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La candidatura de Keiko Fujimori a las elecciones de Perú despertó en Japón un interés tibio, tirando a frío, muy distinto a la conmoción suscitada hace dos décadas por su padre, Alberto, cuando aterrizó sin invitación en Tokio para renunciar, vía fax, a la presidencia de su país. (Recomendamos: Más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
El paracaidista que saltaba desde un gobierno en llamas, en medio de acusaciones de corrupción, de utilizar la policía secreta para infiltrar la oposición, de sobornar a legisladores, de amordazar a la prensa, de arrestos ilegales y de torturas, era el primer presidente del hemisferio occidental descendiente de las oleadas de empobrecidos japoneses que, desde principios del siglo XX, emigraron al continente americano en busca de un futuro mejor.
La popular escritora católica Ayako Sono, quien como directora de una fundación había visitado remotas aldeas de Perú acompañada del propio Fujimori, lo acogió en su casa de Tokio y lo introdujo en un círculo de influyentes políticos nacionalistas donde fue recibido como un hijo pródigo que había olvidado la lengua materna.
Para un documental que titulé “Esperando a Fujimori”, Sono accedió a contarme delante de la cámara las vicisitudes iniciales de Fujimori en Tokio. Me explicó cómo los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón le pidieron, en su casa, el libro de la Constitución para confirmar la posibilidad de otorgarle la nacionalidad al exmandatario, creando un muro de acero contra cualquier petición judicial peruana e, incluso, desoír las alertas rojas de la Interpol.
La investigación para el documental me mostró cómo el alto costo de traducir al japonés un expediente de 700 páginas puede desviar el curso de la historia y qué tan importante puede ser una segunda nacionalidad para evadir la justicia.
Finalmente, Fujimori renunció a la comodidad del exilio y sus insaciables ansias de poder le ayudaron a tomar impulso en la última acrobacia de su rocambolesca existencia: en 2005 partió en una avioneta particular hacia Chile, después de haber renovado su pasaporte peruano con la idea de volver a gobernar.
El gobierno de Lima pudo entonces hacer valer la nacionalidad predominante peruana (al haber ejercido Fujimori el máximo cargo público allí), y Tokio ya no quiso hacer nada. El heroico presidente, que en 1997 rescató a los rehenes en el secuestro de la residencia de la embajada nipona en Lima, volvía a mutarse en peruano y engrosaba la larga lista de mandatarios latinoamericanos que van del palacio de gobierno a la cárcel.
Hoy, en vez de estar recibiendo trato preferencial en algún cómodo hospital japonés, su hija compite por algún cargo que le abra la posibilidad de liberarlo y perdonarle los 13 años que le quedan de condena.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.