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La crítica situación económica de Atenas, que en noviembre pasado anunció un aumento del 8% sobre el PIB en su nivel de endeudamiento, deja el camino trazado para que Bruselas lance un rescate financiero.
Hace unos meses la sabiduría económica convencional asignaba una capacidad casi mágica al Estado para apaciguar la furia del incendio financiero internacional causado por unos cuantos pirómanos enceguecidos por ese truhán que es don dinero.
Es apenas obvio que el alivio escogido haya sido la juiciosa aplicación de una combinación de buenas amarras para los salvajes y gasto público ventiado. La deuda emitida a manos llenas para implementar esta solución carece de implicación, pues —como hubiera dicho Keynes si hubiera sido vallenato— esa vaina se paga por allá en el largo plazo.
Lástima que los vaivenes recientes que ha tenido la deuda pública mediterránea, la griega por ahora, nos estén bajando tan rápido de esa linda nube. Estos hechos son el primer baldado de agua fría que le cae al cúmulo de disparates que sin debate y sin mesura han hecho tránsito del anaquel inofensivo de las doctrinas venerables, donde dormían el sueño de los justos, a la esfera de la política pública, donde están causando estragos.
En gran síntesis, tras anunciar en noviembre, en el marco del debate presupuestal, que su nivel de endeudamiento subirá de 113 a 121% del PIB en 2010, Grecia ha recibido cuatro reducciones en su calificación de riesgo y el precio de sus papeles financieros ha caído estrepitosamente. Esto es alarmante porque a lo largo del año, con énfasis entre marzo y junio, el Gobierno tiene que servir obligaciones por unos €54 mil millones (15% del PIB), cosa que luce prácticamente imposible, a precios razonables, dado que nadie quiere ese papel.
La incapacidad de pago en Grecia proviene de lo usual: un sector público desbordado, garantizando “derechos” que no tiene con qué pagar, una población enfurecida ante la perspectiva de que el ajuste financiero pase por ponerles realismo a sus anhelos y una clase política incapaz de pensar en grande.
La historia es tan repetida que carecería de todo interés acá en Chapinero, de no ser por dos asuntos. Primero, porque en estos dos meses la incertidumbre sobre el eventual curso de la tormenta mediterránea ha devaluado seriamente al euro y hecho bastante más volátil el conjunto de todos los mercados financieros. Sin duda, detrás de la reciente apreciación del peso colombiano frente al real brasileño y el peso chileno, por ejemplo, subyace una reacción asimétrica del mercado local frente a los vaivenes del euro.
Segundo, porque la dinámica que ha tenido la aventura griega, entre noviembre y estas líneas, permite anticipar con más elementos de juicio el tipo de respuesta de política económica de cara a similar descalabro que muy probablemente se avecina en otras partes. Pese a las declaraciones mediáticas del Gobierno, lo cierto es que todo indica que se avecina ya un rescate financiero (bail out) implementado desde el seno de la Unión Europea, no obstante el hecho de que hay serias dudas legales sobre si tal cosa es posible constitucionalmente.
Los argumentos a favor de implementar un rescate lucen muy débiles al estar basados en la idea de que una cesación de pagos pondría en jaque a la eurozona, con externalidades negativas para todos.
Lo cierto es que buena parte de la deuda griega está en manos de bancos europeos. Una reestructuración con mandatos fuertes en materia fiscal no sería, por esa razón, un proceso insalvablemente complejo ni en lo jurídico ni en lo político. El rescate que se viene, al contrario, será una instancia más en la cadena de las tolerancias excesivas y, lejos de calmar las aguas, ahondará la volatilidad y el desconcierto.
Al conocerse la buena nueva de que hay incautos en Dresden, Manchester y Tolouse, cuyos impuestos pueden ser canalizados para absolver sinsentidos originados en Atenas, lo más probable es que se aplace cualquier posibilidad de iniciar austeridades en Oporto, Palermo y Sevilla.
* Ex ministro de Hacienda