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Tal como un vestido dice mucho de quien lo lleva puesto, delata sus gustos, sus procedencias, sus referentes, sus ideales de belleza, asimismo las semanas de la moda revelan muchas cosas de los lugares en donde se realizan. Recientemente se celebró en Aruba su primera semana de la moda, bautizada Aruba in Style, sin duda una forma muy peculiar de conocer este pequeño terruño.
Lo primero que uno piensa cuando oye que esta isla del Caribe, a sólo una hora y cuarenta minutos de Bogotá, tiene una semana de la moda, es que en un pequeño país de 70 mil habitantes, y con una industria basada sobre todo en el turismo, no parece muy claro el lugar que pueda ocupar la moda.
Sin embargo, basta con salir del aeropuerto y ver que los paisajes de palmeras, arenas blancas y mares coralinos compiten con enormes tiendas de todas las grandes marcas de moda para entender por qué para diseñadores como Lina Cantillo y Checho Piñeres, invitados colombianos a la feria, puede resultar interesante este lugar, no sólo para mostrar sus colecciones, sino para abrir negocios y tiendas.
Aruba ofrece sobre todo la posibilidad de cautivar turistas y compradores europeos y ahí puede radicar la especialidad de esta semana de la moda, si es que está buscando tener una. Porque esa es justamente una de las grandes particularidades de esta isla. Al dejar de ser colonia holandesa hace sólo 20 años, Aruba aún conserva algo de esa calma, de ese orden y sosiego que es más propio de los habitantes de los Países Bajos que del Caribe, pero que al refundirse entre música de marimbas y papiamento cobra un nuevo carácter.
Esa gran influencia proveniente sobre todo de los holandeses sin duda fue lo que determinó y dio carácter a una semana de la moda que, como la mayoría de las primeras versiones, aún tiene mucho que mejorar en materia de logística, de manejo de prensa y de propuesta de diseño.
Después de ver cómo los diseñadores colombianos y venezolanos tuvieron que lidiar con la falta de modelos —algunos tuvieron incluso que ir a un colegio en busca de cuerpos que cupieran en las tallas solicitadas—, de ver múltiples propuestas de ropa de playa, como las de Beach Bunny y Marcelo Quadros, y de detallar la colección que Custo Barcelona había presentado en Europa, fueron las pasarelas de los diseñadores holandeses invitados las que permitieron intuir la verdadera potencia de esta feria: la de ser una vitrina para que los de estas latitudes veamos esas formas del diseño que conversan más con la vanguardia, mientras ellos tienen a su vez la posibilidad de conocer un poco más de lo que se cuece en materia de moda por acá.
Estar sentada en una de las pasarelas del Aruba in Style para ver ropa que se aleja de esa hiperconciencia que se tiene de la silueta femenina en la moda latinoamericana y del Caribe y que más bien se inspira en un concepto para lanzar preguntas, para contar a través de formas una historia, parecía casi una paradoja, resultaba sin duda una sacudida.
Después de ver tanto de lo mismo, tantas fórmulas comerciales repetidas en diferentes paletas de colores, lo jóvenes holandeses hicieron que el imperio japonés se posara sobre la pasarela con sus enormes kimonos. “Esta es una colección basada en el imperio japonés, con los kimonos, y partió de un recuerdo de niño cuando me ponía mi bata de baño y me sentía como un luchador oriental. Se manejan tamaños que juegan con la idea de la posibilidad de que la ropa creciera con uno, por eso estos gigantes”, explica uno de los diseñadores del colectivo holandés. Lograron, como lo hizo Edwin-Oudshoor, que los viejos relatos sobre lo vivido en 1943 por un caballero europeo se transformaran en ropa llena de detalles hechos a manos, con mucho de romanticismo y con formas nuevas.
Después del diseño holandés quedaron las playas, la riqueza en iguanas y la posibilidad de hacer esnórquel para ver un enorme barco hundido desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Es esa, a la final, la verdadera potencia de la isla.