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Akihiko Kondo es un oficinista japonés que en 2018 se adelantó al futuro de las relaciones entre los seres humanos y los aparatos de inteligencia artificial, al contraer matrimonio con el holograma de una famosa cantante virtual.
Su boda, una ceremonia sin valor legal a la que asistieron numerosos amigos, pero ningún familiar, fue noticia internacional y suscitó comentarios como: “Hemos visto el futuro, y es una locura”, o “Un japonés solitario lleva su desesperación al siguiente nivel”. La inasible esposa de Kondo es la diva electrónica Hatsune Miku, una muñeca de pelo turquesa aficionada a las minifaldas que canta y baila en inmensas holografías proyectadas ante miles de aficionados al género de las vocaloides, cantantes generadas por computador. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Lanzada en 2003, Hatsune Miku se empezó a vender en una versión casera en forma de un holograma de 15 centímetros que reside en un cilindro transparente del tamaño de una licuadora familiar. Memoriza comportamientos de su usuario, se conecta con los electrodomésticos, recomienda llevar paraguas tras verificar la información meteorológica y saluda a su usuario cuando regresa al hogar con el tono meloso de una recién casada.
El fabricante de Hatsune Miku ha emitido otros miles de certificados de matrimonio, confirmando que Japón avanza, con dos curvas de ventaja, en el inquietante camino de las relaciones sentimentales entre humanos y máquinas. Acostumbrados por su religión panteísta a interactuar de forma cordial y creativa con animales y cosas, los japoneses de ambos sexos son capaces de sentir por los aparatos una devoción similar a la que suscita una mascota viva. Muchos expresan emocionados su sincero agradecimiento por tener un robot esperando su regreso todos los días con una frase amable.
Quienes los descalifican como obsesos con la tecnología, deben recordar que en los teléfonos celulares japoneses de finales de los años ochenta se encontraban ya los rudimentos de aplicaciones para citas románticas estilo Tinder. En occidente, y en especial en los países latinos, fueron desdeñados como una aberración que solo usarían los habitantes de una gélida urbe deshumanizada y llena de neones, al estilo de la película Blade Runner.
Tres décadas más tarde, las iglesias cristianas piden descargar aplicaciones, como la brasileña Divino Amor, a quienes quieren encontrar su media naranja bendecida. El gran empujón que ha dado la pandemia a las comunicaciones virtuales, y los avances en el internet de las cosas y los androides, exige que nos preparemos para un futuro inmediato con humanoides programados a gusto del consorte, garantizando las uniones más estables jamás vistas y solo interrumpidas por el desgaste de los semiconductores.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.