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RUEGO QUE ALGUIEN RESCATE, SI se puede, las lápidas que había a lado y lado del altar de la iglesia de Gramalote, la del padre Secundino Jácome, fundador del pueblo hace ciento cincuenta y tres años, y la de mi bisabuela Clara Lázaro, fallecida en 1895.
La lápida de mármol la puso mi bisabuelo Gaetano Morelli Schifino, uno de los italianos que se asentaron en Gramalote cuando ese pueblo fue la cuna del café en Colombia. Durante medio siglo Gaetano Morelli estableció un eje entre Gramalote y su pueblo natal, Morano Calabro. Compraba café a los campesinos en las calles del pueblo que hoy ablandaron las aguas y traía mercancías del extranjero que vendía en su almacén a los mismos campesinos. Cuando su esposa Clara Lázaro murió a los 28 años, Cayetano se devolvió a Morano, se casó con una calabresa malgeniada llamada María Medaglia, la trajo a vivir a Gramalote, tuvo otra media docena de hijos y luego regresó a Italia porque la severa María no se amañó en las faldas montañosas. Pero Gaetano ya había traído a su hermano Domenico, que le cuidaba sus negocios.
En el Gramalote que hoy penosamente se está agrietando día a día nació mi abuela Adelina Morelli Lázaro, que quedó huérfana de madre a los dos años y fue criada por su abuela materna. Cuando tenía 14 años Cayetano la llevó con engaños a vivir a Morano, diciéndole que irían de paseo a Curazao. Solamente al zarpar el vapor en Maracaibo le contó que la pondría interna en un colegio de monjas en Italia. Tan pronto salió del internado ella se casó en Morano con Oreste Donadio y suspiró toda su vida por Gramalote y fue a misa de cinco de la mañana todos los días con otra gramalotera que vivía en Morano, Séfora Peñaranda. Cuando Séfora se casó en Gramalote con Domenico Morelli, el hermano de mi bisabuelo, los Peñaranda no asistieron a la boda. Querían que ella se casara con un Yáñez o con un Peñaranda, como era la costumbre en el pueblo, se casaban entre las dos familias más numerosas de Gramalote.
La conexión Morano-Gramalote siguió viva. En 1938 mi abuela Adelina mandó a vivir a Gramalote a su hijo Fausto, que tenía 16 años, para que trabajara en el almacén de sus tíos, comprando café a los campesinos y vendiendo zarazas. Hoy mi papá, Fausto Donadio, siente el ocaso de Gramalotel. A todos los gramaloteros regados por el mundo les duele ver cómo se les escapa el país de las primeras nostalgias. En Cúcuta viven un centenar de Morellis, descendientes de Cayetano. Y desde cuando el café perdió importancia, casi todo Gramalote ya vivía lejos, como vivió lejos Gonzalo Canal Ramírez, tal vez el hijo más ilustre del pueblo, escritor y tipógrafo, fundador de la editorial Antares.
Muchos colombianos están descubriendo ahora a Gramalote, cuando el pueblo desaparece del mapa. Y tal vez no saben que el café no empezó en el Quindío, ni en Risaralda, ni en el viejo Caldas, sino en las montañas de clima templado a una hora de Cúcuta, en el vecindario de Gramalote, Lourdes y Sardinata, en la cuenca del río Peralonso. Hace 150 años, como penitencia, los campesinos de la región empezaron a sembrar palos de café y así, andando el tiempo, Colombia dejó de ser exportador de quina, de cacao y de añil, para convertirse en el primer productor de café suave del mundo. El café nació en Gramalote.