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Al lado de superhéroes, heroínas de manga y otros personajes fantásticos, la pasada Noche de Brujas salieron a las calles de Tokio personas que, en vez de disfraz, llevaban en sus brazos un perro diminuto engalanado para la ocasión. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
El enternecedor gesto refleja la creciente importancia de los animales de compañía en un país con un índice de natalidad menguante, que envejece a pasos agigantados y donde cada vez más personas de todas las edades viven solas.
Como en otros países industrializados, el número de animales que en Japón reciben trato de jefes de Estado sin realizar ninguna labor productiva, supera con creces el de los humanos menores de edad.
Aunque hay serpientes, pingüinos, tortugas, perezosos, lagartos y otras especies exóticas adoptadas como animales de compañía, la cifra combinada de perros y gatos ascendió en 2020 a unos 18 millones, frente a los casi 15 millones de niños menores de quince años, según la Asociación de Fabricantes de Alimentos para Mascotas de Japón.
El gasto que generan las mascotas japonesas en alimentos, muebles especiales, medicinas y otros, ronda los 14.000 millones de dólares, cifra cercana al Producto Interno Bruto de Nicaragua.
Debido a que muchas mascotas pasan la mayor parte del día encerradas, generan un alto gasto en desodorantes y utensilios para manejar y eliminar los excrementos.
Las aplicaciones digitales para traducir ladridos, aullidos y maullidos tienen ya su versión japonesa y los usuarios pasan parte del día persiguiendo a su adorada mascota, teléfono en mano, cual reportero que intenta obtener declaraciones.
Hay además templos budistas con servicios fúnebres para llorar a los animales después de su muerte, con un rito casi igual de solemne al celebrado para despedir a un familiar.
Mucho antes del aluvión de fotos de mascotas haciendo piruetas en las redes sociales, Japón era ya conocido como un paraíso para los gatos.
El padre de la literatura nipona moderna, Natsume Soseki, escribió en 1905 Yo soy un gato, obra maestra narrada por un micifuz que juzga con agudeza el comportamiento de los seres humanos. “Cuanto más los observo, más obligado me siento a constatar su egoísmo”, dice una de sus frases más citadas.
El gato de Soseki se estudia en las escuelas y aunque, como sucede con el Quijote, pocos lo leen entero, contribuyó a modelar la percepción que tienen los japoneses de los felinos como una especie sabia, digna de respeto, comprensión y mimos.
Los perros, por su parte, carecen de tal pedigrí cultural. Además Sony, y otros fabricantes de electrónica, llevan años intentando reemplazarlos con robots que aspiran a ser el mejor amigo de los humanos y ahorrarles el trabajo de recoger caca.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.