una profecía zulu.

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