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Conozca Bucaramanga

Alberto Donadio
05 de enero de 2015 – 09:37 p. m.

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Hace 10 años Bucaramanga no tenía congestiones de tráfico, pese a que de sur a norte solamente existe en la ciudad una vía de varios carriles, como si en Bogotá la Caracas fuera la única avenida en la misma dirección.

Aparecieron entonces los genios de la planeación y decidieron quitarles dos carriles a los seis de la vía para montar una copia del Transmilenio. Lo llamaron Metrolínea, trajeron buses verdes y se lucieron.

Los operadores de los buses están ilíquidos, nunca se construyeron tres estaciones claves, Metrolínea no llegó a una de las zonas más pobladas de la ciudad, la estación Papi Quiero Piña —nunca terminada— es un gigantesco cráter que agrava los trancones, los bonos de la empresa se desplomaron, las demandas falladas contra Metrolínea son impagables, los pasajeros no aparecen —de 220.000 que deberían garantizar el equilibrio financiero solamente se montan a los buses 154.000—, los burócratas dicen que “la infraestructura está en letargo” y, lo peor, Bucaramanga tiene hoy en todo momento unas congestiones catastróficas, que implican demoras hasta de una hora adicional sobre cualquier desplazamiento por esa única vía que existe en la ciudad, la autopista Bucaramanga-Piedecuesta.

Pero hay un consuelo ante este desastre muy bien planificado. Hernán Porras, director de los estudios y diseños que se contrataron con la Universidad Industrial de Santander, reconoció públicamente la cadena de chambonadas. En reciente entrevista dijo: “Una de las premisas fundamentales era que la gente dejara el carro particular y utilizara el transporte público. Algo que no sucedió”. Eso tiene tanta lógica como construir un centro comercial sin restaurantes de hamburguesas y pizzas porque una premisa fundamental es que la gente debe consumir en su casa comida vegetariana, que es más saludable. Algo que no sucede.

Cuesta trabajo aceptar que una obra como Metrolínea, que afecta a más de un millón de personas, haya sido diseñada pensando en sandeces, a las cuales les dio el visto bueno Planeación Nacional. ¿A qué se debe el colapso en la movilidad que sufre Bucaramanga?, le preguntaron al sabio Porras. “El boom de la compra de vehículos fue el que congestionó los tramos viales”, respondió. La gente compra motos y carros porque no hay otra opción para movilizarse. Helsinki, con millón y medio de habitantes, tiene buses, tranvías, metro, trenes y hasta ferry. Además existe un minibús para nueve pasajeros que se puede reservar por celular para que lo recoja a uno en cualquier parada de bus y lo lleve a la dirección que uno quiera. Cuesta más que el bus normal, pero menos que el taxi.

Multiplíquese por diez, por cien, por mil la chambonada de Metrolínea y ahí está el secreto de nuestro actual y futuro subdesarrollo. La mala planeación hace más difícil la vida de los colombianos. Y eso sin agregar el ingrediente de la corrupción, la venalidad, el prevaricato, que casi siempre van de la mano de la torpe planeación. Pero no hay mal que por bien no venga. Los responsables del desastre de Metrolínea y de todos los otros errores y horrores diseñados para engañar y mortificar a los ciudadanos de Colombia prestan un servicio muy importante. No a los colombianos, pero sí a los finlandeses, a los suecos, a los daneses, a los suizos y a los habitantes de tantos otros países donde la planificación urbana sí está dirigida al bienestar de la población. Todos los Porras del país garantizan que sean esos extranjeros los que disfruten con exclusividad de ciudades amables, de descongestión vehicular, de capitales pensadas para la bicicleta, como Copenhague, de tranvías y de zonas peatonales. Nosotros debemos conformarnos con ganar siempre los primeros premios en el campeonato del chamboneo. Y con el derecho a elegir alcaldes y gobernadores ineptos y cleptómanos. ¡Viva la kakistocracia! El gobierno de los peores.

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