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El sesgo por la esperanza

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UNO DE LOS GRANDES SOCIÓLOGOS del siglo XX, Raymond Aron, se refirió a la frecuente irresponsabilidad de los intelectuales, periodistas y científicos sociales frente al Estado.

Desde la posición de críticos implacables descalifican toda acción, toda intención, todo resultado. Parodiando una conocida frase de un futbolista de Pescaíto, podríamos sintetizar sus diversas expresiones así: “Todo mal, todo mal”. Hay columnistas que son profesionales del todo mal. En su visión del mundo, desde 1500 el país se arrastra de fracaso en fracaso.

El mismo Aron se arrepintió de haber sido, cuando era muy joven, un tanto irresponsable en sus opiniones políticas. Sin embargo, cuenta en su autobiografía que “Una vez superadas las incertidumbres de mi juventud… me sentí responsable casi en todo momento, siempre inclinado a preguntarme: ¿qué podría hacer yo en lugar del que gobierna?”.

Creo que buena parte de esa actitud de encontrar fracasos, y sólo eso, por todos lados, surge de la irresponsabilidad criticada por Raymond Aron. Albert O. Hirschman, otro intelectual y científico social de gran relevancia en el siglo XX, y que curiosamente comparte con Aron muchas similitudes en su biografía, ofreció otra explicación que puede ser complementaria con la anterior.

Hirschman señala que la fracasomanía, como él designó esa actitud, es algo que se evidencia mucho en Latinoamérica, pues es uno de los resultados más claros de la dependencia cultural e intelectual. Sostiene que la dependencia cultural ha hecho que los intelectuales se formen en el exterior, o miren hacia allá en la búsqueda de soluciones. Por esa razón, tienden a menospreciar los logros y avances locales, lo realizado por las generaciones que les antecedieron. Ello dificulta el establecimiento de una tradición intelectual local acumulativa. Uno de los costos de esa situación es una especie de ceguera colectiva ante los logros y avances en distintas áreas, lo cual a menudo lleva a la inacción y el fatalismo: “aquí no pasa nada”. O por lo menos, en opinión de estos fracasólogos profesionales, no pasa nada bueno.

Ilustro lo anterior con un sencillo ejemplo. Hace un par de años publiqué un libro sobre la evolución de la estatura promedio de los colombianos en el siglo XX. Los resultados fueron contundentes: la estatura promedio de las mujeres colombianas pasó de 150 centímetros a comienzos del siglo XX a un poco más de unos 160 centímetros a fines del mismo. Algo similar pasó con los hombres, en los que el aumento fue de 160 a 170 centímetros. La razón fue la mejoría clara en la nutrición de la mayoría de la población, los avances en salud pública, en el suministro de agua potable, y los descubrimientos de la medicina y su aplicación. La reacción de algunos científicos sociales ha sido casi de molestia con que en algo tan importante se tenga un éxito notable.

Lo malo de la fracasomanía es que es contagiosa, pues es intelectualmente facilista: como toda ideología, muchas veces evita tener que pensar. No se trata de caer en la posición contraria, que asumen, por ejemplo, muchos funcionarios públicos o aspirantes a nuevos cargos en el sector, que son capaces, o por lo menos lo intentan, de maquillar cualquier fracaso real. Se trata, más bien, de valorar lo nuestro, lo que hemos logrado, lo que podemos hacer, mantener pues, un sesgo por la esperanza.

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