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A veces el público se entera, sin quererlo, de las dolencias físicas de los gobernantes.
A Virgilio Barco, por una diverticulitis diagnosticada al llegar en visita oficial a Seúl, le extirparon de urgencia la sección sigmoide del intestino.
En la campaña que llevó a la presidencia a Enrique Olaya Herrera en 1930, el senador Enrique Lleras Triana pronunció un discurso “a pesar de una hemorragia hemorroidal atroz”, escribió su sobrino, Alberto Lleras Camargo.
Cuando a Lyndon Johnson le extirparon la vesícula, se levantó la camisa y les mostró a los periodistas la incisión longitudinal de 30 centímetros en el estómago. El caricaturista Herblock del Washington Post dibujó entonces sobre el abdomen presidencial el alargado mapa de Vietnam, que fue la ruina de su mandato.
Ahora una afección menor del presidente Santos ha causado una incontinencia de comentarios que están todos fuera de lugar. Tiene razón Santos cuando dice que “resulta muy triste, muy decepcionante, que se haga política a partir de una situación personal y humana que puede haberle ocurrido a cualquiera”.
Es deplorable que en las redes sociales un incidente privado acapare la atención de la gente. Tenían más agudeza política los taxistas en los tiempos precibernéticos. El Ipad, el Twitter, no confieren criterio. Es lamentable que el jefe de Estado tenga que emitir una declaración sobre un asunto de su órbita privada.
Este episodio es particularmente enojoso, porque sí hay materias de interés público sobre las cuales el presidente ha rehusado dar explicaciones. Interbolsa, por ejemplo. Todavía no ha dicho por qué invitó a la posesión presidencial en 2010 al financista Juan Carlos Ortiz, expulsado de la Bolsa de Bogotá en 1998. ¿Eran amigos? ¿Qué nexos los unían? ¿Por qué lo admiraba Santos?
Si cuando cayó Bernie Madoff por una estafa financiera se hubiera sabido que asistió a la posesión presidencial, los periodistas habrían exigido explicaciones a la Casa Blanca. Aquí la prensa gobiernista, oficialista y santista, es respetuosa de la “intimidad” del presidente y no lo importuna.
Juan Carlos Ortiz está ad portas de una pluriimputación de delitos, pero nadie cuestiona al presidente sobre este “buen muchacho”. Se ha comprobado que Ortiz se echaba al bolsillo el dinero que consignaban en efectivo los clientes Premium, el fondo que craneó en Interbolsa. Para no mencionar una larga cadena de abusos e ilícitos que llevaron a la quiebra de ese fondo, que manejaba 174 millones de dólares.
Pero es errado cebarse en Ortiz, Rodrigo Jaramillo, Alessandro Corridori, Tomás Jaramillo y Víctor Maldonado, los grandes artífices de la quiebra de Interbolsa que hoy tiene en la ruina a miles de personas. Es cierto que, pasados de copas, ellos y otros manejaban vehículos a 200 kph a la salida del estadio. Hasta que causaron una enorme tragedia. Pero quien toleró por acción u omisión que continuaran sus conductas peligrosas e ilegales dentro del sistema financiero fue el gobierno de Santos.
¿Pedirle explicaciones al presidente sobre esta claudicación de funciones? Él solamente contesta: “Mi estado de salud es óptimo”.