Delirio de pobre

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Quizá por los escritos que me solicitó para el debate en el Congreso sobre el Código de Policía, cierto parlamentario me invitó a la cena de fin de año que ofreció a sus colaboradores de confianza. La cita fue en el Restaurante Seratta, ubicado en el costado oriental de la autopista Norte con calle 114.

Éramos treinta personas, ubicadas en cinco mesas dispuestas especialmente para atendernos. Un tipo, con acento español, se presentó como el chef Rubén Trincado. Pidió a los veganos que se hicieran en la mesa especial para ellos, y a los demás nos hablo del jamón ibérico, de los quesos dispuestos en las mesas y de las tres opciones de platos que nos ofrecería. Explicó que poseían una cava de vinos exclusiva y que para la velada habían destinado el vino chileno Montes Alpha.

Mientras llegaba mi plato, que sería “pato en salsa de marañón con puré de ñame”, miré la carta de vinos. Por ocupar el tiempo, porque, la verdad, nada sé de enología. Para mi asombro, vi una separata destacada en la carta que presentaba el vino Taylor’s Single Harvest Port 1863 cuyo costo era de $45’000.000. Supuse que, por error, habían puesto unos ceros de más en la impresión y me atreví a preguntarle al chef, que casualmente pasaba junto a mí. Y, como si estuviera esperando esa pregunta, en voz alta, se explayó en elogios del tal vino: dijo que era una joya artística, única cosecha y que, en el mundo, a lo sumo debían existir 500 ejemplares. También, que Seratta poseía dos botellas.

El senador, refiriéndose a mi pregunta, comentó con jocosidad: «Nuestro querido Albertico esta noche está exquisito».

Yo argumenté que con lo que cuesta ese vino, 200 personas, durante un mes, desayunaban, almorzaban y cenaban. Que un joven de la clase media colombiana, con ese dinero, pagaba una carrera universitaria. No hubo más comentarios, todo el grupo guardó silencio y sentí que había sido impertinente. Enseguida llegaron los meseros con las olorosas viandas y volvieron las risas y los elogios al buen comer y al buen vivir. También yo degusté la comida, pero me sentí aislado, como juzgado por una acción indebida. Acaso, en inconsciente reacción, no probé el vino chileno y bebí whisky que había como opción. Luego de comer, el senador, que también tomaba whisky, chocó su vaso contra el mío y exclamo: “Albertico, de corazón le deseo un feliz fin de año y un próspero año nuevo. Le aconsejo no pelear contra el dinero”.

Me afecta cuando la opulencia enfatiza obscenamente las desigualdades sociales. Eso declaré por reflejo y el senador me alegó ofuscado: “No sea pendejo, Alberto. El capitalismo es democrático: ofrece relojes de $20 mil o un Rolex de $20 millones. Puede adquirir un carro de $10 millones o un Bugatti de USD 10 millones. Usted puede degustar los manjares de este restaurante o ir a comerse un ‘caldo para’o en la calle 80′». Y se apartó, notoriamente indignado.

El licor se me había subido a la cabeza, así que preferí abandonar la bacanal. Creo que era el único que había llegado en taxi y así mismo me fui. El tráfico estaba imposible, la ciudad vivía la compulsividad consumista de diciembre. En mi delirio pensaba que era cada vez más urgente que la humanidad cambiara sus hábitos contaminantes y se orientará hacia una relación racional con la naturaleza y equitativa para la sociedad, pero todo me demostraba que mis ideales eran menos que utopías en un mundo entregado a los juegos que propone el mercado.

Tal vez la alerta de una catástrofe global podría motivar una reacción de las naciones hacia los desarrollos sostenibles y con responsabilidad social. Transformaciones parecidas a las revoluciones del arte, cuando pasan del realismo al cubismo transformando las conciencias sin la violencia física. Pero todo indica que los hábitos capitalistas se resisten a los cambios y estamos lejos de lograr un mundo distinto.

Al llegar a la casa encontré los recibos de los servicios bajo la puerta, la nevera estaba vacía y me eché en la cama, sin quitarme la ropa, hasta que el sueño apagó el fragor de mis delirios de pobre.

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