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Doctorow

Alberto Donadio
26 de julio de 2015 – 07:28 p. m.

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Leo que ha muerto a los 84 años el escritor neoyorquino E.L. Doctorow y busco en la biblioteca Ragtime, el libro que lo hizo famoso en 1975.

Sobre el anaquel reposa todavía la sombra del deleite que me produjo cuando lo leí hace 40 años. Gloria consagrada de la literatura norteamericana, Doctorow y sus 12 novelas no tuvieron en el exterior el éxito estrepitoso que sí consiguieron al norte del río Grande. No escribió novelas históricas, como podría pensarse, más bien alternó las figuras históricas con los personajes de ficción, los puso a dialogar, los sentó en la misma sala. En Ragtime (así se llama también en español, por la música de piano sincopada que fue popular a principios del siglo XX, especialmente la del compositor negro Scott Joplin) los personajes de ficción son una familia blanca y una familia negra. El padre de la familia blanca entra al cuarto de la madre “solemnemente y con atención como lo exigían las circunstancias. La madre cerró los ojos y puso las manos sobre los oídos. El sudor de la quijada del padre caía sobre el pecho de la madre”. Luego el padre se marcha al Polo Norte con la expedición del almirante Robert Peary en el SS Roosevelt. En el barco, Peary “tenía un piano mecánico en su cabina. Era un hombre grande con un torso pesado y pelo rojo que ya era gris. Tenía un largo bigote. En una expedición había perdido los dedos de los pies. Tocaba el piano mecánico con pies sin dedos”. Y así empiezan a desfilar nombres representativos de los primeros veinte años del siglo pasado en los Estados Unidos. Como la anarquista Emma Goldman, que en uno de sus discursos dice: “las mujeres no pueden votar, no pueden amar a quien ellas escojan, no pueden desarrollar su mente y espíritu, no pueden vivir la aventura espiritual de la vida, camaradas, no pueden”. Están también los inmigrantes que arriban a Ellis Island: “la mayoría de inmigrantes venían de Italia y de Europa del Este. Los neoyorquinos los despreciaban. Eran sucios y analfabetas. Olían a pescado y a ajo. Robaban. Se emborrachaban. Violaban a sus propias hijas”. Hace su aparición el expresidente Teddy Roosevelt, que vuelve de su safari en África: “el gran conservacionista cazó 17 leones, 11 elefantes, 21 rinocerontes, ocho hipopótamos, nueve jirafas, 47 gacelas, 29 cebras”. Houdini el mago, Henry Ford el mago del modelo T, también aparecen, así como J.P. Morgan, el banquero que salvó a EE. UU. de una crisis financiera en 1907. “Booker T. Washington era entonces el negro más famoso del país”, escribió. Es elegido un nuevo presidente: “un cambio de suma importancia se registraba en los Estados Unidos. Había un nuevo presidente, William Howard, que se posesionó pesando 332 libras”.

Doctorow, hijo de inmigrantes judíos rusos, decía que “el historiador cuenta lo que pasó, el novelista da cuenta de la verdad que subyace a lo que pasó”. Se definía como el novelista nacional de los Estados Unidos. Escribió, con la misma mezcla de ficción y no ficción, libros sobre la Guerra Civil, el espionaje atómico de los esposos Rosenberg, la feria mundial de Nueva York de 1939 y otros.

En 2004, durante un discurso de graduación en la universidad de Hofstra, Doctorow habló a los estudiantes sobre las buenas historias y las malas historias. “Bush contaba la historia de que Irak tenía armas nucleares y armas químicas y biológicas de destrucción masiva que tenía intención de utilizar contra nosotros. Era una historia emocionante. Debía hacer temblar de miedo. Pero no era verdad”. También dijo: “otra historia era que el dictador iraquí Sadam Hussein estaba aliado con los terroristas de Al Qaeda y eso no resultó cierto. Pero de todas maneras empezamos una guerra con base en esas historias”. En política, Doctorow se definía como izquierdista, “pero de la izquierda pragmática social demócrata, la izquierda humanista que le teme al celo ideológico”.

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