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En 2021 hubo grandes eventos en Oriente Medio y el norte de África, que seguirán afectando el futuro durante mucho tiempo. La retirada de EE. UU. de Afganistán fue solo la última señal de que la región no solo está cambiando rápidamente, sino que también pierde posiciones en la lista de prioridades de la comunidad internacional. (Recomendamos: Lea aquí todos los artículos de la serie Pensadores globales 2022).
Ya se ve muy diferente de la región que el mundo conoció en las últimas décadas, debido a los últimos sucesos del conflicto árabe-israelí (especialmente la firma de los acuerdos de Abraham), la implosión del Líbano y la crisis en Túnez, entre otras cuestiones. Gran parte de las creencias populares acerca de la región —y en su interior— dejaron de ser válidas.
Debido a la desastrosa invasión y ocupación estadounidense de Irak en 2003, el pueblo estadounidense se resiste desde hace tiempo a las intervenciones militares y la construcción de naciones. La retirada de Afganistán fue la manifestación final de ese desencanto. Los votantes y gobiernos estadounidenses posteriores llegaron a la conclusión de que su país no es especialmente adepto a promover la democracia ni crear instituciones más allá de sus fronteras. Y como la bonanza del esquisto realmente eliminó su dependencia del petróleo de Oriente Medio, decayó el interés de EE. UU. por los países que no parecen dispuestos a establecer sistemas políticos y económicos más productivos e inclusivos, o capaces de ello.
También se puede detectar frustración en grandes sectores del mundo árabe. Entre los errores en las intervenciones estadounidenses en Irak, Libia y Siria, y su permanente e incondicional apoyo a Israel a pesar de la larga ocupación del territorio palestino, los árabes están cada vez más desilusionados con las políticas estadounidenses. El resultado es que EE. UU. y el mundo árabe nunca estuvieron tan distanciados.
Los levantamientos árabes de hace una década buscaban convertirse en el punto de partida de reformas políticas y económicas prolongadas, pero esa agenda tuvo dificultades en su etapa inicial y se encuentra bajo una tremenda presión en el único país donde tuvo éxito. Hasta hace poco Túnez era un modelo de diversidad política, transferencias pacíficas de poder e igualdad de género. Sin embargo, ahora sufre los impulsos dictatoriales de un presidente electo que disfruta de amplio apoyo popular. De manera similar, el Líbano, que durante mucho tiempo representó la diversidad cultural en la región, es ahora un Estado próximo al colapso debido a que sus corruptas élites políticas se niegan a priorizar los intereses del país por sobre los propios.
En el caso de Túnez está por verse si la reciente inestabilidad es una anomalía que se puede corregir o presagia el renacimiento de la situación previa a 2011. Y muchos árabes se preguntan si la caída política y económica del Líbano también marcará el fin de su compromiso con la diversidad cultural, o si el pueblo libanés se las ingeniará nuevamente para conservar un modelo que exportó mucho talento y esperanza al resto de la región.
El último año también hubo importantes eventos en el frente árabe-israelí. Dos líderes políticos que hicieron estragos en el proceso de paz salieron de escena. Al presidente estadounidense Donald Trump, cuyo “negocio del siglo” estaba completamente sesgado hacia los intereses israelíes a expensas de los palestinos, lo mandaron a freír espárragos (y se llevó consigo su “plan para la paz”). Y Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí que durante más tiempo se mantuvo en el cargo y se oponía abiertamente a cualquier retirada de los territorios ocupados para permitir el establecimiento de un Estado palestino viable, sufrió una suerte similar; pero Israel tiene ahora nuevo gobierno dirigido por Naftali Bennett, cuya postura sobre ese tema en particular es aún más extrema que la de sus antecesores.
Más allá de estos resultados electorales, 2021 será más recordado por los choques entre las fuerzas israelíes y los palestinos en los distritos de Sheij Yarrah y Silwan en Jerusalén, y luego, en Gaza. Más que en cualquier otro momento en la historia del conflicto, la comunidad internacional comenzó a ver estos episodios a través de la lente de los derechos humanos, con menos tolerancia por las infracciones de Israel.
En 2018 Israel aprobó una ley de Estado-nación que formalmente relegó a sus ciudadanos palestinos a una categoría inferior. Ahora tres importantes informes publicados en el último año criticaron fuertemente el trato diferente y desigual de Israel a los palestinos, tanto a aquellos que son ciudadanos israelíes como a los que sufren la ocupación. La organización israelí de derechos humanos B’Tselem, el muy respetado Fondo Carnegie para la Paz Internacional y Human Rights Watch declararon (en diverso grado) que Israel estableció un sistema legal similar al apartheid.
La “palabra a” era considerada tabú hasta hace tan solo unos pocos años, pero ahora que los líderes israelíes declararon abiertamente su oposición a un Estado palestino, la dinámica política cambió. Israel evidentemente está comprometido en mantener la ocupación militar más prolongada de la historia moderna, pero sus supuestas violaciones de los derechos humanos llegaron a tal grado que muy pocos miembros de la comunidad internacional pueden seguir justificándolas.
Los Acuerdos de Abraham, acuerdos bilaterales israelíes firmados en 2020, que establecen relaciones diplomáticas con cuatro países árabes (los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos), no lograron ningún avance para el proceso de paz. En lugar de ello simplemente permitieron que los gobiernos firmantes se aseguraran beneficios políticos y económicos de EE. UU. El gobierno de Trump esperaba que los acuerdos sirvieran para poner freno a Irán, cuyo nuevo presidente forma parte de la línea dura. Pero no tuvieron impacto alguno sobre el compromiso del gobierno de Biden para renovar el pacto nuclear con Irán, ni moderaron la postura israelí frente a los palestinos. Arabia Saudita, aunque no participó en esos acuerdos, parece consentir tras bambalinas, en un esfuerzo por crear una coalición árabe-israelí contra la influencia iraní en la región. El reino tomó además medidas de liberalización económica y social sin precedentes, aunque mantuvo su sistema político intacto hasta el momento.
En pocas palabras, aunque la región está cambiando con rapidez, muchas cosas siguen igual. La mayoría de los líderes árabes se niegan a aceptar que la senda hacia la estabilidad y la prosperidad pasa por instituciones fuertes, el respeto por la diversidad, sistemas económicos inclusivos y la igualdad legal para todos los ciudadanos. En lugar de ello toman medidas drásticas contra el disenso y se atrincheran en sus propias posturas.
Con miras al futuro, el conflicto árabe-israelí parece estar ingresando en una nueva fase. Los palestinos —especialmente las generaciones más jóvenes— ya no creen que sea posible una solución con dos Estados. Están enfocando su lucha en la igualdad de derechos y, posiblemente, en un resultado que implique un Estado democrático único.
Más allá de ese conflicto, sin embargo, el interés de la comunidad internacional por la región seguirá decayendo. Para contar con posibilidades reales de alcanzar la paz, estabilidad y prosperidad, los Estados árabes tendrán que lanzar un proceso creíble de reforma política y económica. Y tendrán que hacerlo ellos mismos.
*Traducción al español por Ant-Translation. Marwan Muasher es vicepresidente de Estudios del Fondo Carnegie para la Paz Internacional y autor de The Second Arab Awakening: and the Battle for Pluralism [El segundo despertar árabe y la batalla por el pluralismo]. Copyright: Project Syndicate, 2021.