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SE ESTÁN REALIZANDO POR TODO EL país eventos académicos para discutir diferentes aspectos de lo que ahora los historiadores denominan las independencias, con lo cual se pone de presente la complejidad de este proceso.
Uno de los más publicitados fue el que la semana pasada realizó en Cartagena la Alta Consejería Presidencial para el Bicentenario, que dirige María Cecilia Donado.
Uno de los temas que se discutieron en el encuentro de Cartagena fue qué se había perdido y ganado con la Independencia. Ninguna ciudad de Colombia sufrió tanto las consecuencias directas e indirectas de la Independencia como Cartagena. Me parece oportuno señalar que entre los mayores costos en que incurrió La Heroica estuvieron los efectos del largo sitio de Morillo en 1815.
Las fortalezas que tenía el puerto en ese momento lo hacían casi inexpugnable. Aquí se había derrotado, en 1741, la más grande de las expediciones navales que los ingleses lanzaran al mar antes del siglo XX. Pero en la ciudad amurallada esas fuerzas sufrieron una humillante derrota. Por esa razón, los españoles, que conocían bien la solidez del sistema defensivo de Cartagena, pero también sus debilidades, optaron en 1815 por un prolongado sitio que minara sus abastos de alimentos.
Desde el 22 de agosto de 1815 se inició el bloqueo español, tanto por tierra como por mar. Abandonada por las provincias del interior, que no le enviaron las sumas de dinero que con vehemencia solicitó para aprovisionarse de alimentos para el largo sitio que se veía venir, el pueblo cartagenero se enfrentó a los horrores y estragos del hambre y las epidemias que se desataron en el recinto amurallado.
Se calcula que las víctimas mortales del hambre fueron más de 7.000. Otros 1.500 muertos resultaron, en diferentes circunstancias, entre los 3.000 cartageneros que el 5 de diciembre de 1815 abandonaron la ciudad sin rendirse. Es decir, unos 8.500 cartageneros muertos de manera directa o indirecta como resultado del sitio, lo cual representó alrededor de la mitad de la población que tenía en esa época la ciudad.
Algunos de los defensores de Cartagena emigrados en diciembre de 1815 perecieron en su travesía hacia el exilio, como Pedro Romero, el dirigente mulato de los artesanos de Getsemaní, que falleció en las playas de Haití. Otros cayeron luchando contra los españoles en Venezuela, como varios miembros de la familia Piñeres.
La gran batalla de la Independencia nuestra la libraron en 1815 los cartageneros, sin distinciones de género, edad, clase social, raza o rango. Aquí no se recibió el ejército de Morillo con arcos del triunfo y sumisión servil, sino con inmensa valentía y determinación. Es hora de que reconozcamos su inmenso sacrificio por la causa patriota. Deberíamos abolir la fiesta del 12 de octubre y más bien celebrar como día nacional el 10 de octubre de 1821, cuando muchos de los defensores de Cartagena en 1815 entraron nuevamente a la ciudad, al mando de uno de ellos, el general Mariano Montilla, para expulsar para siempre de nuestro territorio a los soldados de España.