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Acampamos a las afueras de Villa Pallavicini, lugar de concentración de nuestra selección. Como no tenía plata, no pude entrar a ningún partido y el de Alemania lo vi en un restaurante, a dos cuadras del estadio de San Siro. No recuerdo aún los minutos posteriores al gol de Freddy Rincón. Esa noche la fiesta fue espectacular.
Ya como periodista cubrí el Mundial de Francia para Deporte Total, un noticiero de Señal Colombia. Y mi primer partido fue Bélgica 0, Holanda 0. No tenía boleta, pero los colegas Marden Devia y Óscar Munévar me ayudaron a entrar. Antes del partido ante Inglaterra los hoolligans nos mojaron con orines y en París Johan Cruyff nos cobró cinco mil dólares por una entrevista que, por supuesto, no hicimos.
A Corea-Japón 2002 fui dispuesto a probar suchi, pero terminé comiendo todo el mes en MacDonalds. La noche en que Brasil le ganó a Inglaterra me tocó quedarme en el mismo hotel de los auriverdes, porque el estadio quedaba muy lejos de todo y me demoré mandando el material para El Espectador. Pagué 250 dólares por una noche, el presupuesto para 10. Después de la final la celebración fue en Roppongi, un exclusivo sector de Tokio. En un bar nos encontramos a El Cole, quien como no estaba Colombia, se fue con los ecuatorianos.
En Alemania todo fue más sencillo por la infraestructura que el país puso a disposición de la Fifa. Vi partidos todos los días, hasta cuartos de final, pero viajando diariamente seis horas en tren, que para los periodistas era gratis.
Y así como los futbolistas llevan el registro de sus goles, nosotros sabemos a cuántos partidos mundialistas hemos asistido. Seguramente algunos con más experiencia habrán perdido la cuenta, pero yo llevo 40 y espero que sean muchos más.