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Los uñilargos

Alberto Donadio
04 de noviembre de 2014 – 09:00 p. m.

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Hace años me invitó a su apartamento el general (r) Jaime Durán Pombo, que fue comandante del ejército en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo (1966-70).

Había accedido a una entrevista para hablar de la corrupción en el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-57), tema sobre el cual yo preparaba un libro. De repente llegó de visita su mejor amigo, el general (r) Alvaro Valencia Tovar. Enterado del motivo de la reunión, Valencia Tovar dijo: «Entonces están hablando del uñilargo». Ese era el apodo que Rojas Pinilla tenía en el ejército desde cuando era oficial. El libro apareció en el 2003 con el título «El Uñilargo», publicado por el libérrimo editor antioqueño Jesús María Gómez Duque en la editorial Hombre Nuevo de Medellín. La condena de 14 años de prisión que acaba de imponerle la Corte Suprema de Justicia al nieto del general, Néstor Iván Moreno Rojas, demuestra que la familia ha mantenido vigente la deshonrosa tradición. Mario Alario Di Filippo en su Lexicón de Colombianismos define uñilargo como «ratero, ladrón».

Alberto Lleras Camargo, sucesor de Rojas Pinilla después del intervalo de la Junta Militar, dijo en 1958 refiriéndose al Teniente General Jefe Supremo Gustavo Rojas Pinilla y a su familia y compinches: «Ningún colombiano puede aspirar a enriquecerse ni prosperar sólo por la acción del Estado, a menos que tenga el pensamiento de robar a sus conciudadanos». El germen del mal pensamiento lo tuvo Rojas Pinilla desde cuando entró al ejército. En su primer destino militar el superior anotó al hacer la calificación anual: «Es algo desprendido del servicio por dedicarse a los negocios particulares». En su gobierno, Rojas acumuló hatos, recibitó reses, remató el Ingenio de Berástegui en Córdoba, que estaba quebrado, y que la gente empezó a llamar no Berástegui sino Robástegui. Eso llevó al senador Belisario Betancur a afirmar luego que «el tambor de alambre de púas llegó a convertirse casi en símbolo de la nacionalidad y a sustituír a veces los arreos del escudo patrio». La herencia le viene a Néstor Iván Moreno Rojas también por su padre, el político conservador santandereano Samuel Moreno Díaz, que en febrero de 1955 contrajo matrimonio con la hija del general, que dirigía Sendas, la secretaría nacional de acción social y protección infantil. Moreno Díaz también se enriqueció por la acción del Estado. Recibió comisiones por la importación de los primeros televisores que llegaron al país y que distribuía el oficial Banco Popular.

En la calle la abreviatura de Sendas se convirtió en: Se Enriquece Negociando Dinejos Ajenos Samuel. El senador Carlos Lleras Restrepo afirmó en 1958: «La Jefatura de Rentas (hoy Dian) se convirtió en un antro repugnante, donde a la vez que se cometían los negocios más ilícitos, donde a la vez que se perpetraban toda clase de delitos, se utilizaban los instrumentos fiscales para la persecución de los ciudadanos. Se montó un sistema de extorsión y de explotación realmente inaudito pero todo el mundo sabe lo que ocurría, y todo el mundo sabe cómo el señor Samuel Moreno Díaz, yerno del Presidente de la República, no dejaba ese negocio, devengando comisiones y honorarios sin cuento, no por su competencia, porque de nada de eso entendía, sino simplemente porque bastaba una llamada del señor Samuel Moreno Díaz para combinar qué resoluciones de revisión se dictaban, de qué manera se fallaban los asuntos de impuestos». De aquellos polvos vienen estos lodos.

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