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A Ignacio Abello

HACE UNOS DÍAS UNA COLUMNISTA de El Espectador citaba al profesor Federici en una bella frase sobre Antanas Mockus: “Lleva las actitudes fundamentales del hombre que llega a la cima: honesto, racional, sensible”. Igual cosa podemos decir de nuestro entrañable y tan querido amigo Nacho.

26 de abril de 2010 – 06:08 p. m.

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Fue durante largos años nuestro amigo íntimo, nuestro maestro sobre los temas esenciales de la vida. Siempre generoso, inquieto, profundo. Murió como fue en vida; quedamos nosotros viviendo su muerte. Su ausencia crece todos los días y en torno a la mesa cordial hay un sitio vacío. Nos faltan su risa y su agudeza. Ejercía una función integradora sobre los demás. Cada día me sorprende más la reacción de tanta gente tan distinta ante la noticia de su ausencia definitiva. ¡Qué generoso en la amistad!

Buscó en todas las cosas, en la filosofía, en el arte, en la vida misma, una respuesta a las preguntas fundamentales del hombre: el amor, la amistad, la muerte. Nuestras interminables discusiones en La Calera, en Cartagena, siempre acompañadas de las mejores “maltas”, y él, lúcido, generoso, enseñándonos: Sartre, Nietzsche, el mundo de la inteligencia, los libros, la poesía, los boleros. Nos levantaba el alma, nos hacía pensar, dudar. “Cuánto le debo, cuánto lo quiero, cuánto lo lloro”.

Como el “Caminante” en Nietzsche, buscaba como todos los espíritus libres la filosofía de la mañana. Pienso en él y se llena la memoria de imágenes y situaciones memorables. Su mezcla entre Alexis Zorba y un asceta medieval; siempre hablábamos de su maravillosa cava de vinos y whiskys que nos hacía pensar que además de su cátedra de filosofía en los Andes era un mágico mercader de licores. Nos unía nuestra formación en los años 60 en Europa, los temas políticos, las discusiones entre los griegos y el pragmatismo tecnológico actual.

Quienes lo contemplamos iniciar su viaje sin regreso asistimos a un sacrificio poderoso y consecuente; como si con mucha anterioridad hubiera construido un dique para que nadie auscultara la queja y padeciera con ella. Se fue así como transcurrió su existencia, sin exaltar la dolencia ni el quebranto.

Nuestra historia es sin duda un profundo canto a la amistad. En la amistad como en el amor hay un factor decisivo: la elección. Y esto implica un alto grado de libertad. Y también la amistad se rige mucho más por lo dionisiaco que por la razón. Vale aquí citar a su amigo Andrés Holguín para “asumir una actitud muy positiva frente al doble misterio de la vida y de la muerte… la belleza de un día deslumbrante, o de una noche estrellada, como la exaltación misma de la vida, en sus instantes más plenos de júbilo o de amor son valores que debemos mantener en la memoria, o vivenciar con la más abierta alegría”.

Y cómo no terminar entonces con la Elegía, de Miguel Hernández: A Cartagena y La Calera, “te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero…”.

* Hoy a las 7 p.m., en el auditorio Mario Laserna, la orquesta de la Universidad de los Andes ofrecerá un concierto en su memoria.

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