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La historia con borrador

Alberto Donadio
24 de agosto de 2012 – 05:59 p. m.

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Roberto Urdaneta Arbeláez, presidente de la República 1951-1953. El Tiempo lo llamó esta semana “gran estadista” e “insigne conservador”.

¿Insigne el jefe máximo de la pajarería? ¿Insigne el continuador de la censura de prensa? ¿Gran estadista el superior jerárquico de la policía chulavita? El Tiempo que fue de Eduardo Santos despoja a Eduardo Santos del título de gran estadista e insigne gobernante que poseía, según El Tiempo de antes. Para otorgárselo al presidente en cuyo gobierno saquearon y quemaron El Tiempo, con tácita o explícita complicidad oficial, y El Espectador también, y de paso la única colección completa que de éste existía. La talla extra large en nuestro ropero presidencial de la dignidad les sienta bien a muy pocos: Murillo Toro, Olaya Herrera, Santos, Alberto Lleras, no todos dirían que López Pumarejo. Los demás son medium, small, extra small, o petite, como Andrés Pastrana.

Por enfermedad del presidente titular Laureano Gómez, el designado Urdaneta lo reemplazó desde noviembre de 1951 hasta el 13 de junio. En sus memorias publicadas en 1976, Alejandro Galvis Galvis, fundador del periódico Vanguardia Liberal de Bucaramanga, escribió que Urdaneta al posesionarse “juró en falso defender la Constitución”. En su gobierno, añadió, “lejos de ser protector y fiel guardián de las libertades, las atropelló en forma inaudita, entrando a saco en propiedades y vidas de las gentes liberales, con saña oprobiosa, sin compasión ni sentido humanitario, por intermedio de sus esbirros y policías”.

Un día llegó a Palacio Isabel Holguín Dávila con su marido el escritor Eduardo Caballero Calderón. Venían huyendo de Tipacoque, donde les avisaron que los chulavitas les iban a quemar la casa y todo el pueblo. Urdaneta, que era tío político de Holguín, los recibió en bata y respondió así el pedido de protección: “Mija, quién te manda casarte con un liberal”. Pero el presidente “ordenó suspender la quemanza de Tipacoque”, cuenta Beatriz Caballero en Papá y yo, su precioso álbum de recuerdos.

El incienso de El Tiempo se enciende ahora para enaltecer el cuadragésimo aniversario de la muerte de Urdaneta en 1972. ¿De cuándo acá es este un suceso para evocar? ¿Qué genuflexión prepara El Tiempo para el 20 de febrero, cuando se cumplirá el glorioso natalicio 124 de Laureano Gómez? Próximamente llegaremos al sexagésimo aniversario de una fecha esa sí digna de no caer en el olvido: el 6 de septiembre de 1952, cuando a pocas cuadras del Palacio Presidencial los esbirros y policías de Urdaneta quemaron los dos periódicos liberales y un poco más lejos incendiaron las casas de Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo. Será una jornada para rememorar que Urdaneta fue un “gran estadista” y un “insigne conservador”. De la indignidad nos ocuparemos otro día.

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