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Torre de Tokio: mirar sin ver

Columna para acercar a a los hispanohablantes a la cultura japonesa.

Japón
Vistosa muchacha que todos fingen ignorar en la estación de Shinjuku.
Foto: Foto de Gonzalo Robledo

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Cuando, al bajar de un bus en Tokio, María T. perdió el equilibrio y rodó por el suelo, no sufrió ninguna lesión, pero su dignidad quedó destrozada al ver a los pasajeros japoneses apearse, saltarle delicadamente por encima y seguir su camino impertérritos. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

El bus arrancó y su pose de boxeadora derribada, ataviada con unos tacones muy altos y una minifalda muy corta, quedó expuesta ante un centenar de peatones que, al otro lado de la calle, esperaban el cambio del semáforo fingiendo no verla. Llegó a la fiesta adonde se dirigía y aunque sus amigas japonesas la recibieron con la calidez usual que dedicaban a la espléndida colombiana —la única extranjera del convite—, les relató el incidente y lo calificó de “inequívoco acto racista”.

Contra todas sus expectativas, le dijeron que tanto los pasajeros como los peatones habían actuado de la manera correcta. Lo habitual en Japón, le explicaron, es ignorar los percances menores que ocurren en público para evitar llamar la atención sobre la persona que los sufre. “Ni muerta quisiera que la gente se detuviera a ayudarme”, anotó una de las presentes. María T. les explicó que en Colombia, o en cualquier otro país de habla hispana, no habría demorado en aparecer la mano auxiliadora y, según quien la tendiera, podría haber sido educada, solidaria, caritativa, galante y hasta coqueta.

Pero el argumento no las convenció y la mayor del grupo zanjó la discusión explicando que “mirar pero no ver” a alguien en medio de una situación incómoda o ridícula es la máxima forma de cortesía que se puede esperar una en Japón. También le recordaron el efecto disuasorio que su vistosa apariencia tenía en el promedio de la población japonesa. Despampanante y aficionada a las prendas de colores veraniegos todo el año, María T. es el paradigma de la “mujer llamativa”, una categoría opuesta a la “mujer discreta”, que en las encuestas suele ser rechazada por la mayoría de hombres y mujeres japonesas a la hora de incluirla en un círculo de amistades frecuentes o para establecer relaciones sentimentales duraderas.

Aceptar que quedarse tirada en medio de la calle había sido una forma de bendición le tomó algunos meses, me dijo. Como me pidió un comentario le cité el consabido refrán “cuando a Roma fueres, haz como vieres”. Maticé contándole que cuando mi pareja japonesa sufrió una caída en bicicleta tan aparatosa que a todas luces requeriría atención médica, cinco personas se acercaron a auxiliarla sin constatar su nacionalidad, pues llevaba casco, gafas oscuras y mascarilla. Hoy María T. vive resignada a las diferencias culturales, pero, en materia de dichos, prefiere “al son que me toquen bailo”.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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