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Furia incontenible produce la lectura de Los escogidos, el libro de Patricia Nieto, periodista, escritora y profesora de la Universidad de Antioquia. Furia no contra los habitantes de Puerto Berrío que escogen —de ahí el título del libro— los muertos que trae el río Magdalena y los adoptan y cuidan las tumbas de los que no tienen ningún nombre.
Furia no contra Javier Gallego, que desde muchacho se hizo amigo de las ánimas en el pabellón de caridad —¡qué obscenidad!— del cementerio de Puerto Berrío y escogió una muerta del agua y la llamó NN Mujer y con el número de la lápida, el 1252, se ganó en una rifa veinticinco cajas de cerveza que vendió por quinientos mil pesos. Furia no contra Jorge Pareja, el médico forense que por diez años atendió la morgue de Puerto Berrío y que tuvo que calcular, como escribe Patricia Nieto, si el muerto del agua “lo dejaron sin vida ayer, seis días atrás o hace más de un mes” y además descubrir “si antes de matarlo le quemaron las palmas de los pies, lo sumergieron en agua o lo fuetearon con cables cargados de energía”.
Furia no porque el doctor Pareja involuntariamente se haya vuelto un experto en los muertos del agua y se asombre de que “un cadáver viaje doscientos kilómetros y llegue en condiciones de ser examinado” y entre en la minucia de explicar que “el cuerpo muerto arrojado al río se va a la profundidad, donde el agua fría lo conserva por unas horas. Y en esas horas las bacterias, que no han muerto, convierten el abdomen en un gran flotador repleto de gases”. Furia no porque el médico forense les haya puesto a los N.N. nombres con ene ene como Nelson Noel, Nevardo Nevado, Nancy Navarro, Narciso Nanclares, Narana Navarro.
Furia sí, incontenible, contra los asesinos, homicidas y sicarios que convirtieron el río en una fosa común, como la llama Pacho Mesa Buriticá, el dueño de la funeraria San Judas, que en veinticuatro años dice haber sepultado 768 cadáveres anónimos. Furia incontrolable contra los que en la muerte engendraron los que Patricia Nieto describe como “los cuerpos inflados, perforados, picoteados que el río deja en playas oscuras desde 1948 más o menos. Los pescadores se cansaron de verlos deshacerse en jirones a la orilla del río”.
Furia incontenible contra los autores intelectuales y materiales de los veinticinco degollados, descuartizados, fusilados y acuchillados que según el sepulturero Pacho Mesa son lanzados todos los días al río Magdalena.
Todos los muertos del río son responsabilidad del Estado, no solamente los que mueren a manos de agentes oficiales. El Estado ha tolerado la presencia de ejércitos privados y por ende las víctimas de esas bandas armadas no estatales son indirectamente también muertos del Estado. Ya lo decía Alberto Lleras Camargo en 1955: “Las fuerzas armadas son el depósito único de la fuerza”. Pero no lo han sido.