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A los millones de japoneses preocupados de que su gobierno esté realizando un temerario experimento biológico, convocando a potenciales portadores de virus de todas las cepas mundiales para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, se acaba de sumar el mismo emperador Naruhito. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Aunque la Constitución lo inhabilita para opinar sobre políticas estatales, el monarca dejó saber, a través de un portavoz y con la sintaxis alambicada de la corte, que comparte con sus súbditos el temor al aumento de contagios tras la llegada simultánea de casi 100.000 extranjeros, entre atletas, comités y otros invitados.
En medios de comunicación y redes sociales se pregunta cuál es el razonamiento del primer ministro, Yoshihide Suga, para seguir adelante con un certamen que muchos califican de imprudente, insensato y hasta necio.
Con casi 800.000 casos de COVID-19 y menos de 15.000 muertes, Japón va por la cuarta ola y supera en cifras de pandemia a sus vecinos en Asia. Las vacunaciones de dos dosis rondaban el 11 % de la población a finales de junio.
La llegada reciente de atletas olímpicos contagiados sirve para que Japón se vuelva a dar cuenta, al igual que en la crisis nuclear de Fukushima, en 2011, de lo mal que funcionan en tiempos de crisis sus rigurosos manuales elaborados para situaciones rutinarias y su sobrecogedor letargo para reaccionar ante el peligro.
A finales de junio, un entrenador de Uganda contagiado con la variante Delta fue retenido a su llegada en el principal aeropuerto de Tokio. Como todos estaban vacunados se le permitió al resto de la delegación proseguir su viaje a la región de Osaka para entrenarse. Al parecer, se les “recomendó” mantenerse a dos metros de distancia.
En Osaka se detectó un segundo contagiado ugandés y cuando reclamaron a Tokio, les dijeron que la responsabilidad era de ellos por ser los anfitriones.
Que intérpretes, choferes, camareros y todo el personal de servicio tenga que regresar a sus casas usando transporte público después de estar en contacto con centenares de atletas que podrían portar nuevas variantes de más rápido contagio es un escenario posible y motivo de preocupación.
Los más pesimistas comparan la situación con la batalla de Imfal, el peor desastre militar nipón durante la Segunda Guerra Mundial, cuando decenas de miles de soldados fueron enviados a una muerte segura en una inhóspita selva en la frontera entre Birmania y la India.
En ese entonces, Tokio ignoró las repetidas peticiones de abandonar un combate imposible de ganar, y el episodio quedó como paradigma de una tragedia advertida que nadie quiere asumir la responsabilidad de parar.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.