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El ecuatoriano Wálter Arizala desde que ingresó a las FARC en el 2007 su misión y su interés no fueron de índole ideológicas, tomó las armas porque supo que podía hacerse millonario prestando protección a los laboratorios y a las rutas de la cocaína en Tumaco (Nariño) y pueblos aledaños. Y porque conoció el negocio del narcotráfico y entabló funcional alianza con los del Cartel de Sinaloa, no se acogió al proceso de paz, sabía que con un ejército activo se defenderían los cultivos de coca, garantizaría que las cocinas clandestinas produzcan toneladas de clorhidrato de cocaína y en 2016 armó un grupo disidente con 150 hombres al que llamó “Frente Oliverio Sinisterra” que fue su guía en narcotráfico y compañero de armas en la columna guerrillera “Daniel Aldana” que se impuso en la zona rural de Tumaco en dónde, según datos de la Oficina de drogas y delitos de las Naciones Unidas, está sembrada el 16% de la coca colombiana.
Inició su comandancia al frente de una fracción de la guerrilla que operaba en la provincia ecuatoriana Esmeraldas de donde era oriundo y por cuyas selvas se movía con solvencia, forzando campesinos a cultivar matas de coca y protegiendo las riberas del río Mira que es la mejor ruta cocainera hacia el puerto de Tumaco de donde semanalmente despachan, por el océano Pacífico, toneladas de cocaína a Centroamérica y Estados Unidos.
En el prontuario del disidente Guacho hay ataques a estaciones de policía en el fronterizo pueblo ecuatoriano San Lorenzo, voladuras de infraestructuras eléctricas, la masacre de una unidad del CTI de la fiscalía con una bomba que colocó al paso del vehículo que los transportaba, presión armada sobre los campesinos cocaleros para que se resistieran a la erradicación y sustitución de los cultivos. Pero fue el secuestró y el posterior asesinato del periodista, el fotógrafo y el conductor del diario ecuatoriano El Comercio, lo que ameritó que los gobiernos de ambos países lo declararan objetivo militar prioritario. Desde allí el ejército colombiano responsabilizó al general Jorge Hoyos la “Operación David” que por veinte meses implicó infiltraciones, servicio de inteligencia, tecnología para la interceptación de las comunicaciones y para la
georreferenciación de sus movimientos, incremento de soldados y de artillería en la zona hasta cerrarle el campo de acción y acorralarlo en los montes de Guayacana entre Pasto y Tumaco, así, este viernes 21 de diciembre, ya ubicado el sitio exacto donde se resguardaba, irrumpió el helicóptero desde el cual un francotirador armado con un fusil de alta precisión MSR con municiones 338, atacó el escondite, mientras por tierra un convoy de antinarcóticos asaltó la casucha impidiéndole toda reacción.
Esta vez el ejército y el gobierno no se apuraron en divulgar la noticia, hasta que la fiscalía y el CTI obtuvieran las pruebas técnicas para confirmar que el hombre abatido con una bala 338 era en verdad Wálter Patricio Arizala Vernaza.
Sin embargo, el abogado Abelardo De la Espriella, de quién antes habíamos oído declaraciones exacerbadas en contra de los acuerdos de la Habana y con más fanatismo contra la disminución de penas, amnistías e indultos a los guerrilleros desmovilizados, ésta vez se adelantó y publicó en su cuenta de Twitter una foto morbosa, obscena, con un mensaje altanero: “Era imperativo dar de baja a esta rata despreciable”. La imagen del bandolero tendido en el suelo, sin camisa y con un charco de sangre bajo la cabeza se hizo viral en las redes y suscitó el que algunos pusieran en duda que el cadáver de la foto fuera Guacho.
Causó desconfianza el que en varios días de persecución y combates hubiera muerto con botas de marca y sudadera limpias, que no se le ve el lunar característico en su imagen más popular, que la altura de las orejas ni la forma de la frente corresponde a la morfología del rostro, en general todos son argumentos tendencioso pero que corresponden a imaginarios y a reacciones justificadas en el sentir popular.
Primero lo entiendo como una protesta instintiva contra la morbosidad de la fotografía publicada, también porque la gente desconfía de la institución militar desde los tiempos de la Violencia, luego con las desapariciones de supuestos subversivos en tiempos del Estatuto de Seguridad, como en la toma del Palacio de Justicia y peor con los “Falsos Positivos” durante la Seguridad Democrática del gobierno de Álvaro Uribe.
Vale decir que los imaginarios populares mitifican tanto la muerte de los bandidos como la de los héroes: las gentes del estado de Utah aseguran que el pollo Butch Cassidy no murió abaleado en Bolivia si no de viejo en una cabaña en Hawai, muchos también dudaron del aniquilamiento de Osama bin Laden y hasta se publican fotografías de su nueva imagen como magnate petrolero en Kuwait, las gentes de las comunas en Medellín aseguran que Pablo Escobar está vivo y al que mataron fue un doble que el contrató.
A decir verdad, los ocho años de vida delictiva de Wálter Arizala más la brutalidad belicosa, energúmena y sin ingenio de sus crímenes no le dan para ser un villano de leyenda: en las memorias de las FARC será un personaje inconsecuente, referirán con indignación su disidencia motivada por la codicia. Los campesinos de ambos lados de la frontera lo recuerdan como un atarván al que obedecían por belicosos, para los nuevos capos del narcotráfico tanto los de México como los de acá, el tipo era un vínculo problemático, nunca un aliado, porque sus acciones brutales, sustentadas en atrocidades y no en estrategias, atraía los cuerpos de seguridad. Para el Ejército colombiano, particularmente para los militares, policías y civiles especialistas que participaron en la “Operación David” , el haber liquidado a alias Guacho significó divisas y galones en el uniforme, méritos en la hoja de vida y el pueril reconocimiento público del presidente Iván Duque, que con su cultivada frivolidad exclamó: “ A Guacho se le acabó la guachafita.”