Centro lejano

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Así titula el antropólogo Julio Marino Barragán el sentido y vivído capítulo de la bitácora que lleva sobre el modo en que existen los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, ajenos al Centralismo apático, ajenos a los decretos excluyentes de un gobierno que oficia desde la comodidad de Centro.

A mis lectores le ofresco a continuación el texto que me envió el antropólogo, comprometido y atento con los pueblos indígenas del Magdalena y el Cesar.

Cada pueblo, cada sociedad, cada nación asume de manera diferente la pandemia. Sin embargo, hay constantes, insalvables constantes, que suelen, ante la premura de la hecatombe, ser las que finalmente toman la delantera en las decisiones de los gobernantes y de las ciudadanos.

Sabemos o intuimos que estas épocas nos ponen sobre la mesa las urgencias de transformar nuestros modelos, nuestras relaciones. Desde las globales terrenales, sustentadas en una absurda -en realidad, inexistente- guerra entre la humanidad y la cultura contra la natura, hasta las locales y aldeanas, que tienen en las comunidades y los individuos sus históricas razones.

Sin embargo, existen realidades concretas de cada nación. Desde chicos nos han enseñado que Colombia es un país de regiones. Donde las identidades basadas en las amalgamas culturales y en los diversos y extremos paisajes naturales, nos han puesto a vivir historias diferentes, hablas contradictorias, economías subalternas, pero todas matizadas, por decirlo suavecito, bajo la cacofonía de que somos una nación unitaria, concentrada (en todo, todo es todo) en un centro lejano, difuso y sobre todo, agresivo.

Ya hay dos compañeros Yukpa contagiados en Cúcuta, pueblo indígena binacional cuyo territorio ancestral corresponde a la Serranía del Perijá, por el virus llamado covid-19, nos anunció ayer tarde, la ONIC (Organización Nacional Indígena de Colombia). Ante la pandemia, evento cíclico y recurrente en la historia planetaria (pero que la especie tiende siempre a olvidar), los pueblos originarios fueron los primeros –como siempre- en saber qué hacer. Decidieron cerrar sus territorios, reunirse en prudentes conciliábulos ancestrales y conversar y celebrar con los padres y madres espirituales, la certeza de la vida. Y justo ahí, es donde lo colectivo, el sentido de la responsabilidad compartida, razón de ser de las sociedades y comunidades originarias, que tan convocado es para estas difíciles épocas de pandemia, cobra sentido.

En la Sierra Nevada de Santa Marta, sus Mamos (autoridades ancestrales) dieron la orden a todos los gunama (miembros de las comunidades) de regresar a sus valles y sabanas. De rodear las casa ceremoniales para de la mano de los dueños de los árboles, las piedras, las aguas, el fuego, el viento, hacer los rituales que desde hace tanto tiempo la Madre pide. Tanta distracción por las explotaciones mineras, de los recursos naturales; tanta reunión para hacer planes que corresponden a las necesidades del mundo de afuera, que tanto deseo tiene de controlarlo todo, de manipular los tiempos y los espacios, así no existan. Todas las necesidades de los gobiernos, de las empresas, de los investigadores, han cansado a los viejos, a los sabios. Ya lo han dicho muchas veces: sus intereses, las razones por las cuáles los pueblos existen, y nada que escuchamos. Tocó asumir medidas fuertes para detenernos en esta desbocada carrera hacia puntos ciegos.

Pero en medio de estos momentos de reflexión, también la mescolanza cobra. Es el caso de uno de los pueblos más amenazados del Caribe y del país. Los ette ennaka (comúnmente llamados chimila), de los cuales no quedan más de unos 2500 en triste diáspora por pequeños espacios repartidos entre el Magdalena y el Cesar, más decenas de familias desperdigadas por distintos centros urbanos de toda la región, muchas veces sin poder comunicarse entre los diferentes asentamientos, son los que más en riesgo están de superar fortalecidos, esta prueba de Yaao (principio creador).

Cerca de Santa Marta, en la cuenca media del río Gaira, está el pequeño asentamiento de Nara Kajmanta, donde viven unas 40 familias, unas 165 personas en una finca de 90 hectáreas. Esta comunidad se origina por el desplazamiento forzado en pleno fragor del conflicto armado hacia 1998, viéndose obligadas estas familias a salir desde sus tierras en el municipio de San Ángel (Magdalena) en desbandada bajo la oscuridad de las noches, para no ser asesinados por fuertes grupos de paramilitares. Sólo hasta hace 18 años, se consolida la posibilidad de sobrevivir cultural y físicamente para estas familias. Nos comentan los amigos de Semillas Verdes (colectivo y acompañante de los pueblos) que este asentamiento se encuentra rodeado por finqueros y, por estar a orillas del río Gaira, por números estaderos que los fines de semana (y en estas épocas de coronavirus), se llenan de visitantes que vienen de abajo cargados de irrespeto, invadiendo las tierras de los ette. El desmadre llenó de pánico a las 40 familias. La imposibilidad de salir, para poder cumplir con los mandatos de sus mayores y de sus sueños (donde Yaao habla), hace aún más difícil la supervivencia de esta pequeña comunidad. Ya escasean los alimentos, el miedo por la entrada irresponsable de gente no indígena, más la carencia de comunicación y posibilidad de atención médica intercultural, ponen en evidencia los exabruptos, de concentrar en la distante Bogotá, la solución de los problemas concretos de la gente. Son reflejo de pensar nuestros decretos (caso del 444/20) sin más allá.

Obvio, el caso ette, es el dramatismo de la pandemia. Es una lengua, el ette taara, al borde de la extinción, una cultura sin igual que comprende la transformación como pocas. Y tan sólo, son unos mercados, una cuarentena real de su territorio.

Julio Marino Barragán Pardo

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